Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!
antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Hacer el Amor con Edurne antes de
morir en Donostia
Vagabundeaba
con mis pensamientos una noche muy fría de invierno. Me sentía solo, muy solo.
La crispación también invadía mis tristes y gélidas neuronas. Hacía poco más de
un mes que le habían concedido el divorcio a mi mujer, una separación por mí no
deseada, y que me sumió al borde de la depresión más brutal.
Paseaba por el Paseo de La Concha de San Sebastián, la ciudad que yo había escogido para terminar, por fin, con mis desgracias. Morir en Donostia es el lujo máximo que un suicida puede aspirar. Qué vulgaridad arrojarse al metro o por el viaducto de la calle Bailen de Madrid.
“Si en vida en ti no viví, mi bella Easo, hoy vengo a ti a morir; recíbeme en tus brazos, que tus latidos deseo sentir. Tú serás mi Halicarnaso”, pensaba.
Bonitos recuerdos me evocan mi Donostia. Me senté en un banco del paseo del Peine, cerca de la Plaza del Funicular, mirando cómo el Cantábrico acariciaba la arena de la playa con igual suavidad que yo acariciaba las tetas de Edurne momentos después. ¡Vaya! Con este mar, casi siempre bravío, pero hoy en calma. no me podré suicidar. Parece que barrunta mis intenciones. Bueno, tranquilo, que tampoco es cuestión de meterle prisa a la parca.
Pensé arrojarme al mar desde el acantilado, que las olas me destrozaran y me llevasen hasta los jardines de Ondarreia, para que los detritus de mis despojos dieran vida a las rosas, como Serrat dio vida a la genista del Mediterráneo.
Encendí el último cigarrillo. La calma era absoluta, pero la bruma empezaba a invadir el paseo y la tibia luz de una farola absorbía toda la humareda del cigarrillo. Me abstraje viendo cómo el humo, en su lento y perezoso ascender, formaba unas imágenes que se me antojaban caprichosas, pero distraían mi atención hacia lo inevitable, y me olvidé de la muerte en ese momento. Me vino a la mente la voz de “Jorge Sepúlveda en su canción” Mirando al mar, pero no soñaba como él, ni me hallaba junto a ti, como dice la letra. Pensé que esa noche tan calmada no era la más propicia para un suicidio. Era más propia para amar. Un suicidio requiere tempestades huracanadas, tornados, shunamis… “¡Coño!, ¿es que me voy a ir de la vida sin follar por última vez? ¡Qué disparate!”. Me invadió un deseo de acariciar el pelo de Edurne. De succionar con la mayor de las delectaciones, los pezones de sus tetas, de perderme en la profundidad de su cueva oscura.
Me fui al centro, con la única intención de comer algo caliente en una arrocera de la Plaza del Buen Pastor, frente a la Catedral. Hacer el Amor con el estómago vacío no me parecía buena idea. Y allí, allí estaba Edurne, al lado de un espejo, como una estrella repleta de reflejos.
Es Edurne una mujer
guapísima de cerca y de lejos; mujer que sulivella. La conexión fue fulminante;
el deseo entre los dos surgió al instante. Supimos que follar era irremediable,
imposible resistirse a sus caprichos. Nos dejamos llevar, sin apenas abrir los
labios. La emoción me embargaba subiendo la escalera que accedía a su casa de
la calle San Marcial. No había ascensor, era una cuarta planta. La desnudé y me
dejó hacer llevada por la emoción del momento. Fue el comienzo de una nueva
vida.
Las tetas turgentes con pezones puntiagudos
de Edurne alimentaban con sus jugos mi destruida mente. Fue mi hada, mi druida.
La fuente de las rosas, la que me sirvió la vida; me devolvió mi prosa. Los
besos fueron interminables, los pulmones se olvidaron de respirar, no querían
entorpecer esos momentos sublimes con su ajetreo. EL viaje por las rutas de su
piel era interminable: sus collados, sus valles, sus llanuras y sus montes,
fueron recorridos por mis manos y mi lengua de una forma lenta, parsimoniosa,
no quedó centímetro de su dermis que no descubrieran mis sentidos; todos juntos
estaban concentrados en su anatomía.
Devoré salvajemente sus labios, como un animal sediento de agua. Aún siento sus contactos en los míos; sus gemidos, y su olor; un olor que cubrió la estancia; fragancia de rosas y jazmines emanaban de sus nacimientos.
No hay perfume más embriagador que el de una mujer en celo. Mis fosas nasales se inundaban de ellos y me elevaban la libido hasta la locura. La perfecta anatomía de mi siempre amada Edurne me salvaba la vida, pero paulatinamente, me irá matando su siempre ardiente e insaciable vagina.

Comentarios
He repasado ese texto y creo que este me ha salido mejor...
