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Trabajo por mi cuenta de puto

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 1:35 en Erótica




Trabajo por mi cuenta de puto 

Policía. Este es mi papel representativo para mi trabajo de esta tarde. Por lo general, nunca cambiaba la rutina. La clientela femenina siempre se inclinaba por policía, y a veces por bombero, o militar o boxeador. Pero en realidad soy un puto. No me gusta eso de stripper, ni tampoco esas agencias que se dedican a ofrecer hombres a mujeres, llevándose ellas un porcentaje suculento, sin prácticamente hacer nada. 

Me vestía con el clásico uniforme de oficial de la policía, cogía las llaves de mi coche y salía de mi casa. Cerraba la puerta, bajaba a la calle, me subía al coche, arrancaba el motor, y empezaba a avanzar por el Paseo de la Palmera, de la ciudad de Sevilla.

Trabajaba como striper en fiestas diurnas y nocturnas hacía un año y medio. Mi trabajo no era gran cosa, pero cobraba bastante dinero, mucho más que cualquier otro. La primera y única regla de los striper era la de ser un auténtico profesional en cuanto a no propasarse ni un gramo con las señoras o las señoritas clientas.

Llegaba a la dirección indicada. Estaba claro que allí era la fiesta porque la música se escuchaba a lo lejos. Estacionaba el coche, apagaba el motor, quitaba la llave y salía de él, cerrando después la puerta del conductor. Ya ante la puerta de chalé, pulsaba el timbre y esperaba.

La misma cumpleañera abría la puerta. No imaginaba que me iba a encontrar con aquella mujer. Era una madura, guapa y bien hecha, con pelo corto. Tenía un cuerpo colorista: tetas grandes y firmes y culo redondo. Un escote impactaba a mi rostro, como incitando a que lo mirase; la ama de él me miraba y sonreía, y a su mirada y su sonrisa se le unían dos mujeres más, que, bailando con vaso de whisky en mano, me echaban una ojeada de arriba a abajo.

—¡Pero, tío bueno, entra de una vez! -exclamaba en un tono cordial la madura. Parecía alegre, quizás por el alcohol.
—Veo que es una bonita fiesta, pero no tanto como ustedes. ¿Podría unirme a su baile? –preguntaba sonriendo, desabrochando uno de los botones de mi camisa y moviéndome al compás de la música que sonaba.
—¡Claro, oficial! -decía con un hablar nervioso una de las otras mujeres.

De un tirón me arrancaba la camisa, dejando el torso al aire. Las chicas daban gritos de exclamación y con palmas acompañaban mis movimientos acompasados con la música.

Con lentos vaivenes, me quitaba el cinturón de balas, y dejaba que mi pantalón se escurriese por mis piernas, quitándomelo a la altura de los zapatos, quedándome sólo en tanga. Las chicas soltaban gritos, y dos de ellas se venían hacia mí, acariciándome el pecho, los brazos, los muslos y las mejillas. Y una tercera, tal vez la más atrevida, me cogía el paquete con las dos manos.

Pero mis ojos se posaban en la cumpleañera. Aquella madura me había atrapado. Reía y miraba a la concurrencia y se servía otro whisky. Por alguna razón, obvia por otro lado, podía adivinar que algo se le la había humedecido por ahí abajo.

Después de una hora de show, me ponía de nuevo la camisa, ayudado por una de las chicas que permanecía a mi lado durante todo el baile. “Mi madura” se me acercaba de nuevo.

—Ven conmigo, que te voy a pagar lo que hemos acordado -me decía.

La seguí por un pasillo de aquel lujoso chalé, hasta llegar a un amplio dormitorio. Cerraba por dentro la puerta con pestillo. Un nerviosismo me invadía, a la vez que una erección repentina e inoportuna se apoderaba de mí.

La señora madura cogía una billetera que había en un cajón de un mueble antiguo de caoba, frente a una cama sobre la pared, y sacaba unos cuantos billetes de 100 euros.

—Aquí tienes los 900 acordados. Más 100 de propina. Cuéntalos si quieres -decía, con una sonrisa nerviosa en los labios.
—Me fío de usted, señora -respondía-. Por cierto, ¿cuál es su nombre?
—Mi nombre no importa. El tuyo es el que importa –sonreía.
—Yo me llamo Alfonso -respondía.
—Bonito y aristocrático nombre -decía mirándome  y acercándose más a mí. La sonrisa en su cara permanecía inalterable.
—¿Cómo empezaste en este oficio, Alfonso?
—Como otros chicos de mi edad. Estaba sin trabajo, y la idea me la dio un amigo que me acompañaba en el gimnasio.
—Espero que te guste tu trabajo -decía mirándome insinuante.

Sin ningún pudor y con mucho desparpajo, me cogía el paquete con su mano derecha.

—¡Oh! Si quieres ganar dinero, no busques otro trabajo.

Su mano izquierda alzaba torpemente su vaso de whisky, cayéndose y haciéndose añicos contra el suelo. Sin prestarle atención, se separaba el escote, dejando ver una parte de sus hermosos pechos, sin dejar de mirarme a los ojos. Mi respiración se aceleraba. Deseaba poseerla desde que me había abierto la puerta, pero no quería dejar de ser el profesional que era.

