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Orfandad y Locura

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Orfandad y Locura

Me llamo Irene. Mi padre y yo nos hemos mudado a un pequeño pueblo. La idea de mudarnos no era de mi agrado, pero mi padre me convenció. Quiero mucho a mi padre, me comprende y me escucha. Él hace todo lo que puede por llevar nuestras vidas adelante. Tiene el doble cometido de padre y madre, porque mi madre murió cuando yo nací. Me resulta fácil vivir con mi padre, pero tengo pena por no haber conocido a mi madre. Me pregunto a veces qué sería de mi vida si mi madre viviese; y siendo así, si le pesaría haberme dado la vida a costa de la suya. En fin, lo mejor es no amargarme más con estas cosas y me entregue a fondo en afrontar lo que me vaya deparando el destino.

—Irene, ya es hora de que te levantes -se oyó una voz.
—Ya voy -respondí, saliendo de la cama. Era mi padre.

Ayer llegamos a este pueblo, y lo único que hicimos fue meter todas las cajas en nuestra nueva casa. Medio pusimos algunas cosas, pero hoy será un día duro, sobre todo cuando nos metamos de lleno a limpiar y a organizar bien todo.

Me duché, me vestí rápidamente y me fui hacia la escalera que llevaba a la planta baja, donde había un escritorio, cuatro cuartos más, un enorme salón, un cuarto de servicio, un trastero y la cocina. Y en la alta, cinco dormitorios y dos cuartos de baño. La casa era grande, enorme. Admito que bonita, y lo será más aún cuando esté completamente limpia y organizada.

—¿Qué vamos a desayunar, papá? -le pregunté, ya yo en la cocina.
—Me levanté temprano y he comprado algunas cosas en un supermercado, y así comeremos algo mientras vamos instalándonos –me dijo levantando una bolsa, en la que vi que había un caja de cereales.
—¡Oh, cereales, qué rico! -exclamé y me senté en el suelo.

Y me senté en el suelo porque... pues no sé por qué hice eso. Aunque creo que es una costumbre que tengo desde muy niña. Y menos mal que mi padre no se enoja por eso. Y será, digo yo, porque él hacía lo mismo desde niño. Un día me confesó que mi abuelo también lo hacía, por lo que supongo que es una tradición familiar.

Desayuné y después me hundí en mis propios pensamientos. Y entonces no sé cómo fue que miré hacia un rincón de la cocina y vi un charco de sangre. Pensé que quizás me lo estaba imaginando. Pero no, era sangre. Cuando llamé a mi padre y él lo vio, se acercó más al charco.

—Dios mío, esto es reciente! -levantó la voz, tocando la sangre.

Dio unos pasos hacia atrás, cogió su móvil y llamó a la policía, que llegó enseguida. Dos agentes empezaron a revisar la casa. Vi que tenían caras serias, y se miraban como diciéndose algo y pensando lo mismo que yo: “esto es muy extraño y me da que las cosas no van bien”.

—Acabamos de revisar la casa y hemos visto que hay regueros de sangre que se encaminan hacia el charco -dijo un policía.
—¿Pero qué significa esto? -le preguntó mi padre.
—No sé, señor. Pero se me ocurre pensar que en la madrugada algún animal herido entró en la casa -respondió el mismo policía.
—¡Esto no puede estar pasándonos a nosotros! -dijo de pronto mi padre.
—Señor, le recomendamos que cierre todas las ventanas y la puerta de salida al exterior. Nosotros seguiremos investigando.
—Cualquier cosa, no dude en comunicarse con la comisaría -medió el otro policía.

Los policías se fueron, y mi padre se encamino hacia la cocina para beber agua. Y yo mentalmente me preguntaba:

“¿Por qué los policías actuaban tan extraños?
¿Por qué hablaban de lo que podía haber pasado, menos de la sangre?”.
“¿Quién y por qué ha entrado a mi casa?”.

Todo esto me daba dolor de cabeza, así que seguí limpiando y ya vería cómo y cuándo investigaría este asunto.

Me fui a la cocina en busca de una escoba para comenzar a barrer, y, ya allí, me sorprendí al ver a mi padre dormido en una silla, descansándole la cabeza sobre la mesa. Traté de no hacer ruido, cogí la escoba y salí hacia el salón; lo limpié y luego coloqué los muebles que correspondían. Me era difícil moverlos pero lo logré. Estaba cansada y sedienta. Eran más de las cinco de la tarde, por lo que decidí irme a descansar. Pero, de pronto, rectifiqué y me fui otra vez a la cocina. No podía creer que mi padre siguiese dormido, y eso que mi padre no es de esas personas que duermen mucho. Lo miré y después me acerqué más a él.