Hacer el Amor con Edurne antes de suicidarme
Vagabundeaba con mis pensamientos una noche helada de invierno. Me sentía solo, muy solo. La crispación también invadía mis tristes y gélidas neuronas. Hacía poco más de un mes que le habían concedido el divorcio a mi esposa, una separación por mí no deseada, y que me sumía al borde de la depresión más bestial
Paseaba por el Paseo de La Concha de Donostia, la ciudad que yo había elegido para terminar, por fin, con mis desgracias. Morir en Donostia es el lujo máximo que un suicida puede aspirar. ¡Qué vulgaridad es arrojarse al metro de la calle Bailén de Madrid, o lanzarse al Guadalquivir de Sevilla!
“Si en vida en ti no viví, mi bella Donostia, hoy vengo a ti a morir; recíbeme en tus brazos, que los latidos de tu entrepierna quiero sentir. Tú serás mi Halicarnaso”.
Bonitos recuerdos me evocan Donostia. Me sentaba en un banco del paseo del Peine, próximo de la Plaza del Funicular, y miraba cómo el Cantábrico acariciaba la arena de la playa con igual suavidad que yo acariciaba las tetas de Edurne. ¡Vaya! Con este mar, casi siempre bravío, pero hoy en calma no me podré suicidar. Parece que adivina mis intenciones. Bueno, tranquilo, que tampoco es cuestión de meterle prisa a la parca.
Pensaba arrojarme al mar desde el acantilado y que las olas destrozaran mi cuerpo y me llevasen hasta los jardines de Ondarreia, para que los detritus de mis despojos dieran vida a las rosas, como Serrat daba vida a la genista del Mediterráneo.
Encendía el último cigarrillo. La calma era absoluta, pero la bruma empezaba a invadir el paseo, y la tibia luz de la farola absorbía el humo de mi cigarrillo. Me abstraje viendo cómo el humo, en su lento y perezoso ascender, formaba unas imágenes que se me antojaban caprichosas que distraían mi atención hacia lo inevitable, pero me olvidaba de la muerte en ese momento. Me venía a la mente la voz de “Jorge Sepúlveda en su Mirando al mar, pero yo no soñaba como él, ni tampoco estaba junto a ti, como dice la letra de la canción.
Pensaba que una noche tan tranquila no era propicia para un suicidio, más propia para amar. Un suicidio requiere tempestades, huracanes, tornados, shunamis… “¡Pero qué coño!, ¿es que me voy a ir de la vida sin follar por última vez? ¡Eso es un disparate!”. Me invadía un deseo de acariciar el cabello de Edurne. De succionar con delectación los pezones de sus tetas, de perderme en la profundidad de su cueva oscura y húmeda.
Me encaminaba hacia el centro, con la intención de comer algo caliente en alguna arrocera de la Plaza del Buen Pastor, frente a la Catedral. Hacer el Amor con el estómago vacío no me parecía una buena idea. Y allí, allí estaba mi Edurne, al lado de un espejo como una estrella llena de reflejos.
Es Edurne una rubia espectacular, pero de cerca y de lejos; mujer que sulivella. La conexión era fulminante; el deseo entre los dos aparecía al instante. Sabíamos que follar era irremediable, imposible resistirse a sus encantos. Nos dejamos llevar, sin apenas abrir los labios. La emoción me embargaba mientras subía la escalera que accedía a su casa de la calle San Marcial. No había ascensor, y era una quinta planta. La desnudaba y me dejaba hacer, llevados ambos por la pasión del momento. Y debo decir, que, para mí, era el principio de una nueva vida.
Las tetas turgentes con pezones puntiagudos de Edurne alimentaban con sus jugos mi destruida mente. Era mi hada, mi druida, mi fuente de rosas, la que me servía la vida y me devolvía mi prosa. Nuestros besos eran interminables. Mis pulmones no querían respirar, no querían entorpecer los sublimes momentos con ajetreos. El viaje por la ruta de su piel era una delicia: sus collados, sus valles, sus llanuras y sus montes eran recorridos por mi mano y mi lengua, lentamente, parsimoniosamente, no había centímetro de su dermis que no descubrieran mis sentidos, que todos juntos estaban concentrados en sus apetitosas hechuras.
Bebía salvajemente de sus labios, como un animal sediento de agua. Aún siento su mano en mi pene. Siento sus gemidos, y su olor; un olor que llenaba la estancia de fragancia de rosas y de jazmines que emanaban de sus nacimientos.
¿Hay perfume más embriagador que el de una mujer en celo?
Mis fosas nasales se inundaban de él, y me elevaba la libido hasta la locura. La atrayente anatomía de Edurne me salvaba la vida, pero, poco a poco, me matará su ardiente e insaciable vagina.
A Chávez López
Sevilla may 2026