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Alguien me ha sodomizado

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 30 de julio en Erótica

Alguien me ha sodomizado 

Breves pero inolvidables momentos los de aquella noche, los cuales empezaban a escribir, sin siquiera imaginármelo, una nueva página en el diario de mi vida.

Corría como una galga. ¡Es que iba a perder mi tren...!

Aquella reunión en el salón de juntas de mi grupo de empresas era tan densa, tan monótona, y tan aburrida que estaba ya hasta el moño de todo. Nuevos proyectos de ventas, imágenes de estrategias de venta, último estilos de reclamos, nuevos productos en boga, números, números y más números. No veía la hora de que acabase todo.

Y para más inri, esa misma noche tenía que viajar a Madrid para tratar de cerrar, en horas tempranas de la mañana del día siguiente, un importante negocio que daría alas de oro a mi grupo de empresas.

El lujoso reloj digital en la pared de la sala de juntas marcaba las 21,23 horas. Sobresaltada y nerviosa, me levanté del sillón de Dirección. ¡Mi tren partía a las 22,00 horas!

—¡Qué pierdo mi tren! -anuncié a través de una exclamación.

Sin conceder más tiempo a otros comentarios de mis empleados, cogí mi agenda y mi maletín y salí a todo gas.

—¡Pídeme urgente un taxi! -le dije a mi secretario.

Entré a mi despacho, cogí la maleta que había preparado de antemano, pasé a los aseos de señoras, me retoqué el pelo, me miré en el espejo mi esbelta figura y, presurosa, me encaminé hacia el ancho pasillo donde estaban los ascensores. En el panel de mando de uno de ellos estaban encendidos los pilotos verde y rojo, pero se apagaban y se encendían locamente, lo que me hacía pensar que algo ocurría con ese ascensos. Me decía el guardias de seguridad del edificio que el ascensor B se había parado de pronto, con lo que todo el trasiego de subidas y bajadas lo estaba soportando uno solo, el A.

Cuando el ascensor A llegaba a la planta baja, ya estaba esperando en la puerta del edificio un taxi con la puerta derecha trasera entreabierta.

—¡A la estación de Santa justa! -decía al conductor-. ¡Pero dese prisa, por favor, que pierdo mi tren!

Tras una carrera, en la que el coche público zigzagueaba en la Avenida de la Palmera y en el Paseo de las Delicias, no dejaba de mirar la hora en mi reloj de pulsera.

Por fin, llegamos a Santa Justa y, sin preguntarle al rechoncho taxista el importe del viaje, saqué de mi bolso una billetera y de ella saqué un billete de dos mil pesetas y se lo dejé en el asiento delantero derecho, y le di las gracias por la celeridad. El taxista se quedó sorprendido porque el importe de la carrera no llegaba cien pesetas.

El panel de la estación anunciaba la inminente salida de mi tren. “¡Y yo con estos tacones!”, pensé. Me descalcé y me lancé en su persecución. El andén 13 parecía interminable.

En el momento en que el tren iba a partir, trepé a él. Nerviosa, di con mi compartimiento. Ya en él busqué y hallé mi asiento, solté mis bártulos en el asiento de al lado, y me dejé caer en el mío. Pasados unos minutos, recuperado el aliento, vi que una de mis medias se había desgarrado. Puse en el asiento contiguo, que estaba desocupado, mi abrigo y mi maletín, me arreglé un poco el pelo, y revisé la maleta en busca de un nuevo par.

Antes de ponérmelo allí mismo, pensé que lo correcto era hacer eso en el baño, a la vez que me refrescaría un poco cara y cuello. Cogí las medias, me calcé de nuevo los zapatos y me fui hacia el aseo. Tuve que recorrer todo el pasillo hasta llegar. En el trayecto pude ver que algunos compartimentos estaban a oscuras, quizás sin pasajeros. Me estremecí al pensar en un tren sin nadie en su interior, rodando en medio de la noche negra.

Al encender la luz del baño, odié la estrechez del cubículo. Me desabroché la blusa, botón a botón. El agua salía semi fría de un diminuto grifo en un pequeño lavabo. Un nimio chorro recogía con la palma de la mano derecha, que era suficiente para refrescarme la cara y el cuello. Como no quería salpicarme la ropa, me incliné más sobre el lavabo. Pero, de pronto, se abría la puerta y alguien apagaba la luz del interior. Instintivamente recordaba que no había echado el pestillo por dentro.

