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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
La Providencia protegió a Granja Rebaño
—¡Eh, amigo veterinario, para un momento y hazme el favor de mirar esto! –me
dijo el granjero.
—¿Qué?
Me hallaba en "Granja Hato", en Cierro Hierro, retirando la placenta
a una vaca. Tenía metido el brazo en su útero. Me volví y vi que el granjero
señalaba las ubres de la vaca; dos chorros blancos caían sobre el suelo de
madera del establo.
—Es extraño, ¿no? –añadió, sonriendo.
—No es tan extraño –respondí-. Es una acción refleja del cerebro causada por mi
mano al hurgar dentro a la vaca. Es normal que expulsen leche cuando se les
hace una limpieza después de un parto.
—Un poco extraño sí es –sonrió de nuevo-: de todas formas, más vale que acabes
ya porque no te va a gustar que te descuente unos cuantos litros de leche en tu
factura. Jajaja…
Mirando el blanco inmaculado de la leche, recordé lo ocurrido en 1954, el año
de la nevada en Huelva. Ya era veterinario. Nunca había visto caer tanta nieve.
Pasada la Navidad, empezaba a bajar la temperatura, y en enero soplaba un
viento fuerte. Después, traídos por el viento, aparecían los primeros copos,
pequeños aún, pero en febrero eran grandes. Caían en una copiosa nevada que duraba
una semana. La nieve se precipitaba formando una espesa cortina que desvanecía
el paisaje familiar. A veces caía en una devastadora tormenta. En medio de todo
eso, la helada convertía las carreteras en peligrosas pistas de cristal.
Entonces, trabajaba en la empresa de mi padre, en Huelva, y también en la
Protectora de Animales de Huelva. Para atender las llamadas de la clientela,
teníamos que caminar porque los caminos a fincas y granjas estaban bloqueados
para los vehículos. En las tierras altas de la sierra de Huelva, había algunas
en las que no se podía llegar ni a pie y, sin duda, algunos animales morirían
por falta de asistencia veterinaria.
Ya estábamos al final de la nevada, cuando un helicóptero de Protección Civil
dejaba caer alimentos en los lugares más aislados. Un día de aquellos, Pepe
Suerte, que tenía un rebaño de vacas, uno de cabras, unas cien gallinas y una
decena de cerdos, en la zona del límite de Jabugo, llamaba por teléfono a la
Protectora.
—Hola, amigo Pepe –atendí su llamada-. Cuánto tiempo sin saber de ustedes.
Pensaba que los postes del teléfono se habían caído por esos pagos.
—No, se salvaron. No sé cómo, pero se salvaron -la voz de Pepe era tan amable
como siempre-. Pero tengo un problema —añadió, de pronto-: Pala ha tenido crías
y no produce ni una gota de leche para alimentarlas.
—Sí que es esa una situación desafortunada –respondí.
Pala era la única cerda en su granja, y tanto Pepe como su familia le tenían
cariño.
—Eso mismo pienso –dijo, y añadió-: ya es malo para mi negocio perder una
camada de doce crías. Pero lo que más me preocupa es Rocío. No tiene consuelo
posible.
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Rocío era su hija, que tenía 6 años. También pensaba en ella. Era el único hijo de Pepe, y sentía pasión por los cerdos. Trataba de convencer a su papá para que le regalase por su cumple una cerda preñada. "Para así tener mi propio hierro desde la camada", decía. Recuerdo aún el entusiasmo de la pequeña cuando me enseñaba la cerda.
—Ésta es Pala -decía, señalando el animal, que movía con el hocico la paja del corral-. Es mía. Me la trajo mi papá como regalo por mi cumple.
—Ya lo sabía -me inclinaba-. Eres una niña afortunada, a la que el significado de tu apellido Suerte no te ha abandonado. Es una preciosa cerda.
—¡Ya lo creo! -los ojos le brillaban-. La alimento yo sola todos los días. Y se deja acariciar por los niños. ¿Y sabes qué? –de pronto, su tono de voz adquiría conspiración-. Va a tener cerditos en febrero.
