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¿Era una de esas calientapollas?

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 2:48 en Erótica



¿Era una de esas calientapollas?

Soltero y con casi 37 años vivía solo en un ático, a las afueras de la ciudad: una zona apartada y tranquila, lejos del ruido del tráfico. Un lugar idóneo para estar con una buena compañía femenina. A través de una de las ventanas de mi casa, se podía ver las luces de los edificios reflejadas sobre el Guadalquivir. Un cuadro de colores en armonía bailando sobre las aguas. Entraba del exterior una apacible brisa. Y todo eso le gustaría a cualquier mujer

La una menos cuarto de la madrugada…

De pronto sonaba el timbre de la puerta de mi casa. No esperaba a nadie ni había quedado con nadie, y menos aún a esas horas tan intempestivas. Abría la puerta y en el umbral estaba Andrea, una mujer guapa y con buen cuerpo, más o menos de mi edad y que era vecina del edificio colindante. Nos dábamos los típicos besos en mejillas y la hacía entrar. En realidad, tenía poco trato con ella. Nos veíamos a veces en la urbanización y sólo nos limitábamos a saludarnos o a pequeñas charlas. Éramos prácticamente dos desconocidos.

La una menos diez de la madrugada...

No quería preguntarle el motivo de su visita, ya me lo diría ella, si es que quería decírmelo. El caso es que manteníamos una charla amena. Estábamos tomando un whisky. Para mí era ya el tercero, y mis ojos comenzaban a recorrer, sin timidez, su esbelto cuerpo. Y quería que ella se diese cuenta.

Estaba cómoda, sentada de lado con las piernas cruzadas; falda negra corta y blusa roja ceñida. Parecía tranquila, vaso en la mano moviéndolo en círculos y saboreando cada trago. Toda una señora sensual disfrutando de un buen whisky.

Al verme tan callado, me preguntaba qué estaba pensando. Me bebía medio vaso del tirón y la miraba, sonriendo. Ella también sonreía y a la vez se mordía el labio inferior, y bajaba la mirada para después volver a subirla. Insinuación que, desde luego, no iba a desaprovechar.

Con frecuencia cogía su bolso y buscaba algo en su interior. Se quedaba unos segundos ausente, pero enseguida volvía a dejarlo, y de nuevo estaba presente. Yo sólo quería aproximarme a ella y dejarme llevar.

A la misma vez dejamos los vasos sobre la mesa. El sillón en el que estaba sentada era grande. Perfecto para todo. Pero más perfecto “para todo era el sofá”, pensaba, Y seguía pensando: “¿pongo música suave? Mejor no. Quiero oír su respiración acelerada y sus pulsaciones. ¿Pongo luz tenue? Mejor no. Quiero ver sus ojos mientras toque cada milímetro de su piel”. Me sentaba en la esquina del sofá que daba a su sillón e intentaba persuadirla con palabras seductoras y con caricias. Pero, en ese momento, parecía cohibida, y eso me excitaba más aún.

La una y veinte de la madrugada...

—¿Estás bien? -le preguntaba, rompiendo a hablar de nuevo, pero notando cierto nerviosismo en ella.
—Sí, sólo que me gusta cómo me miras –respondía.

Sin pensar, la cogía de la cintura y la tumbaba sobre el sofá. Sin aún empezar a desnudarla, trazaba el contorno de sus pechos con mi mano, y después la subía hasta el cuello. Empezaba a besarla, acercándome a sus labios carnosos y húmedos. Veía cómo los atraía, hipnotizada por el deseo. Jugamos algunos minutos con las lenguas. Una sonrisa se dibujaba en su bello rostro. Me arañaba con las uñas la espalda por encima de la camisa. Me la quitaba y el resto de la ropa. La echaba sobre la alfombra y en ese momento era cuando me alegraba de no haber puesto música.

Oía esos pequeños sonidos femeninos que tanto me ponen. Pero a mí me gustaba jugar, y por eso quería ir despacio. La desposeía de la blusa y del sujetador; sus tetas ante mis ojos de un tamaño grande pero bien puestas, listas para mi lengua, la cual comenzaba a trabajarse los pezones. Se retorcía como una serpiente. Me pegaba a ella. Y ella cada vez se pegaba más a mí.

Podía darme cuenta de que le gustaba que mirase y desease su cuerpo.

“Me parece que poco tiempo va a pasar para que seas mía”, pensaba.

Imaginaba que lo íbamos a pasar bien, que iba a ser una noche de juegos sexuales y de placer. 

Bajaba desde sus tetas para desabrochar su falda y quitársela, viendo cómo se prestaba a todo lo que le estaba haciendo. Alzaba sus morenos muslos, y los acariciaba hasta la ingle. Llevaba mi mano derecha hasta el lugar más caliente del cuerpo de mujer, pero ella detenía mi mano y pronunciaba la frase más larga desde que empezamos aquello:

—Por favor, no sigas -yo apartaba la mano y ella se incorporaba y añadía-: desde que te vi la primera vez me gustaste, pero ahora no puedo continuar. Me tengo que marchar. Lo siento de veras.

La una y cuarenta de la madrugada...

En ese momento parecía ser incapaz de mirarme.

—¿Qué te ocurre?

No respondía. Por contra, empezaba a vestirse, presurosa, mientras yo seguía desnudo y tumbado en la alfombra.

Quería decirle algo. Quizás le había hecho alguna cosa que le había molestado. No había bebido mucho, por lo tanto no creía que hubiera sido una reacción del alcohol. Y por lo poco pero ameno que al principio habíamos hablado, parecía dispuesta y calmada y con un evidente deseo por mí.

Cuando terminaba de vestirse, me acariciaba la cara y me volvía a decir que lo sentía, pero que tenía que marcharse. Me daba un beso en ambas mejillas, y cuando se ponía en pie me sonreía, pero de una forma que catalogaba de compromiso. Se daba la vuelta, cogía su bolso y, más apresurada aún, se iba hacia la puerta de entrada y salida de la casa y salía.

Dadas las circunstancias, lo único que podía hacer era echarme otro whisky y relajarme. Miraba la alfombra, donde había estado desnuda y a mi disposición hacía dos minutos.

Desconcertado, me tomaba el whisky en pie, pero justo al incorporarme veía un móvil en el suelo. Me agachaba y lo recogía. “Se le habrá caído del bolso y no se ha dado cuenta”, pensé. Pero por curiosidad lo miré. En pantalla aparecía una foto de ella, abrazada a un hombre y una niña. “¿Su familia?”, me decía para mí. Ignoraba el motivo que la había llevado a mi casa, pero no por la obviedad por la que se había ido, lo dispuesta que parecía y final de la historia.

De pronto sonaba el móvil y en la pantalla podía verse la foto de ese hombre, y en la parte de abajo un nombre: “mi Amor”.

“¡Joder, lo que faltaba!”, exclamaba en voz baja.

Pero no lo descolgaba. No tenía por qué hacerlo. Algo en mi interior me decía que volvería, quizás antes de llegar a donde quiera que fuese, y me daría una explicación, o tal vez no volvería. No entendía nada. Por alguna extraña razón, desconocida por mí, las cosas habían empezado así y habían terminado así.


A Chávez López
Sevilla jul 2026

 :)
 
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