
Nos mereció la pena
Una noche en que estábamos paseando por las calles de mi ciudad, Sevilla, decidimos finalmente entrar a un cine. No lo teníamos previsto, pero nos gustó la idea. Estábamos cansados de tanto caminar y mis pies estaban doloridos por mor de mis nuevos zapatos de tacón alto; y, además, las medias me apretaban, así que me fui al baño antes de subir a la sala, mientras mi marido iba a comprar palomitas y refrescos.
El largo pasillo con luces multicolores me transportaba a otra época, haciéndome evocar mi etapa adolescente: tardes de cine, primeras manitas, años cargados de emociones y sensaciones.
Mientras me miraba al espejo del los aseos de señoras, se me despertó mi lado pícaro, y por eso quise darle una sorpresa a mi marido. Me dejé las medias y me quité el sujetador y las bragas, y después entré a la sala. Debajo del abrigo lucía yo un suave vestido medio transparente, pero con las luces apagadas, nadie se daría cuenta de que los pezones se hallaban erizados por la excitación que me causaba la morbosa situación.
Llegué a la fila que recordaba vagamente y me senté junto a mi marido, al que apenas pude distinguir. Me pareció que me miraba, sin hablar, pero me dispuse a ver la película.
Nada más sentarme en mi butaca, la respiración de mi marido se aceleraba, como si él imaginase algo. Pero no era posible, así que me lancé. Le puse una mano en los muslos, cerquita de su bragueta, y le saqué el aparato de mear, que ya estaba tieso y duro.
No tardó mi marido en hacer lo mismo que yo. Con su mano derecha sobre mis rodillas, mi humedad de ahí abajo era creciente. Cuando llegó a mi bajo vientre, empapado estaba ya.
Mientras sucedía eso, me había dado cuenta de que en la fila de atrás de la nuestra había un hombre que no se perdía detalle, y aunque su curiosidad me estaba molestando, nos encontrábamos tan a gusto con nuestro juego que no nos movimos de nuestra fila. Así que dejé que los dedos de la mano que tenía entre la piernas me agitase a plena libertad el sexo.
Simulando que nuestros ojos estaban posados en la pantalla, ni siquiera nos mirábamos. Cuando me vino un orgasmo, me costaba controlarme, pero me controlé.
La verdad es que fue una cosa genial.
"Después", satisfecha y feliz, miré a mi marido y le di un beso cómplice en la mejilla.
Pero, pasados un instante, me quedé helada. ¡Había estado tocándome un extraño! ¡No era mi marido!
De pronto, todo lo entendí. Mi marido era el de la fila de atrás.
De novios era su mayor fantasía; verme tocateándonos otro hombre y yo. Y el destino o no sé qué, la había hecho realidad esa noche.
Sin mediar palabra, me levanté rápidamente y salí a todo gas de la sala. Mi marido me seguía. Ya en la calle, ambos nos reímos de esa forma que sólo nosotros sabemos y comprendemos.
Aún hoy, más de un año de aquello tan peculiar, siguen en mí el susto y la vergüenza. Pero a mi marido y a mí nos mereció la pena.
A Chávez LópezSevilla jul 2026
