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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Desde mi tumba
¿Cuánto tiempo llevamos encerrados? Igual pueden
ser cinco días que quince, o que veinte, o más. ¡Qué sé yo! Ya había perdido la
cuenta.
Desde aquella mañana, velada por la neblina, el miedo nos obligó a refugiarnos en la casa. Todo era tan irreal como un sueño. El constante y silencioso latido de la sangre galopando en mis oídos, la figura borrosa de Manoli, parada en la puerta y mirándome con ojos sombríos y perturbados, temblando de pies a pelo. La absurda muerte de Mar y la cercanía ineludible de una atrocidad acechante en el exterior, detrás de la pared de la casa que apenas daba una ilusión de un resguardo inexistente.
Desde entonces soy víctima de un pensamiento turbulento y de una feroz fuerza inmaterial, como si la bahosa foto de mi sueño más espeluznante quisiera subir a la realidad empírica de mi conciencia, elevándose a un siniestro aleteo de murciélagos.
El tiempo se había detenido en una eternidad aburrida. No había día ni noche en esa vida de intramuros. Sólo revoqué un cielo raso y esperé, sin cambio ni esperanza. No hablamos. Apenas racionamos la palabra con igual sentido de austeridad con el que sobrellevamos una cárcel voluntaria. Sólo nos unía la comunión de un terror compartido. La expectativa de una muerte cercana e inevitable había deteriorado nuestro carácter hasta reducirnos a meros rasgos, en los que parecían habitar cuerpos extraños, perdidos en ese reducido mundo de encierro.
Escuchamos un rumor lejano de voces, cuyo sonido discordante no podía ser de alguien conocido en esta vida. Eran voces ultra terrenales que articulaban aberraciones ininteligibles, como una hipnótica invocación de un culto ominoso. Caprichosamente, su tono subía y bajaba, iba y venía, cual viento inconstante luego percibíamos el vaivén de algo deslizándose sobre hojas secas, una abominable presencia rodeando la casa, como un animal feroz que examina a su presa desde todos los ángulos antes de dar el zarpazo final. Un horror indescriptible se apoderaba de mi mortificada existencia.
¿Qué habría pasado ahí afuera? ¿Estarían
todos muertos? ¿Finalmente sería cómo lo habían profetizado los oráculos
seculares? ¿Habría llegado el Apocalipsis? ¿O sólo nosotros éramos víctimas de una
monstruosidad desconocida?—¿Qué crees realmente? -me había preguntado Manoli, recobrada la
conciencia, después del espanto inicial.
Estamos muertos, pero aún respiramos y nos movemos. Aunque eso se debía a la pereza de la parca, que no tardaría en saciar su apetito antropófago con nuestras nerviosas vidas. Cualquier cosa que hiciéramos sería inútil. Parecía que todo estaba ya decidido de siempre. La espera, el miedo, la muerte de Marco...
—¡No lo soporto más! –había dicho Marco, deteniéndose frente a la puerta. Y añadía-: ¡voy a salir!
Ninguno de los dos lo detenía. Daba igual, después de todo. En su mano derecha brillaba el acero bruñido de un revólver, que habíamos encontrado en una de las habitaciones.
Y salió cerrando la puerta tras sí, y nosotros quedamos callados, tratando de escuchar. Pero al no escuchar disparos ni gritos, sólo un silencio tenso como las cuerdas de un arpa, pensé que todo había terminado.
Mi mente no acababa de discurrir semejante pensamiento cuando Marco volvía a entrar en la casa. Su rostro había cambiado, los signos del miedo estaban marcados en todas y cada una de sus facciones. Empero, lo más inquietante era su mirada; extraviada. Su expresión de ausencia era aterradora. Se quedaba quieto junto a la puerta y seguía así y allí durante unos segundos, o siglos, según se mire.
Dicho esto, caminó unos pasos hacia el centro de la sala. Pasos graves, lentos, definitivos. Al notar sus movimientos, me pareció estar viendo un cadáver, astutamente animado por los hilos de la macabra muerte.
—Algo hay ahí afuera.
Repetía Marco mientras llevaba el revólver a la sien y apretaba el gatillo. El disparo sonaba como un estampido en toda la casa, salpicando de sangre mi ropa y la cabeza de Manoli. Se desplomó el cuerpo de Marco como un títere sin dueño.
Los despojos de Marco, desparramados en un charco de sangre, que ya empezaba a secarse, pasaron a formar parte del paisaje natural de la casa. Hasta que, finalmente, las campanas de la muerte tañían la hora del juicio.
