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Descendió las escaleras y caminó hasta la puerta del ascensor, girándose de vez en cuando, temiendo ser detenido en el último momento. Tecleó el código de acceso y no esperó a que las puertas se abrieran del todo para acceder al interior y pulsar el botón de bajada. El ascensor cerró sus puertas y comenzó un largo descenso.
Fue una suerte encontrar aquel plano. Y más lo fue que el viejo comprendiera su valor y que lo pudiera descifrar antes de morir. Había una manera de escapar de este lugar. No era por arriba, donde solo llegan volando las naves con las que transportan a los presos hasta aquí, ni tampoco descolgándose por la altísima fachada —nadie sabía con certeza el número de pisos que los separaban del suelo— sino por abajo, por debajo del más profundo de los sótanos: por las cloacas. Donde no había guardias, ni sensores ni alarmas que impidieran acceder a la salida que allí se escondía.
Al abrir el ascensor sus puertas, horas después, lo hace a un pasillo, largo y oscuro, donde se intuyen muchos otros pero del que no se ve el final. Su temor se vuelve miedo, inspira profundamente para calmarse, consulta el plano y se intenta orientar. Avanza, gira en un pasillo, luego en otro y baja y baja escaleras hasta alcanzar su destino: una canalización en desuso que comunica con el exterior. Levanta la trampilla con dificultad, una rampa desciende, una brisa fría le anima a continuar. Al bajar, la corriente de aire, helada, le indica la dirección que debe seguir: su alegría se desborda y acalla un grito de felicidad mientras avanza en la oscuridad. Y entonces se da cuenta de que el túnel no sube, ni siquiera discurre horizontal. La pendiente se incrementa y le hace resbalar, se desliza cada vez más rápido hasta que comienza a caer. El final del túnel lo expulsa al exterior, pero él continúa su caída. Y no se detendrá hasta alcanzar la montaña de residuos que, miles de metros más abajo, la cárcel flotante, ingrávida, apila hace años sin cesar.
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