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Los recuerdos trajeron el punto final

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII



Los recuerdos trajeron el punto final 

Acababan de conocerse y precisamente se estaban conociendo.

Estaban sentados en el frío suelo y sin más luz en el cuarto que la que venía de una casa vecina. Las ventanas estaban cerradas, y hacía tiempo que habían quitado las cortinas porque en esa casa no hacían falta ya.

Un cuarto conocido y a la vez desconocido: sin cama, sin armario, sin mesilla. Vacío completamente, excepto un viejo y ajado catre y ellos dos con las respiraciones aceleradas, sin contacto físico. Sabían que había momentos que era mejor hacer que arrepentirse, y los dos preferían lo primero, cada cual con sus diferentes consecuencias.

Él se sentía nervioso, pero seguro de lo que estaba haciendo. Miraba las paredes que podía distinguir del cuarto, y los recuerdos le llegaban sin imágenes. Allí habían vivido cuando se besaron por vez primera, allí habían vivido la derrota en los avatares, ribeteado por un "a ver qué pasa". Allí, sin flores y sin besos, habían cambiado ropa de calle por pijama, se habían metido en la cama y habían dedicado su insomnio al placer personal. Él pensaba que ella, con una de sus manos le rozaba la cabeza. Todo era diferente, como una rutina rota. La maldición de su cuarto se rompía cuando él le cogía la boca, la llevaba a la suya y la besaba. Ella accedía y abría sus labios, pero con los ojos cerrados.

"En su silencio tiene que haber algo", pensaba mientras se disponía a sacar de sus labios lo que pretendía callar. Ella llevaba su boca hasta el pene de él y lo mordisqueaba, y después él subía hasta los pezones de ella y los lamía. La sensación era extraña, no como la otra vez anterior; de hecho, para ellos era un mal necesario ¿Tenía que pasar? Era la bienvenida al mundo de los dos. Así se dice: "gusto en conocerte", pero callarían los nombres. La obvia animalidad se tornaba humana en tiempo pasado.

Debido a la casi total oscuridad, los sentidos tenían que adaptarse a tales condiciones. Ella dejaba de sentir las piernas cuando él con su lengua bajaba a sus pechos. Le restaba importancia al hecho de que estaban doloridos por culpa de los tirantes de la blusa. Cuatro ojos sufrían porque no podían verse en aquella oscuridad, que los dejaba entre distinguirse u oscuridad. Él descubría sus pequeños senos, y con la lengua buscaba los pezones, que ella, por sedienta de sexo, los ponía a la luz para que él los recordase siempre. Los mordisqueaba más de la cuenta, pero ella no se quejaba.

Esta era una historia, pero cada uno vivía la suya propia. Ella, sin ningún esfuerzo quería controlar el asunto; y él, con todas sus ganas quería sacar lo máximo de ella.

Ahora ella se ponía sobre él, pero su cabeza estaba incómoda sobre el suelo. Juego de roles. Su mano en la bragueta, para sentirla, pero sin tocarla. El vello del pubis estaba próximo, pero ella sentía que el juego había terminado. Al ver traspasado todos los límites, se mordía su propia lengua y le decía que no, que ese relato no era ficción.

Y ahí se hallaban los dos, suspendidos en el centro de una historia que nunca debía de haber empezado, en el interior de un cuarto abandonado, sin conocerse a fondo y, encima, ausente el deseo.

“¡Las cosas no pueden quedar así!”, exclamaba él en voz baja, pero audible.

Pero ella no pensaba lo mismo, y por eso respondía lo que quería responder en voz alta e incluso con énfasis: “¡se acabó!”


A Chávez López
Sevilla jul 2026

 :)
 

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