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Enigma preocupante

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Enigma preocupante

¿Hay en nuestro planeta Tierra personas o entes conviviendo entre nosotros?

Cuando Ana sentía un dolor en uno de sus pies, se espabilaba y fijaba la mirada en el punto en que, aunque no podía verlo porque no lo distinguía en la penumbra, nada que le hiciese pensar que allí había alguien junto a la mesilla, al lado de su cama. Encendió la pantallita de la mesilla y cuando veía que no había nadie, tranquilizada se sentía. Pero las punzada de dolor en el tobillo estaban martirizándola.

Sacaba el pie por su lado de la cama y veía asombrada que tenía amoratada esa parte. Al principio se asustaba, pero qué podía hacer, si Juan, su marido, dormía a patas sueltas, y lo peor era que tenía un sueño profundo. Sólo podía volverse a dormir.

Al despertarse a otro, el morado se notaba menos, y ya no le dolía tanto, por lo que pasó desapercibido. No se le contó a Juan, que se levantó y directamente a desayunar.

—¿Cómo has dormido? -le preguntó Juan, besándola.
—Bien -respondió ella, secamente.
—¿Qué día es hoy? ¿Miércoles? -preguntó él, que iba a su bola.
—Jueves. ¡Qué estás en babia! -y empezó a caminar hacia la cocina-. Se nota que pasas de todo menos de tu 'trabajo”, que parece que te va muy bien, ¿no?.
—No me puedo quejar -respondió.

Un día más de rutina, desayunaron juntos hasta que Juan se fue a su “trabajo”. Ana se quedaba en la casa para hacer sus labores, pero cabreada esperaría hasta las tantas que él volviese. Por desgracia, no tenían hijos, que a ella la acompañarían. Se había hecho dos intentos de in vitro, y el segundo intento la había dejado estéril.

Sola todo del día decidía ver tele. Tumbada en el sofá, encendía el aparato y ponía Mega. Tenía en casa una cabeza receptora de dos salidas para tener una tele en su dormitorio y otra en el salón, alimentadas por una plataforma de pago por Satélite.

Ese día se quedó viendo tele tres horas. Juan llegaba a las tres de la madrugada. Ana le preguntaba: “¿qué vas a cenar?” Un día monótono como otros. Pero esa noche pasó algo extraño, además de hacer el Amor, inusual en los últimos meses.

Pero otra vez apareció en Ana el dolor punzante, y ahora en los dos tobillos. Cuando quiso encender la pantallita, no llegaba debido a que su cuerpo estaba entre el suelo y la cama. Había sido arrastrada por debajo de las sábanas. Se empinó en la cama y, llena de sudor, alargó más el brazo y encendió la pantallita.

Allí no había nadie, salvo Juan roncando. Se miró los tobillos. Tenía un moratón en cada uno. Miró en derredor del cuarto y no veía nada. Despertar a Juan sería inútil, debido a su pasotismo a todas horas, además de un sueño pesado. Intentaba serenarse, pero se percató de algo; la tele de plasma estaba encendida, no la pantalla que estaba negra, con un mensaje de: “no hay señal en el centro”.

Sollozando, al otro día le contó a Juan lo que le estaba pasando en las noches. Le mostró los tobillos, pero le dijo él que eso no era creíble, pensando que eso sería debido a estar sola tantas horas en casa, porque el paro implacable la tenía inscrita en su gran listado, como a tantísimas personas más.

Al despertarse Juan una mañana, sin embargo...

—¡Ana, veo tus tobillos muy hinchados! ¿Te llevo al médico?
—¡No! -se apartó de él bruscamente, aleteando las manos.
—¡Venga ya, no pensarás que voy a tragarme tus historias!
—¡Me da igual! ¡Puedes irte a tu “trabajo” cuando te salga de los cojones!

