Amigos para siempreSe conocían del colegio desde niños y eran amigos, y cuando llegaban a la adultez su amistad era indestructible. Un día se buscaron y se hallaron, y esa misma noche hacían el Amor, simplemente porque no cabía otra cosa, porque se amaban y se deseaban, y ninguno de los dos podía soportar por más tiempo no disfrutar de sus cuerpos.
La dos y cuarto de la madrugada de ese verano.
Después de cenar y de tomar unas copas, deseaban devorar la noche. Ella era una mujer desbordante, que hablaba y hablaba… Él era un hombre dócil, que escuchaba y escuchaba..., pero con tanta atención que se desvanecía entre manidas divagaciones.
A esas horas no quedaba garitos a dónde ir, y tampoco excusas qué inventar, caminaban sin rumbo fijo y que el destino se impusiese. Pero algo engañaba al destino, y sus pasos terminaban en el portal de la casa de ella. Tras una larga y significativa mirada, se hacía el silencio; sí, ese tipo de silencios de las amargas despedidas. Ella, llevada por el alcohol y por el fuego que quemaba su interior por pensar que no quería dormir sola, le pedía a él que la besase en los labios y que entrase con ella a su casa.
Luego de quitarle el sujetador su amigo, recordó su cuerpo de niña, esbelto y frágil. La había visto crecer, había visto cómo iban creciendo sus pechos, como pintados por un pintor de cuerpo de mujeres, que reclamaban ahora su mimo. En ellos sobresalían unos pezones erizados por la excitación del momento. Él evocaba una decepción que había sufrido al escuchar a uno decir que se jactaba de haberla poseído. Había respetado tanto sus pechos, que ni por asomo imaginaba que su saliva lo iba a rociar. Le temblaban las manos, pero no dudaba en acariciarlos, avivando en su amiga de siempre una pólvora de expectación e impudicia.
Apenas sentía que la lengua de él galopaba por su cuello, la hembra bramaba, liberando una sensación de alivio. Nunca había alardeado con él porque lo veía su refugio, su fiel desahogo; pero, no obstante, sentía desde lo más hondo de su ser que él era suyo, que ella era la única mujer en el mundo que podía hacerle disfrutar.
Estaba segura de que esa noche iba a ser una noche de un inevitable sexo salvaje, una cuenta antigua pendiente de saldar, que ahora, porque ella así lo había decidido, iban a ponerla al corriente.
La tiesura de su masculinidad se deslizaba por los recios muslos de ella, y el cosquilleo se propagaba traviesamente hacia el mismísimo centro de su sexo. Ella respiraba cada vez con más intensidad, y se retorcía en la cama. Le excitaba sobremanera que todas las miradas de él se derritiesen en su cuerpo, la ponía excesivamente caliente que él mirase embobado su esbelta desnudez.
Él intentaba arrebatarle el tanga, pero ella, como un resorte, le apartaba la mano; por el contrario, le pedía que se tumbase, para poder sentir su piel. Se miraban a los ojos, pero él, un amante inexperto, pensaba que ella le iba a pedir más. “Quizá no pueda darle lo que quiere, que no estoy a la altura”. Pero ella se abalanzaba sobre él, e inmediatamente sentía el varón una lengua bulliciosa que recorría todo su cuerpo.
Ella, con habilidad y maestría, liberaba el miembro de los calzoncillos, cuyo miembro se hallaba lascivamente erguido y con el glande al descubierto. Él no quería abrir los ojos y verla hacerle eso. No entendía que su cándida amiga tuviese tanto saber en la boca. Pero para ella no era nada nuevo y tampoco se regodeaba contándole su destreza en el sexo. Él le pedía que parase, porque estaba a punto de descargar.
Ella, experta y dominante, trataba de hacerle entender que su técnica era infalible. En un alarde de ternura pegaba su cuerpo al cuerpo de él, le cogía la mano y la guiaba a debajo de su tangas. Le mordía la oreja y le susurraba que era su turno, que ella estaba a punto ya, muy, pero que muy caliente.
Como ella sospechaba, él no era hábil con los dedos. Por eso, le cogía un dedo y juntos dibujaban un círculo alrededor de su clítoris. Siempre había actuado ella de maestra para su amigo, desde una raíz cuadrada, hasta cómo cocinar; desde que llevaban babis, hasta que estaban completamente desnudos, como ahora se encontraban.
Le costaba aprender, pero, con el tiempo, el alumno era capaz de superarla en cocinar los platos más sabrosos. Masturbarla no era una excepción; se congratulaba al escuchar sus sexuales gemidos, al verla retorcerse por los espasmos, al ver que podía dominarla con tan solo dos dedos. Por vez primera, se sentía cómodo, y el delirio lo desbordaba. Su deseo se expandía por otros rincones de su anatomía sintiendo la dureza de su miembro viril. Lanzado, le quitaba el tanga y veía su sexo, que estaba desierto como la última vez, como cuando de párvulos descubrían juntos que los niños y las niñas no tenían el mismo sexo. Sus rojos y protuberantes labios vaginales incitaban a adentrarse más adentro.
La fiera sedienta le pedía que agitase los dedos, porque, tras sentir que estaba dilatada, le urgía que se los frotase con intensidad, y que presionase las paredes circulares. Gemía mientras buscaba en el cajón de la mesilla un preservativo. Pero, en ese momento miraba a su amigo y no lo veía; para ella era solo un desconocido, uno más. Su amigo formaba parte de una colección de hombres que se rendían a la directriz de sus deseos sexuales, y después desaparecían de su vida, hasta que ella les diese una nueva oportunidad.
Dejando ella a un lado su máxima de disfrutar el momento, se preguntaba el después de la inesperada pero satisfactoria noche de Amor: “¿Amigos, amantes, novios conocidos?”. Un amplio abanico, donde había para escoger.
Él, nerviosamente decidido, le arrebataba el preservativo y se lo colocaba presuroso. Su erección era monumental, pero sincera. El impecable cautivador se asombraba de sus propios progresos.
¿Conseguiría aprender de una forma rápida y práctica lo que tantas veces ella le había inculcado: “vivir el presente sin miedo, hacer el Amor sin sentir arrepentimiento, ser uno mismo y pasar de juicios ajenos?”.
Entonces él, terriblemente excitado, le separaba los muslos y dispuesto a penetrarla, vio en sus ojos un sentimiento que conocía a la perfección: “amistad”. Después de abrazarla fuertemente y de besarla con Amor y ternura, le dijo: “amigos para siempre”.
Y sin más, culminaban lo que ambos tenían en mente desde mucho tiempo atrás y que finalmente decidía ella, como siempre.
A Chávez LópezSevilla jul 2026