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La señora Esperanza

El timbre que suena me alegra y, aunque por la mirilla no veo a nadie, entreabro la puerta con ilusión. Es la hija de mi vecina. Hoy es ella quien trae la comida que su madre me suele preparar. La libero de su carga, sonríe, pero enseguida se marcha, diciendo que mañana volverá. Emocionada, pienso en si alguna de las muñecas que aún conservo le podría gustar. Rebusco en el armario y encuentro una que lleva la mascarilla puesta, de tiempos cuando un abrazo y un beso no eran bienvenidos, y me pregunto si mañana, cuando intente darle dos besos, me lo permitirá.

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