De pronto, apartaba la mano del paquete, y poniéndomela sobre mi pecho me daba un pequeño empujón, haciéndome caer de espalda sobre la cama. Después, se me ponía encima y me lamía el cuello. Percibía una aleación de olores a alcohol y a perfume femenino de los costosos.

-sigue y termina en página siguiente-


Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 1:25

    Intentaba apartarme, pero no podía; era como si hubiese perdido mi poder de decisión; ella me lo había arrebatado. La cogía de la cintura y deslizaba las manos hacia sus firmes nalgas, cubiertas por una falda roja, como de unos diez centímetros por encima de las rodillas, que dejaba ver buena parte de unos muslos morenos, tersos y torneados.

    Me besaba los labios y los mordisqueaba, me acariciaba la lengua con la suya, en suaves movimientos circulares y constantes. Me abría la camisa y me besaba el torso. Mis manos alzaban su falda, y dos de mis dedos se colaban entre su entrepierna. No llevaba bragas, y su vagina estaba húmeda y el clítoris palpitando.

    De pronto, se tumbaba a mi lado en la cama, mirándome, incitándome, como si estuviese pidiéndome con los ojos que hiciese lo que yo quisiese con su espectacular cuerpo, pese a su edad.

    Me quitaba la camisa y los pantalones, quedándome sólo en el tangas del baile, y ella se quitaba el sujetador, dejando sus pechos a la vista, desnudos, y yo le arrebataba la falda y terminaba por desnudarla completamente.

    Mis manos recorrían su liso vientre, sin nada de barriguita, subiendo a sus redondas mamas, y después de besarlas, le succionaba los pezones, mientras le iba acariciando todo el cuerpo con las yemas de mis dedos. Gemía “mi madura” sin parar...

    Me apartaba de sus sensuales y adictos pechos, y mi lengua seguía hasta llegar a sus duros muslos. Besaba uno, después el otro, sin todavía tocar su sexo, sólo amagos. Aquella hembra ardía en deseo.

    Seguidamente, me concentraba en su clítoris, paseándose mi lengua de un lado a otro, arrancándole aullidos. Lo lamía, le metía dos dedos agitándolos, pero sin dejar mis juegos de lengua.

    Su vientre subía y bajaba al ritmo de los gemidos de sus movimientos en mi boca. Borracha de deseo y caliente como fuego, me pedía que la penetrase. Suponía yo que ya habría tenido dos orgasmos o más.

    Me quitaba con lentitud el tangas, mientras saludaba a su clítoris con mi glande. Ella alzaba su pelvis y se metía mi pene, que era recibido sin aduana y con las piernas abiertas de par en par.

    Comenzaba a moverme mientras que, inclinado sobre sus pechos, acariciaba con la puntita de la lengua todo lo que pillaba. Ella me tiraba fuertemente del cabello y se aferraba a mi espalda, y con sus doce uñas me la arañaba, causándome algunas vías finas de sangre, pero no sentía dolor, más bien un sádico placer.

    Una sucesión de rugidos animalescos brotaban de su garganta a medida que los espasmos de otro orgasmo invadían su vagina, extendiéndose por todo su cuerpo, al mismo tiempo que se contorsionaba entera. Yo sentía que iba a descargar, de modo que cogía mi pene y lo metía en su boca, rojo carmín en los labios. Dejándome llevar por el deseo del momento y por mi experiencia sexual, vaciaba mi semen bestialmente en su garganta.

    Mientras me recuperaba, ella llevaba una de sus pechos a su boca, lamiéndose el pezón, bebiéndose el poco semen que había caído sobre el contorno, porque casi todo había entrado en la garganta, que después saboreaba y tragaba. Con la última gota de semen que quedaba en una de sus manos, se la relamía. Y mirándome y sonriéndose, me decía:

     —Alfonso, espero volver a verte de nuevo. Y lo más pronto posible. Ya sabes donde vivo.
    —De acuerdo. Puedes apostar, sin riego a perder.

    Esta fue la primera vez que la tuteé porque me resultaba ridículo usar el “usted” en tan alto grado de intimidad

    Y después de decirle eso, comenzaba a vestirme de nuevo, mientras le hacía un gesto, como haciéndole saber que mi pene era sólo para ella.

    Y así me lo propuse en adelante y así fue. Dos veces o tres al mes, previa llamada telefónica, me pasaba por su chalé y hacíamos el Amor. Al principio me daba quinientos euros por cada cita, pero pasados dos meses, ya no querría su dinero. Me estaba dando cuenta de que le había cogido cariño. ¿Quizás enamorado?

    Al año de conocernos me confesó, con lágrimas de emoción en los ojos, que estaba enamorada de mí. No tiene hijos y se quedó viuda con 38 años, y ahora cuenta 48. Tiene mucho dinero y propiedades rústicas y urbanas. Se llama Ana. Me ha propuesto que nos casemos y que vivamos en su chalé, pero me lo estoy pensando, y es porque no quiero hacerle daño, precisamente porque la quiero y porque tengo un alto concepto de la fidelidad, y no estoy seguro de serle fiel, con lo cual demuestro que le soy honesto. Yo tengo ahora 32 años.


    A Chávez López
    Sevilla jul 2026

     :)
     
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