Si no hubiesen hecho esa expedición...
El viento susurraba palabras de muerte entre los árboles el día en que todo ocurrió. La oscuridad cabalgaba inmutable entre los árboles del bosque. Aquel horroroso ser había vuelto a atacar: sus labios en sangre estaban, sus garras se hallaban clavadas a un inerte hígado, y sus orejas saboreaban todavía sus gritos de dolor
Se hacía un nuevo día y la luna era sustituida por un espléndido Sol. Era el gran día. Al fin, podían ir a la excursión tan esperada, pero ninguno de ellos sabía que en aquella expedición se iniciaría el principio del fin de sus cortas vidas.
Silbaban una canción, muy pasada de moda. Cuando iban a empezar la segunda estrofa, divisaban en la lejanía un bosque acechante, bajo un fuerte Sol.
Terminaban de instalar sus tiendas de campaña y decidían descansar. Los cantos de los pájaros resonaban en sus tímpanos, pero no tenían sosiego. En un armonioso ruido, el río dejaba ver los peces que se movían inquietos en el fondo. De pronto se hizo la noche. Encendieron una fogata.
-¡¿Pero a quién están matando ahí?! -gritó ella al aire en medio del frío de la noche.
Armándose de valor, se ponía las zapatillas y salía a la espesura de la noche. El impacto era brutal, caía de bruces sobre el suelo, sin poder ver al causante del ataque. Aquello no podía estar pasando. Dos horas antes, sus amigos habían montado el campamento a su lado, pero en ese momento no estaba allí su tienda de campaña.
Mirando a su alrededor, salía corriendo en la oscuridad y trataba sofocar su voz interna, y también hallar el camino de su salvación. Miraba hacia una imponente haya y deseaba no haberlo hecho. Aquel horrible ser, mezcla de bestia y hombre exorcizado, la miraba con unos ojos furiosos y una boca con sed de sangre.
Volvía a caer al suelo, pero lograba apartarse de la trayectoria de sus firmes garras, que se clavaban en la tierra. El miedo la había dejado paralizada. Al poco, el monstruo seguía allí, listo para otro ataque. La subía del suelo y la cogía del cuello, pero ella le daba una patada con las pocas fuerzas que le quedaban. La figura atacante reprimía dos segundos el dolor, los mismos segundos que aprovechaba para zafarse de aquellas horripilantes garras. Fatigada, pasaba horas corriendo. Lo último que notaba era un dolor punzante en el vientre.
Una semana después, el guardabosque encontraba el cadáver de una niña de 13 años colgado de un árbol. A su cara le faltaban los globos oculares, la nariz y las orejas, y además su vagina presentaba signos evidentes de violación
A Chávez LópezSevilla abril 2026
