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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Me cambió la vida un ligue ocasional
Mi nombre es Lorena (mi familia y mis amigos me llaman Lore), nací y vivo en la ciudad de Sevilla, tengo ahora 23 años de edad, mido 1,73 de estatura, y mi pelo es rubio de bote.
Mi padre no ve con buenos ojos mi forma de ser y de actuar atrevida, pero a mí me ayuda a ir teniendo las cosas claras, aunque a veces he tenido algún contratiempo por ser una mujer demasiado ardiente.
Mis compañeras del trabajo dicen de mí que soy “una chica mona”, pero mis amigos van más allá, calificándome como una mujer despampanante de cara y cuerpo. Trabajo de camarera en un bar de copas de mi ciudad.
Eran las dos y media se la tarde de un viernes gris friolero amenazante de lluvia. Estaba esperando el autobús que me llevase a mi barrio. Los viernes en mi ciudad, los autobuses a horas punta vienen cargados de personas, y por este motivo no abren sus puertas delanteras para entrar nuevos pasajeros, y puedes llevarte un buen rato esperando uno más despejado.
Había mucha gente en la parada. Cogía mi móvil del bolso y echaba un vistazo a mis WhatsApp. Ninguno me interesaba. En vista de ello, devolvía el móvil al bolso y comenzaba a distraerme mirando a las personas que había en la cola.
Leí una vez en Internet que es un ejercicio de inteligencia emocional mirar a alguien y pensar cómo es su vida, aparte de que podía aparecer en cualquier momento alguna persona interesante.
Y en esto soy lanzada. Mi amiga Sonia dice que parezco una zorra dispuesta siempre a cazar una pieza, pero no me vale una pieza cualquiera. Cuando una pica mi curiosidad, voy directamente al grano. Y cuando me ocurre eso, mando a mi pudor de paseo.
Pero nadie había en la cola que llamase mi atención, hasta que aparecía un tío con un porte imponente: alto, ojos claros, atractivo y elegante, de unos 50 años.. Nunca se me había ocurrido pensar que me iba a atraer un hombre maduro. Si Sonia me hubiese dicho que me iba a liar con un cincuentón, le hubiera respondido que estaba loca.
Sentía que me miraba, lo cual me halagaba y así tendría con quien hablar mientras esperaba el autobús. Caminaba él de un lado a otro, y cada vez que pasaba por mi lado me sonreía. Iba yo muy equipada esa tarde: gabardina azul, blusa beige, vaqueros azules ajustados, y zapatos negros de medio tacón.
“Me da que le gusta mi look, y creo que yo también, así que cuando me sonría de nuevo, le sonreiré yo a él”, pensaba.
Y fiel a mi pensamiento, cada vez que nos cruzábamos, nos mirábamos y sonreíamos, pero disimuladamente, como no queriendo pregonar nuestro flirteo.
Enseguida entablaba charla con él, pero para ir marcando distancia empezaba a hablarle de usted, que yo notaba que eso no le gustaba. Ya he dicho antes que soy lanzada, por eso me gusta llevar el mando, sobre todo con los hombres. Le preguntaba si sabía cada cuánto tiempo pasaba por esa parada el autobús de la línea 17, algo que yo sabía de sobra. Me respondía que estaba de paso en Sevilla y que, por lógica, no lo sabía. Su varonil voz me transmitía tranquilidad y seguridad.
“Existen hombres que se ponen nerviosos cuando una chica joven y guapa les habla; pero este no. Se veía que sabía cómo tratar a las mujeres; es decir, un caballero”, pensaba de nuevo.
Seguíamos hablando hasta que llegaba el autobús. Se estaba generando un buen rollo entre nosotros. Tenía un hablar culto, y por momento me parecía más atractivo. Ya sabemos las mujeres, ese punto de cuando tenemos algo dentro de nosotras que nos dice que vas a acabar liándote.
Y a esto que aparecía un autobús de la línea 17.
Nos sentábamos en los asientos traseros y seguíamos conversando. En cada palabra aparecía el deseo. Me rozaba las rodillas y me miraba. El juego de la seducción estaba en plena ebullición. No era un vulgar ligón, pero se veía a leguas que le atraían las mujeres, hasta el extremo de llegar a cometer “alguna travesura políticamente incorrecta”.
