Más incomprensión que incompatibilidadSe sentía una estúpida. Mirando por la ventana las estrellas, quietas, serenas en un cielo negro azulado, nunca podía disfrutar la noche. Pero aquella quietud no podía entrar, no cabía en su revuelto espíritu, algo que de ninguna de las maneras se planteaba.
Se había dejado engañar otra vez, y ya eran muchas veces de lo mismo. Ni siquiera había intentado contarle su ilusión para aquel día, y era una ilusión lo que llevaba. Llegaba con su plan resuelto, y le había dado luz verde. Se había olvidado de todo y sólo esperaba su compañía. Pero poco espera de él.
¿Cómo podía ser posible de que no se diese cuenta? Y esto mismo era algo que se había dado en otras ocasiones anteriores.
En realidad, la culpa era suya por haberlo acostumbrado a un asentimiento alegre. Quizá pensase que en aquella cabecita y aquel corazoncito no había nada propio, sólo su ego. Quizá no se le había ocurrido que también era una persona individual. Algo que siempre se debe tener presente para la buena marcha de una relación, amistosa o sentimental.
¿De quién era la culpa? ¿No era de ella por ser estúpidamente feliz por sólo comprobar que contaba con ella y que la quería? Seguramente que si la hubiese amado de verdad, las cosas habrían sido diferentes…
No le había hecho caso a su propia individualidad desde hacía tiempo, y ésta comenzaba a rebelarse y a rugir, dando patadas. Y le dolía. Le dolía sobre todo por entender que si no hacía algo no podía decirle todo el Amor que sentía. El Amor se pudriría en su interior ahogado en una sensación de engaño que lo inutilizaba. Se convertiría en ira, en ataques rabiosos. Y eso era injusto. Era injusto para él y también para ella.
Ella le profesaba Amor, pero él nunca le decía que la amaba. Siempre te quiero. Y un te quiero le sonaba ahora a posesión, a un deseo de tener, no de de amar.
Nunca lo había querido tener, se conformaba con verlo feliz. Y tampoco iba a permitirle que la tuviese, que la confundiese con un objeto de su posesión.
Al otro día, también iba a hacer ella sus propios planes. Él se iba a enterar de que ella también tenía sus propios planes, ilusiones, deseos, ideales... Un mundo propio.
Y con ese propósito ilusionante se había dormido, y por fin había descansado.
Cuando despertó, se encontraba con una mañana radiante. El Sol entraba a raudales por la ventana. El día olía a frescor y a novedad. ¿Pero qué le pasaba? ¡Ah, sí!
Algo fuerte en sus adentros la empujaba de una forma acuciante a ponerse a trabajar por su individualidad, por su Amor propio, su ego, su orgullo…
A Chávez LópezSevilla julio 2025