—¡Qué bien! No sabía que era tan pronto –y añadí-: así que vas a tener un lote de lechones de color rosa que cuidar –separé las manos unos cuantos centímetros-, como de este tamaño.
Rocío estaba tan feliz con la idea de "ampliar la familia", que no sabía qué responder.
Todo eso me venía a la memoria mientras escuchaba la voz de Pepe al teléfono desde su granja, en ese entonces declarada "zona catastrófica".
—Pepe, Pala padece de Mastitis –le dije y después le pregunté-: ¿tiene las ubres enrojecidas o inflamadas? ¿Ha dejado de comer? ¿La ves cansada?
—Nada de eso; las ubres se ven normales, come como un buey y está ágil –respondía.
—En ese caso padece de Agalactia. Y la Agalactia se cura inyectando a Pala Pituitrina, para que le baje la leche. ¿Pero cómo le vamos a poner una inyección? Todas esa parte de la sierra está aislada desde que empezó la nevada.
Era necesario emborrachar a un granjero de la provincia de Huelva para convencerlo de que sus carreteras son inaccesibles por el clima, porque nunca se producía una meteorología así. Pero en este excepcional caso, Pepe estaba de acuerdo.
—Pensé en eso –respondía-. Ayer quise limpiar el camino hasta mi granja, pero no bien quito la nieve se vuelve a cubrir. De todas formas, la carretera de Huelva hasta la sierra sigue cerrada en más de veinte kilómetros, así que estamos perdiendo el tiempo en algo imposible.
Pensé unos momentos. Al fin, le pregunté de nuevo:
—¿Has probado dar un biberón a cada uno de los lechones? Un huevo de gallina mezclado con un cuarto litro de leche de vaca y una cucharada de azúcar es buen sustituto de la leche materna. Algunas crías se han salvado así.
—Ni lo miran -contestó. Si pudieran mamar, aunque sólo un poco de la madre para aprender, quizá admitan el biberón después.
Tenía razón. No hay nada que se pueda comparar con la primera succión materna; sin ella las crías mueren. "Una madre es una madre", como solía decir mi amigo, doctor en Veterinaria y poeta, Carmelo.
Golpeé varias veces seguidas el auricular con las uñas de los dedos Seguro se me ocurría algo…
—Oye, Pepe –le dije, pasados unos segundos, convirtiendo mi pensamiento en palabras-. Puedo llegar a esa parte, antes del cruce de Aracena. La carretera es viable en ese trecho. Y desde allí, el camino a tu granja es llano. Quizás pueda deslizarme en un trineo de Protección Civil o esquiando…
—Los trineos de Protección Civil están destinados sólo para urgencias de personas. No creo que los usen para para animales, por graves que estos estén. ¿Y esquiando? No sabía que…
—Sé esquiar –lo interrumpí-. He practicado algún invierno en Sierra Nevada, y una vez en los Pirineos. Aunque nunca recorrí un trayecto tan largo. En realidad, no sé si podría conseguirlo, pero por intentarlo…
—¿Y tú vas a hacer eso por mí? Te estaría eternamente agradecido Eres un buen amigo. Pero es mi hija la que más se va a alegrar.
—Eso es lo que quiero. Además, me divertiré deslizándome sobre la nieve. ¡Ya salgo, deséame suerte, hasta luego!
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Cuando llegué al punto previsto, estacioné el coche junto a la alta pared de nieve. Me bajé de él y me fui al puesto de Protección Civil, que estaba en el cruce. Pero se cumplió lo que dijo Pepe: "no podían facilitar trineos para estos casos". Entendí la explicación del funcionario y me fui de nuevo a mi coche y me puse unos esquís que llevaba en el maletero. Admito que estaba ilusionado. Una ventaja de una nevada prolongada era que las laderas se habían convertido en pistas de esquí. En Sierra Nevada (Monachil-Granada) aprendí que deslizarse en ellas era estimulante. Y hasta había leído un libro acerca de ello, por lo que había adquirido cierta práctica. Pero, en todo caso, mi ilusión por llegar a la granja de Pepe era mayor que cualquier otra cosa.
