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“Nunca pude, de bebé, ponerle una palabra a lo que siento.
Es demasiado. Siempre es demasiado para narrarlo.
Me atropellan las emociones, como si fueran ellas teniéndome a mí.
Y ¿cómo se le explica a otros bebés que ahora tengo un charco de agua en el pecho,
porque la señora que vi en el bus de camino a mi casa me sonrió?
¿Cómo explico que, en esos segundos, yo la vi a ella?
Su día pesado, sus zapatos desgastados, sus manos lastimadas.
Y, a pesar de eso, me sonrió.
No con los labios. Con los ojos.
Ella me vio.
Yo la vi.
Y justo sonó esa parte de la canción que contrastaba.
Es demasiado. Siempre es demasiado.
¿Fue la sonrisa? ¿Sus ojos?
¿Lo que sonaba en la radio?
¿La hora del día? ¿La luz que entraba por las ventanas?
¿Fue algo?
¿O solo fui yo, siendo demasiado?”