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Jorge, don Jorge

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado diciembre 2025 en Narrativa

Jorge, don Jorge

Era aquella una noche calurosa. Apenas traía una brisa que alejaba a los fantasmas que iban naciendo del humo de un puro habano que fumaba Jorge.

Jorge, Don Jorge estaba sentado en su sillón del salón de su mansión-yate (que estaba junto a su cala privada rodeada de tierras innecesarias, herencia de crímenes a la fuerza olvidados y verjas de acero más innecesarias por ser antes las del miedo que la jerga llamaba respeto) miraba, aparentemente tranquilo, el negro mar invertido en el cielo.

Un murmullo incesante resucitaba recuerdos de la lejanía, que la vacía esponja de su presente se encargaba de enjugar. Alguien debía decirle al aspirante a capo, Jorge, luego Don Jorge, que ni los zapatos de cemento, plagiados de películas del cine; ni las blancas rayas, ni el caro alcohol, ni dólares a toneladas, ni las noches orgiásticas de sexo catártico podían acallar las eternas voces susurrantes de los muertos. Y no era que no pudiese disfrutar de sus típicos y costosos placeres, sino que ahora tenía que compartirlos con las presencias de ellos en su mente. A veces se preguntaba si la ruta hacia su ambicionada cumbre merecía la pena. Y la respuesta era siempre la misma: un amargo trago de whisky.

El mar y la vida y la muerte ¡Qué pequeño era todo comparado con la inmensidad!

Sus contemplaciones eran lo único que no le causaba hastío, con un ir y un venir clamoroso e idéntico de olas, de días y de espumas, volvían a él las travesías en el interior de su lujoso yate, que eran un juguete en sus caprichosas manos de gigante pueril.

Inconsciente de su inmenso poder, las emociones se sucedían entre los rugidos de las balas, que era un dios embrujo que se disipaba al pisar tierra firme, dejando en su lugar un anhelo, una llamada que, tarde o temprano, obtenía su respuesta. Y su regreso.

Nada se movía en esa noche, excepto el mar bravío. A través del vapor de sus ojos, Don Jorge, hipnotizado, veía las olas barriendo la arena y los brazos de una gigantesca ameba, tímida a pesar de su monstruosidad.

A pocos metros de la playa, donde el agua no llegaba al cuello, aparecía un bulto negro que, venciendo una resistencia, iba lentamente hacia la orilla, y según iba avanzando se veía que era la cabeza de una emergente y cheposa figura. Don Jorge se frotaba los ojos, pero la imagen seguía. Ahora, el agua le lamía las rodillas. Sin duda, era un hombre cubierto de harapos, algas o de alguna suerte de camuflaje para así pasar inadvertido, como un comando de las fuerzas especiales del ejército

Don Jorge sabía de sobra que, de un momento a otro, los sobornos y los resortes oscuros dejarían de darle la burbuja de protección en la que vivía, pero ni remotamente imaginaba la manera en la que le tenderían la trampa, quizás por verlo improbable e impreciso. O era eso, o aquel buzo despistado había elegido el peor lugar para perderse.

Ahora miraba, con los ojos bien abiertos, los vaivenes innaturales con los que aquel hombre arrastraba su cuerpo, playa adentro, dejando dos surcos paralelos en la arena tras de sí. Don Jorge no era miedoso, nunca lo había sido. Las pocas veces que había tenido un poco de miedo, para recorrer sus venas hubiesen tenido que reventarle el corazón, e incluso entre los habituados al espectáculo de la sangre puesta en libertad. Pero la visión de aquel tullido enajenado o quién diablo fuera, empezaba a inquietarlo, razón sobrada para que se disparase su inestabilidad, su orgullo homicida.

Los hombres de su banda se habían ido a la ciudad a divertirse un poco con chicas, por su orden expresa. Quería estar solo aquella noche, pero ahora había un intruso; eso sí, con un par de huevos distorsionando sus planes. Tendría que ocuparse él de este asunto.

Echaba una última ojeada por encima de la balaustrada a aquel loco que estaba penetrando sus propiedades, que cada vez estaba más cerca, pero no lo suficiente todavía para que la Luna iluminase su cara.

Llegaba entonando un mecánico murmullo, tan grave como el rumor de las olas, pero no podía distinguir su cara desde la altura que los separaba. Don Jorge se daba media vuelta y corría hacia su oficina. Ya allí, destrababa de un armario su viejo fusil, un obsequio de su socio moscovita, muerto en un aciago negocio, año atrás. Cogía tres cargadores y se iba de nuevo al salón. Cargaba el arma para abrir fuego, y, acomodando la culata a uno de sus hombros, buscaba la cabeza del desconocido con la boca del cañón de acero. Pero estaba fuera de su alcance.

Dos surcos gemelos en la arena conectaban el mar con el pórtico de su yate.  No podía verlos hasta que un golpe de fuerza brutal impactaba contra la pesada puerta reventándola en infinitas astillas y esquirlas de vidrio repiqueteando como llantos de tormentas. Acababan de invadir su casa. Don Jorge, aplastando su temor bajo la estampida de una ira incontrolable, atravesaba corriendo su oficina y descendía por una escalera, de suaves curvaturas, que le llevaba hasta la planta baja. Peldaño a peldaño, la correa del arma asida a un brazo, pie tras pie, Don Jorge salía al encuentro de aquel invasor, mientras el murmullo balbuceante de un cántico de palabras penetraba, ahora sí, con claridad en sus oídos.

En aquella noche serena, por encima de la ensoñación sonora de la espuma y la sal, se podían escuchar treinta disparos ininterrumpidos, pero un solo grito.

El inspector Gutiérrez entró a la estancia. Un clamoroso olor a whisky inundó sus fosas nasales. Y aun viendo la escena, modo curioso es el que emplea el cerebro al operar, el primer pensamiento que esbozó su mente fue que sólo el cuarto de baño era más grande que su casa. Se percató de la presencia del comisario López, tras sus enormes mostachos.

—Le estaba esperando, Gutiérrez. Empezaba ya a retrasarse.
—Comisario, parece que es un ajuste de cuentas.
—¡No me diga! Su sagacidad no deja de sorprenderme. Y yo que creía que era un desafortunado accidente doméstico.

De un borde de la bañera colgaban los pies de Don Jorge que estaba sumergido en un líquido ambarino. Sus manos se hallaban crispadas, y sus ojos conservaban una mirada particularmente horrible de un terror cristalizado en el tiempo. Rota la mandíbula, permitía que un selecto habano permaneciese obstruyendo la boca, en una cruel angulación.

—Ya podemos empezar a repasar la lista de los miles de sospechosos que querían la muerte de este angelito.
—A ver qué le parece esta. No sé cómo interpretarlo –le dijo el comisario, tendiéndole una caja vacía de puros habanos, cogida con unas enguantadas puntas de dos dedos.
—¿Alguna pista reveladora en primera instancia, señor comisario? –le preguntó Gutiérrez.

Sobre la fina tapa de la cajita rectangular de madera de los habanos, en una inscripción grabada con letras gruesas en oro de 24 quilates, se podía ver y leer: “muchas felicidades, papá”.

El cobarde poder de los narcotraficantes:


A Chávez López
Sevilla dic 2025

 :)
 

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