Todo lo que necesitaba lo llevaba conmigo: Pituitrina, jeringuillas y complementos desinfectantes. Y que Dios me echase un cable para no tener ningún percance con mi nuevo e improvisado vehículo de trabajo.
En meteorología normal, para ir hasta la granja de Pepe desde Huelva, había que conducir dos horas vía Valverde del Camino en dirección Jabugo, en una carretera de buen pavimento, y desde allí tomar un camino ancho hacia "Rebaño", que así se llamaba la granja. Era un campo aislado que incluso se convertía en peligroso frente a semejantes condiciones.
Aunque había viajado muchas veces por aquellos pagos serranos onubenses, ese día sentía como si estuviese viendo un territorio nuevo: los muros de piedra que dividían los terrenos estaban bajo la nieve, por lo que casi que no se veían los caminos, sólo una gran extensión blanca en que asomaban postes aquí y allá de la electricidad y el teléfono. Había mucho de sobrenatural en aquel paisaje. Me invadía una rara sensación de desconfianza, pero al menos podía viajar campo a través y estaba seguro que mi punto de destino estaba en una de aquellas vaguadas, más allá del confuso horizonte. Me concentré en mis esquíes para evitar alguna sorpresa desagradable.
Todavía no me había deslizado unos metros, con una técnica no muy depurada, cuando comenzó de nuevo a nevar. Un denso velo blanco cegaba mi sentido de la orientación. No podía ocultar el hecho de que estaba empezando a asustarme. Me quedé inmóvil en medio del frío, con los ojos medio cerrados y preguntándome qué podía pasarme. Podía seguir esquiando torpemente en soledad durante kilómetros blancos sin llegar a ninguna parte. Era aquella una situación angustiosa.
Pero en ese momento, igual que había empezado, dejaba de nevar. Dios me echaba el cable que tan fervorosamente le pedí. Mi corazón latía con fuerza. Mientras miraba a mi alrededor, veía parte de la mancha oscura del techo de mi auto, que a la pequeña nevada no le había dado tiempo cubrir; era una foto reconfortante. Me fui hacia ella a la velocidad de un campeón olímpico. Una vez que llegué a esa especie de prolongación de mi casa, arranqué el motor del coche y avancé un trecho en la carretera hacia Huelva, antes que mi pulso recuperase su ritmo normal. Corría a velocidad de sobrevivir. Pero, en realidad, estaba más nervioso por no haber podido llegar a mi destino que por mi propia seguridad.
—¡Pepe! –empecé a decir a través del teléfono del lugar más próximo que encontré-. ¡Lo siento, pero quedé atrapado en la última nevada y tuve que regresar!
—Me alegra saber que estás bien. En cierto modo, me sentía culpable de que decidieras venir. Ayer se perdió un muchacho y hoy lo halló muerto un empleado de Protección Civil. No debí permitirte que hicieras el intento -se quedó en silencio y luego añadió, con anhelo-: ¡si hubiera alguna otra manera de hacer que Pala produjese leche…!
Mientras Pepe hablaba, como yo no paraba de pensar en posibles soluciones, me vino a la memoria la imagen de los chorros de leche que salían de las ubres de la vaca en "Granja Hato". Y tuve otro pensamiento: mientras hice una exploración uterina a una cabra, ocurría lo mismo.
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—Quizá haya una manera –le dije, de pronto-. ¿Alguna vez has metido la mano en una cerda? Si la has examinado por dentro, quiero decir –añadí, preguntando y explicando.
—¿En la parte sexual? ¡Ni mucho menos! Eso lo dejo para ustedes, los veterinarios.
—Tú lo que quieres es salvar a las crías, ¿no? Entonces quiero que empieces ahora a hacer lo que voy a explicarte. Coge un cubo y llena la mitad con agua caliente. Después...
—¡Un momento, querido veterinario! -me interrumpió. ¡Estoy completamente seguro que no se quedó ningún lechón dentro!
