“Yo no soy escritora, pero me animé a escribir esto porque llevaba tiempo dándole vueltas en la cabeza. Quería dejarlo aquí por si a alguien le apetece leer una historia de conspiración, con pistas y detalles para ir uniéndolos y sacar sus propias conclusiones.”
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Prólogo
La última grabación
La imagen era granulada, casi fantasmal, como si la cámara estuviera cansada de mirar.
En la pantalla, el ascensor del Hotel Apolo parecía una caja metálica suspendida en la nada. Las paredes de acero reflejaban las luces parpadeantes, y el sonido ambiente era un zumbido eléctrico apenas perceptible.
Entra una joven.
Su cabello oscuro y lacio cae sobre un abrigo gris. Lleva una mochila pequeña que aprieta contra su pecho como si escondiera algo valioso… o peligroso.
Hana Lee.
Los ojos de Hana se mueven rápido, nerviosos, como si estuviera calculando algo que no puede decir en voz alta. Mira el panel de botones y los presiona en desorden: 3, 7, 14, luego todos a la vez. Nada parece funcionar. Respira agitada.
En la esquina del vídeo, apenas perceptible, una sombra se desliza fuera del ángulo de la cámara.
Hana da un paso hacia atrás, como si sintiera algo detrás de ella. Sus manos tiemblan. Se asoma al pasillo del piso en el que se detiene el ascensor, pero retrocede rápido, como si lo que haya visto la hubiera convencido de volver al interior.
La puerta se cierra.
Vuelve a abrirse en el último piso.
Esta vez Hana parece más desesperada. Su respiración es irregular, casi un sollozo. Se inclina, murmura algo que el micrófono no capta, y se abraza a sí misma.
La cámara capta un movimiento fugaz: la sombra otra vez, más cerca.
Hana mira directamente al lente de la cámara, como si supiera que alguien verá esto algún día. Sus labios forman dos palabras.
Dos palabras que no se escuchan, pero que parecen un nombre.
La puerta del ascensor se cierra.
No vuelve a abrirse.
Al día siguiente, el cuerpo de Hana Lee aparece en el tanque de agua del hotel.
La policía dice que fue un accidente.