Se me pegaba más e intentaba besarme, pero no se lo iba a poner tan fácil. Retiraba, sonriendo, mi cabeza, pero como se me estaba erizando todo el cuerpo, mis defensas cedían, me rendía y acabábamos dándonos un buen morreo, mientras sentía que mi tanga se estaba humedeciendo.
Creo que él percibía mi excitación, y por eso se abría la bragueta, me cogía delicadamente la cabeza y la llevaba a su pene. Aquello era una escena morbosa, pero el autobús seguía circulando como si nada y los pasajeros a su bola.
“¡Joder, este tío me está poniendo cachonda!”, pensaba.
La escena parecería humillante, pero yo flipaba en colores con lo que me estaba ocurriendo.
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Su pene era de grandes dimensiones. Mientras se lo succionaba, él bajaba la cremallera de mis vaqueros y empezaba a tocarme el clítoris. Estaba tan excitada que no sentía mis jugos deslizarse a través de mis muslos. Descargamos al unísono. Un abuelo que iba sentado el asiento de detrás de los nuestros mostraba una expresión de escándalo, pero yo llevaba el dedo índice a mis labios, con cara de boba, como diciéndole: “perdone usted, abuelo, guarde silencio, porfa”.
Nos bajamos del autobús en la parada que él había pedido, y una vez en la calle me invitaba a que me fuera con él a su hotel, que era un Meliá cinco estrellas.
Cuando llegamos a su habitación, impetuoso se venía hacia mí y me quitaba los vaqueros, el sujetador y el tanga y enseguida me penetraba, dándole a la vez cachetes reiterados a mi redondo y duro culo.
“¡Uf, cómo me da caña este tío!”, pensaba de nuevo.
Tengo un fuerte carácter, pero mi otro yo me decía que no me resistiese, que me entregase. Su pene entraba y salía en mi vagina, mientras sus dientes mordisqueaban mis erectos pezones. Descargamos de nuevo los dos a la vez, pero mi desconocido amante, sorprendente por su edad, poco después me pedía que le hiciera otra felación, pero ahora tardaba más en descargar, hasta que, por fin, su tibio semen rociaba mi boca, mi cuello y mis pechos.
Acabada la inesperada pero sabrosa sesión de sexo, me besaba en mejillas, y yo salía de su habitación, saboreando mi aventura.
Ya en mi casa, me desvestía para ducharme, y a esto que sonaba mi móvil. Era Sonia. Luego de citarnos para más tarde y de meter de nuevo el móvil en el bolso, vi varios billetes doblados: ¡500 euros! Y yo no tenía esa suma de dinero en el bolso, ni en mi casa, ni en el banco, y entonces pensé que mi esbelto cincuentón, la única vez que fui al baño de su habitación en el hotel cogería mi bolso y, con elegancia y clase, dejaría ese dinero dentro de él.
Asombrada, cogía el dinero y lo guardaba en mi armario. Pero yo no me sentía puta, yo no había alquilado mi cuerpo. Sólo le había dado una oportunidad para que disfrutase. ¡Y bien que había disfrutado!
Ah, como se me había pasado preguntarle su nombre y ninguno de los dos caímos en este detalle, lo rebauticé como “mi amante secreto del autobús”.
Volveré este próximo lunes a coger un autobús de la línea 17, en la misma parada y a la misma hora, y a ver si tengo la suerte de coincidir de nuevo con él. Me encantaría volver a verlo. Y no por el dinero. “¿Y por qué no?”, decía una vocecita de mis adentros, sino porque me gustan los caballeros, aparte de que me lo había pasado de puta madre haciendo el Amor con él.
Ahí abajo he insertado una foto hecha por mi amiga Sonia en una gasolinera de Ibiza, recién llegadas de la playa, y en ella aparece mi flamante coche de alta gama comprado y pagado al contado.
Y pienso que no tienen que estrujarse el coco para adivinar cómo se las ha aviado una pobre mileurista para comprarse semejante cochazo un año después de mi encuentro con mi atractivo talismán.
Sevilla ago 2026