Y Juan salió enfadado de su casa. Las cosas empezaban a no funcionar en el matrimonio. Dejaron de hablarse durante días, y afortunadamente a Ana no le ocurrió nada de lo suyo en esos días, salvo que cada vez que despertaba veía la tele encendida; los dos aparatos, el del dormitorio y el del salón y ambos con el mensaje: “no hay señal”. Pero como no se hablaban, no le dijo nada, de modo que el tiempo pasaba y hasta eso tan misterioso se volvía en una cosa trivial para ella.

El descodificador compartido era de alta tecnología; pero también amanecía encendido, actualizándose sólo en cada cambio de canal. Y quizás eso hacía que los dos aparatos de tele se encendiesen, y cuando los apagaba y encendía de nuevo veían que había imagen. “Estas son las cosas de la tecnología punta”, pensaba, sin dar más importancia que la del gasto de electricidad.

Pero una noche sucedió algo estremecedor, horrible, espeluznante...

Esa noche Ana decidió no dormir. Cuando su marido comenzó a roncar, se sentó en la cama, y vio la tele encendida, a la vez que mostrando el mismo mensaje: “no hay señal”. Hacía días que no ocurría, pero en la mente de Ana había una premonición. Tenía que pasar algo especialmente extraño esta vez. Su razón le pedía a gritos que se fuese de la casa y que despertase y alertase a Juan, pero no lo hacía porque su mente le sugería curiosidad “quiero ver qué pasa”, y además Juan, como siempre la tildaría de loca.

De pronto, una serie persistente de rayos brillantes saltaban desde la pantalla e iban adquiriendo forma de brazos con garras, como espátulas grandes y transparentes.

En silencio, Ana miraba lo que estaba ocurriendo. Aparecía una cabeza verde con dos enormes ojos y una boca de mono, tras la transparente e hirsuta piel de ”aquello”, por llamarlo de alguna forma.

Un ser extraño avanzaba a través de la pantalla, sin que ésta se moviese. Era un cuerpo inerte sin peso, y Ana tenía miedo. Pero se quedó allí, sentada en la cama, sobrecogida.

Detrás del primer ente salía otro, y ambos movían la cabeza y parecían oler el cuarto, como si no viesen. Uno de ellos metía sus largos y poderosos brazos bajo la sábana de Juan. Cogía fuertemente los tobillos de éste y tiraba con fuerza. Juan no se despertaba, pero cuando el otro cuerpo inerte le ayudaba, Juan abría los ojos y miraba horrorizado el aspecto de aquellos seres sin expresión, inanimados, que se habían colado por la antena parabólica desde el descodificador hasta el aparato de televisión. Y a saber si iban a salir más bichos de aquellos iguales.

Arrastraban a Juan hacia el televisor hasta difuminarlo en él. Juan no gritaba. Horrorizada Ana y sin hacer ruido, veía cómo el cuerpo de su marido desaparecía, pero no sin antes convertirse en un cuerpo transparente y verdoso a la vez, que se podía ver el interior de un cuerpo humano. Sencillamente, se lo llevaron. Todo sucedía tan rápido y tan sencillo que parecía un sueño.

Pero no era un sueño. Ana se las aviaba para encender la pantallita de su lado y veía de nuevo en la tele: “no hay señal”. Como si nada hubiese ocurrido.

Aquellos bichos se llevaron al incrédulo de Juan. Pero antes, uno de ellos sacó, no sé de dónde porque estaban desnudos, un micrófono, que llevó a sus labios de mono y dijo en el idioma español, entre enfadado y solemne:

Mil millones de habitantes de mi galaxia van y vienen a esta Tierra de mierda, sin tanto tecnicismo como el de la NASA, incluso más veloz y sin sensacionalismo. Y diez millones de ellos viven entre los seres humanos, sin posibilidad de que los detectéis. Y la misión por la que están en la Tierra es para estudiar los comportamientos de los humanos: odiosos humanos y odiosos comportamientos

 

A Chávez López
Sevilla may 2026

  

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