—Papá, despierta -dije moviéndole.
—¿Qué pasa, hija? -respondió con ésa pregunta, levantando la cabeza.
—Que llevas durmiendo mucho tiempo. Ya son casi las cinco y media -le mostré mi reloj de pulsera.
—Qué extraño... Yo no me quedé dormido -respondió, como pensando.
—¿Qué quieres decir? –le pregunté.
—Que cuando entré a la cocina, bebí agua, pero luego vi en el suelo una navaja, y cuando me agaché para recogerla, de pronto sentí que me dieron un golpe y todo se hacía oscuro –se levantó de la silla.

No podía creerme que en realidad esto haya pasado. Me senté en la silla donde mi padre se había sentado y trate de relajarme. Para ser nuestro primer día en la casa, se acumularon muchas emociones, aun así, no iba a impedir que algo como esto volviese a ocurrir. Me levanté y le dije a mi padre que me iba arriba a descansar. Él se me quedó mirando y me dijo:

—De acuerdo, hija -y yo me fui a mi cuarto.

-sigue y termina en página siguiente-



Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Entré en él y lo primero que hice fue registrarlo entero, para quedarme tranquila. Entre las cajas que había empecé a buscar una en concreto, pero no la hallé, porque eran muchas. Decidí entonces organizar mi cuarto, aunque me ocupase en toda lo noche. Volví a bajar a por la escoba, unos trapos y productos de limpieza, y entonces vi a mi padre poniendo un candado a la ventana de la cocina, lo que me hizo pensar que era por la recomendación policial. Cogí todo lo que necesitaba y regresé a mi cuarto, empezando a limpiar la ventana. Fue agotador, ya que el cuarto era grande. Terminé y empecé a poner algunas cosas, y esta vez me fue fácil, porque los muebles estaban puestos. Lo único que faltaba por hacer era sacar mis cosas y acomodarlas en el ropero. Ya casi acabando, mi padre entró y se quedó mirando mi trabajo.

    —¡Qué bien te ha quedado, hija! -exclamó, mostrando una sonrisa.
    —Gracias, papá, pero aún faltan algunos detalles -le dije.
    —Pero eso para mañana, porque ya es hora de cenar.
    —Tienes razón, papá. Me muero de hambre.
    —Lo suponía. Vente a la cocina. Ya he preparado la cena.

    Bajamos hasta la cocina y empezamos a cenar. Mi padre es muy bueno en esto de ollas y fogones. Todo lo que cocinaba estaba estupendo. A ver si yo también pueda hacer lo mismo algún día.

    La cena transcurrió tranquila, comiendo y hablando sobre la casa. Mi padre me dijo que el anterior dueño necesitaba venderla a cualquier precio. Eso me dejó pensativa, pero me evadí. No quería que mi padre se percatase de que estaba investigando sobre ello. Si se enterase, se preocuparía y acabaría por convencerme de que no hiciese eso. Sé que se preocupa mucho por mí, pero también debe comprender que no puede controlarme, ni mucho menos decidir por mi cuenta.

    Acabamos de cenar y nos dirigimos hacia nuestros respectivos cuartos. Estaba muy cansada, pero tenía que terminar de arreglar mi cuarto. Con determinación lo hice y me acosté. Ya iba a cerrar los ojos, cuando escuché un ruido. Cogí la escoba y fui hacia donde provenía, llegando hasta la cocina, en cuya vi sangre por todos lados y un cuerpo mutilado. Aterrorizada salí en busca de mi padre. Mientras corría sentía que alguien me seguía, pero no me paraba. Llegué al cuarto de mi padre y llamé a la puerta; no respondía. Tenía miedo y noté que alguien tocaba mi hombro. Me di la vuelta y vi a una señora con una tabla, con la cual me golpeó y caí cuan larga al suelo.

    Tres meses después…

    Han pasado noventa días desde que recibí aquel golpe para luego despertar en un hospital. Los policías me preguntaron qué me había pasado, y yo les respondí:

    —Los dos policías de mi pueblo me dijeron, cuando vinieron a mi casa, que no habían encontrado nada anormal, aunque yo no les creía.

    De pronto, el jefe de la policía me dio la noticia de que había muerto mi padre. Grité, lloré, no me lo podía creer...

    Pero era verdad. Mi padre murió y no sé aún si lo mataron.

    Y, bueno, ahora estoy en un centro llamado manicomio, donde van a atender mi problema mental. No sé lo que pasaría aquella noche. Lo único que sé es que esa casa que compró mi padre está embrujada y que alguien quiere verme muerta. No sé cuando saldré de este encierro, pero mientras seguiré aquí lamentándome de haber salido de mi piso de la ciudad.

    En fin. Ahora seguiré hablando con ese loco enmascarado que está a mi lado y que quiere ser mi amigo.

    —¿Qué hacemos ahora?
    —¿Ahora? Me apetece jugar a... “Vive o Muere”.
    —Me parece bien. Yo empiezo.
    —¡No, no. Tú no sabes las reglas!
    —¿Qué no? ¡Ya verás...!


    A Chávez López
    Sevilla dic 2025

     :) 

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