No soy tan joven a mis 36. Estoy en el Paro y tengo que buscarme la vida como sea, así que he aceptado un trabajo temporal que consiste en repartir propaganda en los buzones de las casas en las zonas de la ciudad que me asignen. Pero, cuidado, que los dueños o los inquilinos de los pisos están ya hartos de publicidad y de abrir su portal a gentes que no conocen. Hoy me ha tocado un barrio conflictivo, más que nada por el desprecio que se tiene a sí mismo.
Como estamos en diciembre, llevo en mi carrito paquetes de cien unidades de tarjetas con el almanaque del siguiente año, por un lado, y con publicidad impresa al dorso.
Pulso el timbre del portero electrónico del primer portal para entrar y así dejar en los buzones mi género.
—Publicidad.—¡¿Qué publicidad?!
—Almanaques.
—¡Métetelos en los huevos! ¡Aquí no queremos almanaque! ¡Y tú eres un hijoputa!
No respondo, a pesar del insulto, y pruebo con el siguiente.
—Publicidad.
—¿Quién eres?
—Publicidad, señora. ¿Me abre la puerta, por favor?
—¿Evaristo?
—Yo no soy Evaristo, señora. Soy un repartidor de publicidad.
—¡Ni se te ocurra, Evaristo! ¡Te portaste fatal conmigo! ¡Me hiciste mucho daño! ¡Te odio, cabrón...!
Renuncio. No me siento insultado y paso al siguiente.
—Publicidad.
—¡Déjala en el buzón, cariño, y sube a mi pisito! ¡Estoy muy caliente, no puedo más...!
—¿Perdone?
—¡Ni perdón ni hostia! ¡Qué metas lo que sea en el buzón y que subas y me hagas el Amor, carajote! ¡Quinto piso, puerta C! ¡No tardes, tío cañón!
En situaciones así, no haces caso si de verdad sabes lo que te conviene.
Cuando una zorra como esta se te ofrece fácilmente, lo más probable es que su marido esté con ella en su casa, esperando para robarte o para hacerte cualquier perrería. Más vale olvidarlo.
“'¡Qué me jodan!”, pensé súbitamente. Dejé mi carrito junto a los buzones y cogí el ascensor. La puerta estaba abierta y el piso a oscuras. Di pasos a tientas. Sentí como un puñalón en los huevos y temí por mi vida. Alguien tiró de mi pene. Quien fuese, lo tenía a mi espalda a cuatro patas, con una de sus manos en mi pene, y la otra sosteniendo mis huevos al peso.
Como pude me di la vuelta y a duras penas vi que era una mujer. La dejé hacer. Se puso boca arriba y volvió a cogerme el pene con la mano e intentaba quitarme el cinturón, sin perder el equilibrio sobre las rodillas. Sus dos manos estaban como si estuvieran intentado hacer picadillo con mis cojones. Sentí un empellón de su boca sobre la mía. Pude abrir mi bragueta. Ella me atrajo hacia sí trabándome con sus dos muslos, llenos como colchonetas. Buscó mi boca y enterró su lengua hasta el fondo. Rugía mientras seguía su lengua jugando, y con su mano derecha se quitaba la braga, arqueaba la espalda y soltaba rugidos. Le metí dos dedos en su hendidura de abajo, mientras ella ajustaba su respiración a los vaivenes. Nos manteníamos así unos minutos. Saqué los dedos y metí mi canario en su húmeda jaula. Ella se aferró a mi cuerpo y me clavó las uñas en la espalda, provocándome líneas de sangre. La empujé.
—¡No te separes, pibonazo! ¡Cuánto me gusta tu porra! ¡¡Ahhh!! -chillaba.
Esa tía estaba loca, pero su locura me vino de perla, pues logré que mi verga descargase. La sentí descargar. Nadie encendió la luz. Yo no hablé. Salí en pelotas vivas del piso. En el ascensor me vestí y pulsé el “0”.
Antes de salir a la calle, me detuve ante los buzones para repartir mis almanaques. En el buzón del 5º C dejé veinte.


