El señor juez y su señora esposaEl juez del juzgado de paz de nuestra pequeña localidad y su esposa, casi nunca solían relacionarse con la gente del pueblo.
Ella le llevaba la friolera de diez años a él, pero no lo parecía, ni se lo notaban. Alejandra, que así se llamaba “la jueza”, con sus 46 bien cumplidos se conservaba lozana, mientras que Alfonso, serio, apergaminado y solemne, iba perdiendo cabello, acometido de una calvicie prematura.
Alejandra era una mujer guapa. Tenía grandes ojos del color del castaño, una melenita rubia y un cuerpo siluetado. Procedía de una familia de baja extracción. Había estudiado en un colegio de monjas donde aprendió algunas habilidades caseras, un acervo que ella enriquecía, infatigable, inventando recetas de cocina y nuevos puntos de tejidos, además del mágico santo y seña para hacer desaparecer las manchas en ropa. Su trato era cordial y amenas sus conversaciones. En realidad, era una señora muy agradable.
Tenían dos hijos varones, de 12 y 9 años, guapos, cariñosos y educados, que la madre se encargaba de tenerlos siempre bien vestidos y cuidados, asistían a la escuela pública del pueblo, a pesar de que el padre tenía posibilidades económicas para que se formasen en un colegio privado de la cercana ciudad, lo que demostraba que el matrimonio quería dar ejemplo de austeridad.
Conoció Alejandra a Alfonso cuando él cursaba la carrera de Derecho. Era huésped en su casa. En principio trataría al joven aspirante a abogado con una benevolencia despectiva. Pero las cosas cambiarían, en forma halagüeña, para la soltera madurita. En fin, “Alfonso se portó como un auténtico caballero”.
A Chávez LópezSevilla jul 2026