Soñé que estaba con él
Subí la escalera hasta llegar a su estudio. La puerta estaba entreabierta, y el olor a óleo mezclado con el aroma del café, me daba la bienvenida.
Era agradable estar allí. En cada rincón sentía su vívida presencia. Bastaba sólo con ver sus cuadros para darme cuenta de la pasión que escondía su alma, y que él se esmeraba en ocultar bajo la fachada de un hombre frío que lo alejaba de toda posibilidad de ser el elegido como el amante perfecto que toda mujer desearía tener en su cama.
Me estremecía con sólo recordar sus besos incitadores que sabían despertar la pasión que había en mi interior, y que hacían que me convirtiese en presa de sus deseos.
Me fascinaba sentir su atrevimiento por considerar mi cuerpo suyo, igual atrevimiento que él moldeaba como arcilla entre sus dedos, hasta dejarme abandonada a una pasión que disparaba todos mis sentidos y anestesiaba mi voluntad.
Nada más entrar, mi mirada se iba hacia un lienzo que había sobre el caballete. Era la primera vez que lo veía. Los cojines parecían encajar con la sensualidad que irradiaba la mujer, y la llama de sus ojos pedía a gritos Amor, para saciar el deseo que se veía a flor de piel. Cerré los ojos y empecé a recordar...
Lo único que cubría mi cuerpo era una bata de felpa, la cual no lograba ocultar la pasión que latía en mi interior. Podía sentir mis latidos golpeándome el pecho y recordándome la locura que estaba a punto de cometer.
Entonces lo vi, y me estremecí bajo el calor de su mirada. Se me acercó y puso las manos sobre mis hombros. Me quedé atrapada en la profundidad de sus ojos. Sabía que estaba jugando con fuego, pero en eso no pensaba y ni siquiera me importaba.
Quería quemarme, arder en las diablas llamas de manos que deshacían vehementemente el nudo que protegía mi intimidad. No podía controlar mi respiración. Mis senos subían y bajaban en clara invitación a ser acariciado, pero sólo su mirada viajaba por mi cuerpo, hasta pararse en la hendidura que escondía el epicentro de mis deseos.
Me acomodaba en unos cojines y, sin apartar él los ojos de los míos, deslizaba sus dedos sobre mi piel, en un desplazamiento atrevido, que me iba apartando de la realidad.
Me lamía los mamelones hasta dejarlos de punta, clamando mimos, pero seguía en mi vientre hasta pararse en el mismísimo cráter de mi pasión, que, con mano experta, lo tocaba hasta humedecerlo completamente.
Le suplicaba que me hiciese suya. Quería sentir su excitación al rozarme el vientre y traspasarme la barrera en la que el calor se convierte fuego. Quería acariciarlo, pero me sujetaba de las muñecas y me decía:
-Aún no. Ahora sólo quiero percibir lo que mis dedos te hacen sentir.
Me dejaba llevar por sus besos, hasta entrar en un mundo indescifrable de sensaciones, donde los gemidos eran la única manera de aplacar el torrente de placer que inundaba cada poro de la piel.
Impaciente, volví a pedirle que me poseyese. Necesitaba sentir su cuerpo moviéndose al mismo ritmo que el mío, atormentándonos y regocijándonos en lo que íbamos a sentir. Él no lo aceptaba, se alejaba y se ocultaba detrás del lienzo y seguía con su tarea, que a mí se me estaba resultando interminable.
Cuando creía que no podía aguantar, dejaba el pincel y se unía a mi deseo de navegar juntos por las aguas turbulentas de la pasión, amenazando con naufragar devorándonos, si no hacíamos algo por evitarlo.
Empecé de nuevo a mirar el lienzo. Pensaba que él aparecería vestido con unos vaqueros azules y una camisa de cuadros verdes sobre su cuerpo.
Un cosquilleo anunciaba que estaba junto a mí, pegado a mi lado. Al girarme me topé con sus ojos. Nuestras manos se entrelazaron rompiendo el espacio que nos separaba. No hablábamos. Nuestros cuerpos se entendían solos.
Abrí la boca, y con su lengua exploraba cada escondite de la mía, jugueteando con mis labios, queriendo ser perdonado por un juego que, muy lejos de herirme, me producía un inmenso placer.
Sus besos hacían camino en mi cuello y sus manos quitaban las barreras que cubrían mi piel. Me besó en los pechos atrapándolos con su boca, mordiéndolos. Pero yo no le pedía clemencia, quería más y más...
Empezó a quitarse la ropa. Primero la camisa, que desabotonaba hasta ver su torso, que besé varias veces, dejando con mis dientes la huella de mi pasión. Después, los vaqueros y los calzoncillos.
Sentía anhelosa sus manos deslizarse por mis muslos, hasta pararse en el charco de mi sexo, para después explorármelo con devastadora masculinidad, logrando que mi cuerpo respondiese a semejantes embestidas.
Los dos teníamos prisas por culminar un ansia animal que teníamos a flor de piel. Abrí los ojos y vi la pasión que reflejaba su cara. Sabía que era la causante de su estado de locura, y eso me hacía feliz.
Caímos sobre el sofá. Su cuerpo cubría el mío, y juntos seguimos en una loca carrera hacia la cúspide. Me parecía un sueño estar de esta forma, sintiendo su ansiado peso, su loca excitación, nuestros alientos mezclándose…
Quería gritar su nombre, pero me daba cuenta de que no había nombre que pronunciar.
Desperté.
A Chávez LópezSevilla oct 2025
