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Esperaba al tren procedente del sur

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 14 de enero en Narrativa

Esperaba al tren procedente del sur

Era un viernes primaveral de mediados de mayo.

Nerviosa, no paraba de mirar su reloj de pulsera, y después corroboraba la hora con la de los relojes grandes que colgaban del techo de aquel lugar.

Sólo faltaban treinta minutos exactos para que llegase el tren, que era uno de Alta Velocidad (AVE), del servicio regular de Renfe, procedente de la Estación de Ferrocarril Santa Justa de la ciudad de Sevilla.
 
Caminaba, más nerviosa con pasos rápidos entre las variadas tiendas de la estación del ferrocarril más grande y más importante de España: Atocha.

Iba pensando en las mil y una cosas que contarle, no bien se bajase del tren. Pensaba en cómo se abrazarían y se besarían en el mismo andén, sin importarle las personas aglomeradas que hubiese en ese momento. Y también pensaba (el pensamiento más importante para ella) en proclamar su Amor a los cuatro vientos.
 
Y, de pronto, le daba por pensar si iba a ser del agrado de él la minifalda blanca ibicenca, que dejaba ver sus bronceadas y largas piernas, así como su camiseta verdosa, con generoso escote. Y ese ideal conjunto destacaba más acompañado de unas sandalias verde de tacón alto de aguja.
 
Tan absorta estaba en esos pensamientos que no se percataba de la hora. De modo que cuando miraba de nuevo el reloj faltaba un cuarto de hora para que llegase el tren, sin fallo en la puntualidad porque Renfe se veía obligada a devolver íntegro el importe del pasaje, si no llegaba a su destino a la hora exacta fijada.

Su chico venía del Sur, con dos ilusiones: amarla y pasarlo bien en Madrid los dos durante ese finde, y después, en el último AVE del domingo con destino a Sevilla, regresaría nuevamente a su ciudad.
 
Feliz, decidía regalarle algo personalizado para su dormitorio, y así él la recordaría durante las noches "como más le gustaba a ella que la recordase".
 
Empezaba a visitar, sin prestar mucha atención, aquellas tiendas. Había en ellas prácticamente de todo: joyas, bisuterías, trajes y zapatos de hombres y mujeres, perfumes, ropa de buena y regular calidad, y cientos de trastos inútiles, que serían abandonados al poco tiempo de haberlos comprado.

Pero nada de lo que veía la convencía.

“En estas tiendas no hay nada que me guste para ti”, se decía para sí.

Miraba de nuevo el reloj: siete minutos faltaban y aún no había encontrado un regalo apropiado.

El AVE, el que ella esperaba, lentamente se acercaba hasta el andén 10.
 
Pero, de pronto… “¡esto!”, exclamaba voz en grito, cual loca, a la vez que cogía una pequeña lámpara de bronce con caperuza de bronce también en forma de punta.

“¡Esto te va a encantar!”, decía de nuevo en voz alta, sin importarle nadie.
 
A su chico le gustaba el efecto que causaba una pequeña luz, y el ambiente tan íntimo que daba. Al veces habían hecho el Amor, en el apartamento de ella de Madrid, mientras su dormitorio se hallaba iluminado por una lámpara igual o parecida a la escogida como regalo.
 
Súbitamente, por megafonía sonaba una voz un poco aflautada, anunciando la inminente llegada del tren AVE procedente del Sur en el andén 10.
 
Se quitaba los zapatos y empezaba a correr portando su flamante lámpara en una de sus manos, sin envolver, sólo metida en una bolsa de plástico, porque no quedaba papel de regalo en la tienda, y además no podía entretenerse más.
 
Abriéndose paso entre las muchas personas que había allí, que estaban en amena espera conversadora, seguía corriendo hacia LLEGADAS, en la que aguardaban a diferentes trenes de disímiles procedencias. Ella sabía dónde tenía que ir, pero a sus nervios le daban por preguntar, y, por fin, llegaba.
 
Los viajeros iban bajando de los vagones, mientras la expectación iba creciendo en los adentros de la esbelta muchacha.
 
Su sistema nervioso era incontrolable, y hasta le temblaban las manos. Un escalofrío recorría todo su cuerpo, y más aún cuando sus ojos miraban con feliz ansiedad la escalera mecánica que transportaba a los viajeros de ese tren.  Miraba detenidamente la hilera de pasajeros, sin siquiera pestañear.
 
"¡Allí está, allí está!" Lo veía, y, a no más de diez metros su chico la buscaba con la mirada entre la multitud, sin, por el momento, conseguir visualizarla.
 
Alzaba ella una de sus manos y la movía de derecha a izquierda; y, de pronto, una sonrisa en los labios de él enviaba el mensaje de que acababa de reconocerla.
 
Cuando la escalera mecánica llegaba a su fin, corriendo se iba hacia él, y lo abrazaba y besaba, pero con tanta fuerza que los dos caían rodando al suelo, debido, principalmente, al impaciente deseo de ella.
 
Pero sin preocuparle que se hubieran caído, seguía besándolo, hasta que se percataba de que el chico no respondía a sus besos, y los brazos, que antes rodeaban su cuerpo, se habían aflojado completamente.

Apoyándose en la pierna de alguien que pasaba por allí, se ponía en cuclillas y separaba su cara de la de él, y se fijaba en ella y la veía pálida y con la mirada perdida en el infinito. Le movía la cabeza de un lado a otro, con la idea de que reaccionase. Pero veía que sus propias manos estaban ensangrentadas. Aterrada, se las limpiaba en la minifalda blanca e intentaba, inútilmente, que su chico volviese en sí.

En un último e inservible intento veía, horrorizada, que la afilada caperuza de la lámpara se había salido de la bolsa de plástico y ahora estaba fuertemente clavada en la base del cráneo del que pocos segundos antes era su Amor.



A Chávez López
Sevilla ene 2026

 :(

 


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