¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Macabra decisión

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado noviembre 2025 en Narrativa

Macabra decisión

“La vida continúa”.

Escuchaba susurrar eso a todo ser viviente que rondaba por mi lado esa calurosa tarde de julio. Pero esas palabras eran agujas que tejían con un hilo de dolor mi nuevo y renaciente corazón. Pero las palabras se las lleva el viento, hasta en la mayor de las calmas. Esos susurros no servían de freno para parar la caída, y las lágrimas no expresan el miedo a que no existas. Sólo oyes un desagradable silbido de vacío. La nada impregna de ira las heridas. Y mientras tanto, transcurren los días…

Nací cuando lo vi por primera vez. Veinte primaveras contaban esos luceros de los que pude disfrutar de su mirada, y toda una vida por delante en que podría pasar junto a ellos. La ingenuidad y la inocencia eran las partes más apegadas a mi idiosincrasia, las partes más importantes de todos mis latidos.

Él era un chico feliz, sonriente, amable, respetuoso, educado, y, sobre todo, satisfecho y agradecido a la vida. La miel alimentaba el color de sus ojos, y el Sol se escondía entre nubes mientras parpadeaban. Su pelo era del color del castaño, chirriante de fuerza; y su sonrisa... ¡oh, su sonrisa era la alegría de mi vida, el móvil de mis sueños, el símil de lo perfecto! Pero su belleza no guardaba apariencias, solamente mostraba lo que su alma escondía. Él era grande, sincero, chispeante… Una de esas personas que con sólo su presencia le pone color a la vida.

Lo conocí casualmente en una de las oportunidades que brinda la vida, en uno de esos trenes que no se pueden dejar escapar. Y el tiempo se detenía en el momento en que lo vi irse, sin presentir que sería la última vez que lo hacía. Se teñía el cielo de gris, sin dejar rayo de Sol a la vista y las nubes se alineaban en forma de corazón, y yo cerraba los ojos y pensaba que si lo veía sería una fantasía. Pero cuando los volvía a abrir, ya no estaba, y lo único que entonces quedaba en el aire era un abominable vacío, que desde ese día protagoniza mis días. Gritaba su nombre para romper el silencio, pero la respuesta era mi propio eco. Rodeada de gente estaba siempre y siempre me sentía sola, como si él se hubiese llevado el último resquicio de la vida que me restaba. Sólo me quedaban fuerzas para llorar.

Salí del cementerio sin vida y sin saber a dónde ir. Mis pies sólo utilizaban la inercia para llevar mi cuerpo. Y mi cabeza se hallaba perdida en algún lugar del cementerio, intentando encontrar el alma que acababan de arrebatarle, o, en su defecto, encontrarse él con su alma. Seguían rociando lágrimas mis opacos y tristes ojos, y mi estado de ánimos pedía a voces la máquina del tiempo para volver a dar marcha atrás.

Las personas que junto a mí permanecían callaban; sólo aprovechaban cruces de miradas para enviarme un sentido “lo siento”. Sin hablar, me llevaban al coche y comenzamos el viaje de regreso. Quería pensar que aquella tarde sólo habíamos ido al cine y acabábamos de volver de ver una película triste, y de ahí las caras largas. Pero las imágenes no eran reales, no pertenecerían al baúl de mis recuerdos,  no estarían en el cajón de mis olvidos, no terminarían de dibujar las últimas pinceladas de mi realidad. No, no eran míos mis pensamientos, no los sentía como parte de mi forma de ser. Quería que mis pensamientos se fuesen como una bandada de pájaros.

Deseaba con toda mi ser que volviesen a ser las ocho de la mañana de aquel tres de julio, que él mirase al frente y no dejase que el sueño, la música o lo que lo pudiese haber llevado a la muerte, le arrebatase la vida. No conseguía distinguir nada especial en el ambiente, sólo era presa de la mayor de las tristezas.

—María, ¿te encuentras un poco mejor? -y entonces desperté.

Miré el sillón trasero del coche y vi a mis dos mejores amigas, que me miraban fijamente. Sólo pude asentir con la cabeza. Volvía a mirar al frente y lloré de nuevo. Una de ellas me toco un hombro pero sin decirme nada. Tampoco había nada que decir. Le daba las gracias por estar conmigo en ese momento. También quería gritar mi dolor, pero nada de esto podía hacer. Aún no valoraba lo que acababa de ocurrir, aún nada había medido, aún nada había pensado. En cada parpadeo que daba aparecía la imagen de él. Sólo oía su voz, sólo olía su olor, pero lo más triste era que sólo podía sentir su vacío.

Llegamos a casa y directamente me fui a la terraza. Desde allí miré el cielo con la vista obnubilada y lancé al aire un: “¡siempre te amaré aunque conmigo no estés!”, salido de lo más profundo de mi alma. Recordé entonces uno de los mensajes que me envió en el que se despedía con un “te amo”.

Ahora, una de las millones de estrellas es su nuevo hogar, y fui yo quien lo imaginé mirándola y dedicándole un adiós. Por muy bonita que mi mente pintase la situación, en mi corazón sólo retumbaba ese adiós. No podía dormir durante toda la noche. Caía rendida a las nueve de la mañana. La semana la pasaba entre llantos y forzadas sonrisas. No estaba preparada para dejarle ir de mi vida. No me consolaban los consejos de familiares y amigos. Me agarraba a la esperanza de que su muerte no era verdad, al menos para mí.

Todas las noches de  ese verano me sentaba en un banquito de la terraza y miraba mi estrella, que yo había fijado como nuestro punto de encuentro. Había cogido por norma que cuando más sola me sentía, me iba la terraza para sentirme más próxima de él. Una de esas noches estaba más sola que nunca.

Para mi sorpresa, los sentimientos que salían de mi corazón comenzaban a instalarse como luces independientes detrás de mí, y sólo un sentimiento, que brillaba más que todos juntos, diseñaba hacia nuestra estrella la ruta de la felicidad.

Estaba a punto de dejar este mundo, en el que la felicidad era el único sentimiento que a mi vida no pertenecía. Pero cuando me levanté para dejarme llevar por esa ruta, miré atrás para despedirme de la vida; pero, de repente, veía que todos los sentimientos brillaban en la silenciosa penumbra, y detrás de la luz cegadora veía a mi madre, a mi padre, a mis amigas, y a todas las personas que me querían explicándome un mar de momentos que aún me quedaban por vivir. Por sus cerebros afloraban reminiscencias que me recordaban que, a pesar de esas luces, había una luz más fuerte, el sentimiento más grande: la vida.

Llevé mi voz hacia mi Amor, recopilando de cada poro de mi piel hasta la última gota de las fuerzas que me quedaban. A través de nuestra estrella, lo miré por última vez en vida, le entregué mi corazón en carne viva, y presa en una implacable soledad sólo pude gritar: ¡me voy contigo, Amor!


Y su alma inmortal contó su final…

Finalmente, y a pesar de que sus padres y sus amistades estaban muy pendientes de ella, no les dieron tiempo a reaccionar para detenerla y la muchacha se lanzó al vacío desde la terraza del piso de la undécima planta del edificio. La considerable altura y la inercia de caída despedazaron contra el duro asfalto un precioso cuerpo de tan sólo 20 años.


A Chávez López
Sevilla nov 2025

 :(
 
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com