La puta Gilda
Hay personas que nacen deterioradas, con defecto de fábrica.
Gilda no nació puta, ni siquiera en el sentido peyorativo de la palabra hacia las mujeres que se dedican a alquilar su cuerpo. Ella sólo había nacido Gilda.
Brava y tosca era y se había criado en un matadero de cerdos con su tío Dioni, hasta que él decidió que no podía criar a una niña de 16 años, y la echó de su casa.
Aunque se encontraba ya en la calle, deseando estaba de salir de aquel matadero, de aquella casucha de madera podrida, de aquel estiércol, de los malos modos de su tío, de aquellos puercos olores…
Se fue a vivir a la casa de su abuela. La abuela también criaba cerdos, pero sus cerdos empezaron a tener extrañas diarreas y su carne se convirtió incomestible. La anciana abuela dejó la explotación animal y sin consultarle a Gilda, decidió explotarla sexualmente.
La llegada de Gilda a la ciudad y el abandono de una casa oxidada, eran un trámite más en su trayectoria. Debía pasar como pudiese un tiempo, hasta lograr algo mejor. Pero sabía que poseía encantos físicos. Quizá la oportunidad de ser diferente no llegaba nunca a personas como ella. O, quizá, la oportunidad de no ser indiferente.
A pesar de ser una chica despampanante y por más que se esmeraba en su trabajo de puta, sus clientes no se acordaban de ella al día siguiente, porque interpretarían que una mujer tan despampanante les podría causar problemas.
Pero a Gilda le parecía que la indiferencia de sus clientes era una suerte, porque el poco contacto con ellos la alegraba, y de esta manera podía moverse tranquilamente todo el tiempo en busca de un trabajo decente.
Gilda cumplió la mayoría de edad y seguía siendo puta porque le cogió gusto al gusto del dinero; empero, no admitía que nadie la llamase puta, pero tenía la sensación de convertir en putada todo lo que tocaba.
A Chávez LópezSevilla ag 2025