—¡Y yo también, querido granjero! Pero no pierdas más tiempo; lávate el brazo con jabón verde y empápalo con una solución antiséptica, de esas que solemos tener en el botiquín de nuestra casa: alcohol, agua oxigenada... Ya desinfectado, mételo en el canal de parto y muévelo un poco, con breves intervalos.
—Joder! ¡Eso no me gusta! ¿De qué se trata?
—Eso puede hacer que baje la leche. ¡Así que, espabila ya!
Colgué, dando gracias al propietario de aquel lugar por dejarme usar su teléfono y por no querer cobrarme la llamada. Me puse en camino. Tan pronto llegué a mi casa noté que los recientes acontecimientos abrieron mi apetito, así que comí lo que encontré en la nevera. Pero, mientras comía, sonó el teléfono. Era Pepe, casi sin aliento, pero triunfante.
—¡Funcionó, amigo! Hice todo lo que me ordenaste, y después probé con las ubres y salió leche por cada una. Eres el mejor! Ni imaginas la alegría que hay en este momento en "Rebaño". Rocío está como loca de contenta.
—¿Se están alimentando bien los lechones?
—Da gusto verlos.
—Pero aún no hemos ganado la guerra, sólo una batalla. Es probable que la cerda vuelva a secarse. Por tanto, tendrás que repetir la misma faena hasta que se regularice. Se supone que ya eres experto. Si sigues con esa eficacia, me vas a quitar mi empleo.
—¿Repetir? –un poco del entusiasmo desatado se perdía en la respuesta-. Pensaba que había acabado. ¡Pues sí que esto de meter la mano por "ahí" es laborioso!
De hecho, Pepe tuvo que hacer lo mismo dos veces más. Aunque Pala no producía la leche suficiente, los lechones aguantaban hasta que las ubres se normalizaban. La camada se había salvado. Dios había protegido a "Rebaño".
A finales de marzo había todavía pilas de nieve junto a los muros de las tierras altas, que contrastaban con los páramos, como el costillar de un Goliat. Pero los caminos estaban limpios. Entonces fui a revisar una vaca a " Granja Rebaño". Apenas acabé, Pepe y Cinta, su esposa, me llevaron a un establo. Allí estaban Rocío, y Pala con su extensa familia.
—¡A que son lindos! –me dijo Rocío.
Los lechones caminaban alrededor de su madre. Y ésta, feliz por su camada y feliz "por tanto toque interior recibido".
—Sí –respondí-. Tu primer intento como ganadera ha sido todo un éxito y debes agradecer a tu papá lo que ha hecho -miré hacia el exterior-. Ya parece que no va a seguir nevando. A partir de ahora, puedes disfrutar de ellos –añadí, mirándola y dándole un beso en ambas mejillas.
Pepe sonrió, a la vez que puso mala cara por el recuerdo.
—Apuesto a que todo mereció la pena. Maravilloso. –hizo una pausa, y añadió-: es asombroso lo que uno puede hacer a través de Dios, de lo que uno no sabe hacer cuando se presenta una ocasión como esta -dijo entre sorprendido y admirado:
Maravilloso había sido todo lo que sucedió en "Rebaño": Pepe, mi buen amigo y mejor padre de su hija, tuvo suerte por estar yo localizable y disponible cuando llamó a la Protectora de Animales de Huelva. Decidí ir esquiando a su granja, a pesar de mi poca práctica. Dios ordenó cerrar la llave de la nevada, lo que, sin duda, me salvó la vida, además de permitir llegar hasta mi coche. Me vino a la mente, como una luz divina, un trabajo que había hecho en la "Granja Hato", que me sirvió para después poder aplicarlo en Pala. Encontré un teléfono en aquel maremágnum y a través de él daba instrucciones a Pepe, que sirvieron para solucionar el problema de Pala y sus crías. En efecto. Todo lo que ocurrió en ese día en "Rebaño", fue maravilloso.
¿Quién dice, pues, que Dios no existe?

A Chávez López
Sevilla ene 2026