El alguien se ponía detrás mía. Una mano cálida taponaba mi boca; otra mano se apretaba sobre mis pechos, acariciándolos. Sentía que se enganchaba en la tira del sujetador, cuyo enganche, aunque delicado, me lastimó los pezones. Presa sobre el lavabo estaba y sin opción de defenderme. Nerviosa, intentaba separar a ese alguien de mí. Sentía presión sobre mis nalgas que, junto con la sorpresa, percibía una ráfaga de excitación, que me subía a través de los muslos.

La mano que me acariciaba, buscaba afanosamente mi falda. Tiraba de ella hacía arriba y encontraba el hilo del tanga. Oía el hilo al ceder, lo que hacía que creciese mi excitación. Había en mí una mixtura de curiosidad y deseo. Mi sexo comenzaba a humedecerse. No quería gritar, no quería defenderme, tenía que dejar de resistirme, tenía que de entregarme. Todo eso lo pensaba en menos de cinco segundos.

Quizás el atacante percibía mi entrega porque notaba que destapaba mi boca. Sentía su aliento en mi cuello. Me volqué más sobre el lavabo. Quien quiera que fuese me sujetaba delicadamente por las caderas, desnudas. Iba en un aumento acelerado mi deseo por ser poseída.

Las palmas de sus manos se deslizaban por mi trasero, explorándolo en aquella oscuridad sofocante, y yo las dejaba hacer a su antojo, disfrutando también con cada uno de sus hallazgos.

-sigue y termina en página siguiente-



Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 30 de julio

    Pero, súbitamente, me soltaba de las caderas, y entonces oía el sonido de una cremallera que se abría, y sentía el calor de una pene entre mis nalgas. No tenía que aplicar inteligencia para darme cuenta de lo que iba a pasar a continuación y, por eso, aspiré profundamente.

    Sentía un pene grueso, largo y duro que ardía al penetrarme. Los dos empujábamos a la vez; él, para clavarlo en mi trasero; y yo, para que me llegase al fondo. Ahogaba un gemido, pero no contenía el espasmo de un doloroso placer. Al mismo tiempo que me iba sodomizando, me iba acariciando los pechos, me agitaba los labios vaginales y me daba suaves cachetes en las nalgas. Nuestras respiraciones se aceleraban.

    —¡Más... más fuerte...! -no podía ni quería evitar exclamar eso a media voz.

    Los movimientos se aceleraban. El golpeteo de sus testículos sobre mis nalgas me arrastraba a un orgasmo. Pero explosivo y delirante que hacía que mi cuerpo se contrajese. Hasta que yo estallaba cuando me inundaba un intermitente chorro de semen. 

    Seguía mi sodomizador con sus vaivenes, y a cada intento un jadeo, como un suspiro ronco; hasta que se iba relajando su virilidad, que perdía turgencia y se resbalaba de mis nalgas El líquido viscoso y tibio se escurría por mis piernas, que todavía temblaban.

    Iba yo a decirle algo, cualquier cosa, pero me soltaba y salía del aseo, no sin antes dar a mi trasero un dulce beso. 

    Cuando me rehacía casi del todo, asomaba la cabeza al pasillo pero nadie a la vista. Después, cerraba con pestillo interior la puerta del aseo.

    Sin muestra de preocupación en mi rostro, más bien lo contrario, sonriendo encendía la doble luz del cuartito y me miraba al espejo, subiéndome en un banquito que había por allí. Me veía señales de marcas en el cuello, los brazos, los muslos y la espalda, pero todas eran suaves y sin rastros de sangre, ni de arañazos o cardenales.

    Después de asearme un poco y de ajustarme la ropa, como buenamente podía en la estrechez de aquel habitáculo, volvía a mi compartimiento, espiando en el trayecto en los que estaban iluminados. No reconocía a nadie.

    Sentada de nuevo en mi asiento, una sensación de placer bullía en mi interior. Sonriéndome, escribía en mi diario secreto:

    Esta noche, sobre las 22, 20 horas, en el aseo de un tren con destino a la capital de España, he sido sodomizada por alguien, pero de una forma elegante y diría que hasta tierna. Tanta elegancia y tanta ternura que no me importaría que el alguien me sodomizase de nuevo. 

    Una pena que no podía verle la cara, porque de haberla visto, le hubiese dado un beso en los labios, y si hubiese podido hablar con él, le hubiera pedido que me sodomizara de nuevo…

     

    A Chávez López
    Sevilla jul 2026

      :)


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