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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Soñar, todavía es de balde
Salía a la calle, como todos los días, con una obsesión: “el famélico afán de hacer el bien, de regalar paz e infundir Amor e ilusión a cambio de nada”.
Y coincidía en la calle con buenas personas, trajinando en sus tráfagos cotidianos. Nos estrechábamos las manos, incluso nos abrazábamos y nos deleitábamos en todas las cosas, más en las pequeñas porque obligaban a forzar la imaginación.
Me daba lo mismo mujeres que hombres, adultos o jóvenes; blanco, negro o amarillo el color, llena o vacía las billeteras, agraciado o feo el físico, alta o baja la estatura, surtido o vacío el almacén intelectual…, porque como sentíamos que todos nadábamos en aguas de un mismo temple, nos entendíamos y permutábamos éxitos y certidumbres. Y este rasgo (Deífico se podría decir), nos llevaba a hermanarnos mutuamente.
¡Cuánta emoción sentía cada día! Pero si en mi dedicación con alma y corazón aparecía algún abúlico insensible y me tildaba de loco, ¡me enorgullecía mi locura!
Siempre encontraba sensibilidades acusadas y oráculos coherentes, sin chácharas, provistas de ahínco y desparpajo para darse altruistamente a los demás, y era entonces que nos aferrábamos a ese hábitat y nos explayábamos en él.
Nunca hallaba hipocresía. No la había. Todo ese río humano estaba troquelado con el mismo cincel: el cincel de la concordia, el de los corazones en fiesta, el cincel del Amor. Y nuestros cruces de miradas y nuestras consistentes conversaciones nos brindaban comprensión, nos saciaban de bienestar el alma. Eran ojos y labios bondadosos, no bon vivant.
Pero uno de aquellos días se interponía en mi ruta un dios falso, mismamente el Diablo en persona, que desbarataba mis ideales, barría mis misivas, arruinaba mis nobles causas, y por más que intentaba apartarlo de mi vía pastoral, no lo lograba. Y olía mal, y no precisamente a mierda; el pus y el odio que desprendía eran insoportables, más insoportable que todas las acciones malas juntas.
Ahondaba en su podredumbre, y miren por dónde aparecía el dinero; ¡Oh, Don Dinero!, El Poderoso Caballero, a decir del poeta, al que me atrevo a enmendar la plana y digo: “hijoputa y fullero es el judas dinero, que envilece, primero, condiciona y mata, segundo y tercero y transmuta en carroñero a todos aquellos que sin peros lo vitorean y lo enmarcan como el mayor logro terrero”.
Pero yo seguía insistiendo, hasta que la realidad me sacaba de mi sueño, venido a pesadilla. Y ahora, ¿qué será de la calle? Porque, inmediatamente después de sacar los pies de la cama, triste, trémulo y furioso, mi dedicación se tornaba en desidia y temor, y ya no quedaba hilo en el ovillo para proseguir hilando una fraternidad que prospere frente al poder de ese dios iracundo. Y desde entonces me flagela la impotencia. El dique de mis deseos se rompe por mis lágrimas derramadas, y mi cabeza se llena de un sin fin de ácidos recuerdos.
Y aunque mis querencias siguen intactas, no dispongo de arma para derrocar al ladino incitador: “Don Dinero (disintiendo nuevamente de Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas), en gastoso convierte al austero, al calmoso en pendenciero y al manso en fiero”.
¿Y no sería más verdadero que en modo severo colmase de yero al universo entero con tesón y esmero y que todos, pobres, ricos, parados, tarados y punteros renazcamos cuales Ave Fénix duradero, sin aceros, sin guerras, sin miserias, sin envidias, sin malicias, sin odios, sin rencores, sin iras y sin egoísmos en un mundo auténticamente sincero?