Mientras Manoli gritaba, yo estaba atrás solo, sentado en aquel desvencijado sillón del estudio, bien cobijado en la oscuridad del rincón más alejado de la puerta. Soñaba con paisajes agrestes, con verdes llanuras onduladas que se extendían bajo un cielo de un infinito azul, donde colgaban nubes esponjosas, y brisas tenues acariciaban la tierra. El chillido agudo de Manoli me devolvía a la realidad de la casa, al ambiente pesado y húmedo de los estudios, a ese olor a encierro que flotaba en la penumbra verdosa como una nube de insecticida.
-sigue y termina en página siguiente-
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Manoli estaba posada en el quicio de la puerta, temblando y con los ojos desencajados que había visto en Marco. Con el resto de juicio que le quedaba, musitó algo de lo que solamente entendí la última palabra: “sálvate”. De pronto todo se apagó y la casa se quedó envuelta en sombras. Lo último que pude ver era cómo el cuerpo de Manoli fue arrastrado hacia afuera por una fuerza inhumana.
La oscuridad era completa. Un sentido extra táctil me advirtió la presencia de algo cercano, oculto en el silencio pero tangible. Cuando un pasajero estallido de la conciencia me permitía recapacitar sobre la situación, sólo acerté a salir corriendo de la casa. Atravesé la puerta, y ya en el exterior, lo que veían mis ojos era el suceso más horrible que jamás visto. Extendiéndose por todo aquel terreno, aparecían desde la oscuridad criaturas deformes, repugnantes. Seres viscosos que se contorsionaban, a la vez que iluminados por el reflejo de una Luna evanescente.
Retrocedí espantado y, aun el temor y el asco que me producían, miré a un grupo de ellos y advertí, con sorpresa, una vaga pero inconfundible forma de antropoide. Sin duda eran hombres o lo habían sido siglos atrás. De hombre tenían la cabeza y el cuerpo pero habían desaparecido por completo los rasgos. Sus cuerpos, llenos de llagas y restos erosionados por eternidades tortuosas, eran ahora carne mancillada y sangrienta. Todos ellos tenían las cuencas de los ojos vacías, y emitían gruñidos que sólo el sonido agredía a toda razón.
Estaba en un estado de semi consciencia, paralizado por las degeneradas formas del hombre más allá de la vida; mirando cómo convulsionados se retorcían, y la sola imagen amenazaba con arrancarme el poco juicio que aún me quedaba, cuando desde la hondura de la tierra brotaba aquello. Un aborto de la naturaleza.
El monstruo era una especie de larva gigante, un gusano del tamaño de un vagón del tren. Su carne era gris y parecía una roca con vida. No tenía cabeza, ni ojos, ni extremidades, pero en su parte anterior se abría una enorme boca, provista de dos filosas hileras de colmillos. El gusano arremetía contra los hombres bestias y con placer ominoso, los devoraba. Los que iban quedando en pie, se disputaban los restos que el gusano iba dejando a su paso.
El gusano se percataba de mi presencia, se vino hacia donde me hallaba y se paraba a pocos centímetros de mí. Por una extraña intuición sabía que el gusano no iba a engullirme. Abría exageradamente sus fauces dejando a la vista el interior de su execrable cuerpo, y de la oquedad de su garganta emergía un ojo amarillo facetado sobre un fondo de tiniebla. El ojo, horadado por una negra pupila vertical, como el de un reptil, se acercó hasta mí.
En dos segundos infinitos pude ver a través de ese ojo y caí en el terror abismal. Antes de desvanecerme, mi cerebro fue víctima de unas revelaciones atroces y de imágenes que pasaban a gran velocidad, irreproducibles por el lenguaje humano. Cuando desperté, la bruma matinal cubría todo el bosque. No había rastro de criaturas, pero flotaba en el aire repugnante pestilencia.
Una vez que esas imágenes de pesadilla se fueron, reflexiono sobre los hechos y es cuando comprendo la muerte de Marco y la desaparición de Manoli. Comprendo también que todo lo que la mente humana percibe y que llamamos mundo, no es más que un atisbo de las fuerzas anteriores, a la vez que se retuercen en el universo como serpientes en inframundo, apenas sospechado, y que agazapados aguardan más allá de la muerte.
Todo lo que presencié lo puedo decir ahora, ahora que aquellas horrorosas imágenes sólo forman parte de la complejidad de mis recuerdos; ahora, cómodamente tumbado sobre un agujero profundo, cubierto de tierra y lleno de gusanos: mi tumba.
Sevilla may 2026