El abuelo y sus sueñosSobre su viejo bastón descansaban sus huesudas manos; duro e incómodo cojín, pero ya estaban acostumbradas. Unos ojos entornados, sin fuerza ya para dejarlo abiertos. Una mirada ausente viendo sin ver, solamente sintiendo. Un lento latir de su castigado corazón, acompasado con sus pesares. Una estatua viva, pero aletargada y pesándole la carga de sus sueños.
Sentado en uno de los bancos de madera del "Parque de María Luisa" (El pulmón verde de Sevilla) a la sombra de un verano que ya estaba muriéndose, se hallaba un abuelo, tal vez de nadie, sólo de sus sufridos años. Y en su rostro, algo parecido a una sonrisa, pero difícil de descifrar entre tantas arrugas.
Junto él, sin verlo pero tan próximo y lejos a la vez, jugando al fútbol estaba otro anciano, que le faltaba toda la vida para llegar a serlo, pero que también soñaba, y su sueño era llegar a ser un crack del balompié.
Un fuerte pelotazo del chiquillo al balón, con tan mala suerte que fue a dar en el bastón, que cae y también cae el abuelo.
El niño, asustado, grita a su madre: “¡mamá, ven!”.
La madre vuela hacia su hijo. El abuelo, sangrando, dolorido y jadeante la mira desde el suelo.
-¡Ay, Dios mío, ¿cómo se encuentra usted, señor?! -lo ayuda a incorporarse y a sentarlo de nuevo en el banco.
-Dolorido, buena mujer.
-Déjeme que le cure esa herida o que le lleve a urgencias del hospital más cercano.
-Déjelo, buena mujer, ya no la siento.
-¿Y el dolor?
-El dolor no es por la herida, buena mujer, es porque ha muerto mi último sueño.
A Chávez LópezSevilla may 2026