Doña María, don Miguel y yo
Me llamo Adolfo y tengo 19 años. Desde la muerte de mis padres, vivo con mi abuela en su casa, que se halla en un barrio periférico de la ciudad de Sevilla. Es viuda y no tiene más parientes, por lo que yo soy su única compañía.
A efectos de este relato, consulté en el DRAE la palabra Gerontofilia, dice: “Inclinación sexual pervertida hacia personas de edad avanzada”. Y en este sentido debo confesar que siempre me han atraído las mujeres maduras, y por ellas ha vivido mi pene apasionantes aventuras en solitario.
Junto a nuestra casa vivía Don Miguel: un señor de 69 años, con su esposa, Doña María, de 61, amigos de mi abuela.
Un día de sábado, Don Miguel había pedido a mi abuela mi ayuda para ordenar un cuarto que estaba al fondo de un patio de luz de su casa.
Cuando llegué, pronto Don Miguel me indicó el lugar de la faena. Era un cuarto encima de otro, usado para la lavandería, y al que se subía por una empinada escalera. Amablemente me pidió que ayudara a su esposa a sacar cajas y dejarlas en el patio, para vaciarlo completamente y hacer espacio libre.
–--Yo -me dijo Don Miguel, con voz lastimera-, por desgracia no estoy para estos trotes.
Don Miguel había superado un derrame cerebral, pero lo obligaba a apoyarse en un bastón para poder caminar. Era alto y con buen porte, pese a su avanzada edad, amable y servicial y al que debíamos mi abuela y yo más de un favor.
Doña María era una mujer de mediana estatura, rubia teñida, grandes y expresivos ojos, entradita en carnes, caderas anchas y un culo prominente. Pero lo más atrayente de su cuerpo eran sus hermosas, pero bien puestas tetas, que gustaba exhibir a través de prendas con generosos escotes.
El cuarto estaba atestado de cajas de cartón. A un lado había una cama, cubierta con una vieja colcha, que había acumulado suciedad con el tiempo. También había un armario, una mesilla y un tocador con sus adornos y espejo.
Sobre la cama había unos artículos de cristal. Cuando Doña María se inclinó para recogerlos, me regaló el magnífico plano de sus tetas, que parte de ellas se salían del escote. No llevaba sujetador, y las tetas pendían despojadas de sus tirantes, mostrándose en su plenitud y esplendor. Se me empinaba el pene al ver aquellos atributos, pero me recriminaba mi instinto animal, que llevamos dentro y que es el que hace aflorar pensamientos eróticos, tirando a pornográficos.
Empecé a bajar al patio las cajas que estaban más cerca de la entrada, y, cuando subí de nuevo, vi a Doña María acomodándose una teta en el interior del sostén. Por mi cabeza pasaba una loca idea y me hacía ilusiones de convertirme en el receptor de sus favores sexuales. Pero un nuevo sentimiento de culpabilidad se apoderaba de mí, por lo que quería convencerme de que tenía que comportarme como un caballero y sólo limitarme a cumplir con el favor que nos habían pedido.
–--Adolfo, quiero pedirte algo.
–--Dígame, Doña María.
–--Súbete en esa silla y bájame la caja grande que está la primera en el armario.
–--Ahora mismo, Doña María.
Me subí a la silla e involuntariamente volvía a mirar hacia abajo, y pude ver de nuevo sus tetas a través del escote, y me quedé mirándolas embobado. Sonreía ella y se las tocaba con cada mano, en un gesto que no sabía yo descifrar.
Turbado, volví a mi trabajo y le acerqué la caja, que pesaba, y me dijo que ella la iba a bajar al patio.
Pero al pisar el primer escalón, inesperadamente tropezó, y yo reaccioné con celeridad; cogí su cuerpo con firmeza para evitar que se cayera. No era mi intención, pero puse mi mano sobre su teta izquierda, y sentí un calambrazo en todo el cuerpo, a la vez que le preguntaba por su estado.
–--¿Se encuentra usted bien, Doña María? ¿Se ha hecho daño?
–--Estoy bien. Sólo me he asustado.
–--Déjeme ayudarla.
–--Eso sí, ayúdame a incorporarme.
La cogí de la cintura y la recosté sobre mi pubis, provocándome una erección, que no pasó inadvertida para ella.
Debido a la tonta caída y por mi forma de coger a doña María, la teta se había salido completamente del escote, pero no podía quitar mi mano de esa carne tersa y cálida con pezón grueso que invitaba a todo. Siguió ella bajando escalones, pero se detuvo un momento para ajustarse el escote, ofreciéndome unos segundos la visión de las dos tetas.
–--Te estoy dando un espectáculo, ¿verdad, hijo? ¡Qué vergüenza!
