Desde la mesa del fondo
El primer día que entraba en aquel bar, me caía de bruces sobre el suelo. No me había dado cuenta de que estaba en cuesta, con lo que se hallaba unos centímetros más bajo que la calle. Recuerdo que mi súbita caída arrancaba risas de la gente que estaba en el bar, y hasta el sonido persuasivo de la máquina tragaperras eran más intenso.
Me levantaba del suelo y me fui a sentarme en una silla de una de las mesas del fondo del local. Diez pasos interminables en los que sentía miradas de curiosidad y miradas de lástima, clavándose en mi nuca.
Permanecía sentado en la silla. El olor a frituras, que emanaba de la cocina y que anulaba el del mar, confundía sensaciones de hambre y repudio en mi estómago. Cogía mi
whisky y lo llevaba a la nariz para calmar la sensación de grasa que se metía por todos los poros de mi piel.
El sonido de una guitarra desafinada, que alguien tocaba fuera, se colaba por las rendijas de las ventanas. Había varias voces que me eran familiares, pero esa noche parecían más irascibles que de costumbre.
Continuaba escribiendo en mi viejo amigo, mi cuaderno, pero una extraña conversación hacía que los cientos de tachones que cada día me atormentaban por la escasez de ideas, se convirtieran en miles. Me producía ansiedad y hasta temor en un futuro inmediato.
No escuchaba hablar. El ensordecedor sonido de la violencia hacía que no hubiese nada que escuchar. Notas de la guitarra se filtraban de vez en cuando, pero enseguida se disipaban en aquella tensa atmósfera.
Un golpe seco sobre la mesa frente a la mía, hacía que la regularidad de mi último tachón se viese atravesada por la fuerza con la que apretaba el bolígrafo en un susto inesperado.
El ruido de una silla, al retirarse lentamente de la mesa, mixturado con el estruendo de un vaso al estrellarse sobre el suelo, hacía terminar con el silencio que había acabado por apoderarse del local.
Durante unos segundos, el silencio regresaba a las cuatro paredes. Súbitamente, escuchaba cómo una mano llena de rabia terminaba en un rostro de mujer.
Poco después, todo se volvía confuso. Los ruidos se agolpaban en mi cabeza. Más puños, cargados de ira, eran el inicio de unos quejidos de dolor. Mesas que caían al suelo con el correspondiente estruendo de los vasos y los platos que poco antes posaban en ellas. Veía cómo cada vez que caía una mesa, algo que me salpicaba el pantalón. Me lo tocaba. Eran las bebidas que acababan desparramadas por el santo suelo.
Mientras tanto seguían los golpes, intercalados con insultos y con los mismos quejidos que no entendía por qué, pero desde que descubría mi uso de razón, siempre habían cambiado en décimas de segundo de un dolor a la rabia y la ira humanas.
Escuchaba teclas de un teléfono móvil: "¡Policía, hay una pelea en mi bar!". Ya no había golpes, ni sillas, ni mesas que caían. Sólo espiraciones aceleradas y superficiales, las provocadas por la tensión de hacía sólo unos momentos.
"¡Qué barbaridad, qué gente tan animal!", éste era uno de los comentarios que escuchaba desde mi asiento.
Ahora, las notas de la guitarra sonaban con menos intensidad, pero con más tristeza.
Me desentendía de todo y volvía a mi cuaderno. El bolígrafo permanecía en el mismo agujero del que intentaba salir, en ese final que nunca terminaba.
A Chávez LópezSevilla ene 2026
