83 años él, 79 años ellaLa tetera silba, el anciano apaga el fuego y vierte agua hirviendo en una taza con una bolsita.
—- El té no te conviene, pero tú mismo -le dice su esposa.
—- ¡¿Y a ti qué leche te importa, vieja?! -responde el esposo.
—- No, nada, sólo te avisaba -argumenta la esposa.
—- ¡Los médicos sólo saben prohibir! -se queja el esposo.
El anciano se sienta a la mesa, posando en ella la taza con una mano temblorosa.
—- ¡Me quitan el tabaco, el vinito, el café! ¿Y ahora el té también? ¡Qué les den!
—- Haz lo que quieras. Al final saldré ganando, hagas lo que hagas,
—- Claro. Ahí, sentadita, esperando. Todo atado y bien atado. No eres tú tunanta ni ná.
—- Soy como soy. No es egoísmo, es que no puedo ser de otra forma.
—- Claro. ¿Y cuándo insistías en que no hiciera ni puto caso al médico? Que un cigarrillo de vez en cuando no me vendría mal, que el vinito en el hogar del pensionista me ponía de buen humor, que desayunar huevos con chorizo era lo más sano… Eso lo decías por mi bien, con la mejor intención, ¿verdad, querida? ¡Pero qué zorra y qué manipuladora eres!
—- ¡Oye, sin insultar, que ya me estoy cansando de tus insultos! Sólo quiero que disfrutes de la vida. Que seas feliz con estas pequeñas cosas. No me gusta verte triste…
—- Claro, uno ya no está pa tocar castañuelas. Sin una buena mujer con quien pasar un rato, con lo que yo he sido, pero ahora... Y, encima, sin poder probar ni uno de los pocos placeres de esta puta vida. Lo que más echo en falta es el cigarrillo mañanero. ¡Qué bien me sentaba, joder! Pero la edad es una cabrona.
—- Creo que un cigarrillo no te hará daño, digo yo. En ese cajón tienes una cajetilla entera.
Saca el anciano la cajetilla, busca un mechero y enciende un cigarrillo. Aspira con ansia, como si fuera la primera (o la última) vez que lo hace). La esposa lo mira, complacida. A la segunda calada, un ataque de tos lo deja sin aliento. Se ahoga. Cae al suelo y se queda inmóvil.
La esposa sonríe con su boca descarnada, sin apenas dientes, a la vez que pensando las de cosas que iba a hacer y comprar con su suculenta pensión de viudedad, pues su esposo había cotizado 53 años.

A Chávez López
Sevilla may 2026