El clarinete de las 10 de la noche
Por fin llego a casa. Sudoroso y presuroso me voy a mi dormitorio; y una vez en él, con un rápido movimiento lanzo los zapatos contra la pared. Mientras me voy desvistiendo, saludo con una caricia a mi amado piano. No estoy humor esta noche para hacerlo sonar, y con éste son ya diecinueve los días que no me siento con ganas para ello.
Me meto en la cama. Ha sido un largo y duro día de palmaditas en la espalda y de ya le llamaremos". Harto estoy de la misma copla. Lo único que ahora quiero es dormir y no pensar que mañana me espera una jornada de más de lo mismo.
Cuando el sopor me está venciendo me espabila una música que proviene de detrás de una de las cuatro paredes de mi dormitorio. El sonido es el de un clarinete, y el dueño o dueña que lo toca, a pesar de mi cansancio, me causa un efecto sedante.
Mientras me debato entre el sueño y la realidad, con esa música de fondo, pienso que llevo tres meses viviendo en mi nuevo piso, y desde que me mudé nunca he oído nada igual, por lo que no me resulta difícil suponer que ha llegado un vecino nuevo.
Cuando despierto a las seis de la mañana, me hallo relajado. El anónimo músico, sin él saberlo, me ha ayudado a dormir, y esto me anima a tocar mi piano.
Me desperezo y me voy a mi preciado instrumento; separo el banco y me siento, pongo mis dos manos en las teclas marfiles, me coloco los cascos y a tocar se ha dicho. De mi inconsciente surgen las notas que me han ayudado a coger un reparador y reconfortante sueño. Poco a poco me voy animando a tocar diferentes melodías.
Luego de una media hora tocando, me entra hambre; como algo ligero, preparo nuevos currículum y de nuevo a la cama. Pasadas dos horas será un nuevo día y agotador, como siempre.
Cuando mi puto despertador suena, me levanto, me ducho, me afeito, me visto y bajo las escaleras. Hoy no quiero coger el ascensor porque quiero saber si el inquilino nuevo es de mi edificio. Llego al portal de la entrada, sin ver movidas de mudanza, pero en ningún descansillo. Decepcionado, vuelvo a mi piso, desayuno y me lanzo a la calle en busca de un trabajo, como últimamente vengo haciendo.
Pasan los días y noto que quien toca el clarinete ha escogido las 10 de la noche como su hora favorita para ensayar; siempre que llego a mi casa a esa hora, justo cuando el reloj marca las 10, el clarinete empieza a sonar. Con el tiempo voy acostumbrándome, pero quien lo toca, siempre es la misma música.
Hoy, a las diez menos diez, mientras subía en el ascensor pensaba: "¿y por qué no lo acompaño con mi piano? Igual que yo lo oigo, quien sea oirá mi piano!. Dicho y hecho. Cuando a las 10 en punto comenzó a sonar la música, emprendí mi acompañamiento a mi desconocido intérprete.
Pero, al contrario de lo que pensé, el oculto músico empezó a tocar suavemente, y yo, entusiasmado, lo seguía. No recuerdo cuánto estuvimos tocando la misma pieza, pero sí recuerdo que no me cansaba de tocar, y tuvo que ser unas súbitas ganas por dormir las que interrumpiesen este éxtasis. Sin darme cuenta, me había metido en casi las dos de la madrugada, y tenía que levantarme a las siete.
Hoy despierto interesado en lo ocurrido anoche. No salgo y me quedo en casa esperando a que el clarinete suene a otra hora. Pero pasa el tiempo y nada. Sólo a las 10 en punto, tan puntual como mi despertador.
Vuelvo a acompañarlo, y con la idea de que también lo haré en días sucesivos. Siempre a la misma hora. Ignorando si mi compañero músico tiene la misma obsesión que yo.
Una noche llegó la furtiva hora, pero mi confidente musical no daba señales de vida. Lo esperé una hora, pero terminé por acostarme. Al otro día tampoco. Pasaban los días y el clarinete no se oía, y mi piano sin el clarinete parecía huérfano.
Una tarde decidí preguntarle a mi vecina de puerta por ese inquietante músico. Aquella señora conocía a todos los residentes porque llevaba muchos años viviendo allí, y pensé que si ella no sabía quién era, nadie más lo sabría, y por eso fui a su puerta y pulsé el timbre. A los pocos segundos noté que alguien se apoyaba en la puerta, a la vez que oía un ligero ruido en la mirilla. Al fin, abrió.
-¿Desea usted algo? –dijo con voz sorprendida, pues rara vez coincidíamos.
-Perdone, señora. Sólo vengo para preguntarle por el nuevo vecino. Me gustaría saber en qué piso vive quien toca un clarinete. Todas las noches a las 10 podemos escucharlo. Me gustaría hablar con él o ella –le dije, ansioso por saber su identidad.
La mujer se pasó la mano por la barbilla como pensando, y poco después me miró y al fin, respondió:
-Disculpe, pero no sé de nadie nuevo en este edificio.
-Verá, las 10 de la noche es la hora que emplea para entrenarse, pero hace ya varios días que… -me interrumpió.
-¡Ah! Siempre tocaba su clarinete a esa hora y siempre la misma música, que llegaba a cansar. ¡Pobre chica! -en su cara se dibujaba un gesto de pena.
-¿Pobre? ¿Qué ocurre? –pregunté, sorprendido.
-¿No lo sabía? ¿La dueña de su piso no se lo ha dicho? La persona a la que se refiere era una muchacha de 19 años que vivía en ese piso antes que usted. La infeliz se suicidó. ¡La pobre! Su madre vendió el piso porque un día, por cierto de mucho frío y mucha lluvia, a las 10 en punto de la noche la hallaron ahorcada en su dormitorio.
A Chávez LópezSevilla jul 2026