–--No pasa nada, Doña María. Un pequeño accidente -respondí, sin quitar mis ojos de las tetas.
Con el pretexto de ayudarla a llegar hasta la cama, pasé mi brazo izquierdo por detrás de ella, de modo que con la mano llegaba a las tetas disimuladamente, mientras que Doña María, como quien no quiere la cosa, movía la mano derecha y rozaba mi pene por encima de los pantalones vaqueros.
La dejé sentada sobre la cama y volví a trepar la silla para seguir bajando cajas del interior del armario. Ella, ya recuperada, se acercó a mí y con voz suave me dijo, a la vez que me ponía la mano sobre mis glúteos:
–--No vayas a caerte, Adolfo. Agradezco mucho tu ayuda. ¡Hay que ver la falta que me hace un hombre en casa!
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Hacía énfasis en sus doce últimas palabras. Y me hablaba agarrada a mis glúteos, y mi pene quedaba a dos centímetros de su boca.
De repente, puso su mano descaradamente sobre mi pene, haciéndome dar un respingo. Para entonces, la fiebre sexual hacía presa de los dos, que íbamos directamente a un inminente polvo, evidentemente deseado, y, por qué no decirlo, por Doña María provocado e incentivado.
Me bajó la cremallera de los vaqueros, metió la mano, sacó el pene y empezó a mamarlo. Por poco me caigo de la silla. Mi deseo era abalanzarme sobre ella y follármela, pero se oía la voz de Don Miguel, que llamaba a su esposa porque quería que viese unas fotografías antiguas que había encontrado en una de las cajas que habíamos bajado. Me sobresaltó esa súbita irrupción, hasta el punto de hacerme perder la erección.
–--Tengo que irme antes que Don Miguel pueda pensar mal -le dije-. Además, mi abuela debe tener listo el almuerzo.
–--Vete, pero vente de nuevo tan pronto termines de almorzar. Miguel siempre duerme siesta hasta las siete. Te voy a dejar la puerta entreabierta, no llames, empuja y entras y luego te vienes a este cuarto. Te voy a estar esperando.
Sin saber qué responderle, me limité a sonreírle y a salir.
Eran las cuatro cuando regresé. La puerta estaba encajada, como ella me había dicho. Entré en silencio y me fui al cuarto. Doña María no estaba, pero pude ver que en la cama había sábanas limpias. Oí pasos como subiendo la escalera, y apareció doña María ataviada de un picardías rojo, duchada y oliendo a un delicioso perfume. Me sonrió y me dijo:
–--Ahora sí. Ahora tenemos tres horas para nosotros.
Con los ojos brillándole, se tumbó en la cama y después se quitó el picardías, liberando sus dos tetas. Paralelamente, elevó una rodilla, y con ese movimiento mostraba bragas transparentes que permitían ver un sexo depilado. Una maniobra atrevida de la calentorra anciana.
–--¿Qué me dices de esta vieja, Adolfo? -me preguntó.
Me quedé mudo, sólo atinaba a deleitarme con el cuadro de exhibicionismo que me estaba brindando. Sus piernas se balanceaban. Se giraba para enseñarme su cuerpo entero, como tratando de convencer al cliente de que la mercancía vale lo que se pida: el coste de una sexualidad juvenil.
–--¿Qué te parece mi cuerpo? -insistía.
–--Hermoso -atiné a decir, con torpeza.
Yo estaba embobado y no dejaba de admirar el atrevimiento de Doña María, la cual no se perdía un sólo detalle del efecto que en mí causaba.
–--No perdamos más tiempo. Quiero que me hagas el Amor -sentenciaba.
Tenía urgencia por liberar el pene aprisionado en los vaqueros. Se incorporó y aprovechó para aferrase a él, que no resistía tal enclaustramiento. Con las dos tetas colgando, miraba mi pene y la dimensionaba con los dedos por encima de la tela:
---- Diecisiete centímetros, Doña María -me adelanté.
–--¡Uy… Adolfo, qué pedazo de miembro tienes, hijo!
–-- Es normalito -respondí, nervioso y deseoso.
–--¿Normalito? ¡Pues eso normalito me lo vas a meter entero en mi vagina!
Ya habían sido puestas las cartas sobre la mesa, y, sin más recatos, Doña María procedió a bajarme la cremallera que ocultaba su ansia, que se iba enrojeciendo debido a la sangre que lo recorría con una velocidad espantosa. Lo liberó y con la mano comenzó un deseado masaje que me transportaba a un sublime placer. Mi pene parecía haber sido invadida por una enredadera, la cual la abarcaba en toda su longitud y grosor.
Los latidos de ambos corazones colmaban al cuarto de un compás que se intercalaba de un corazón a otro. Mis pantalones se deslizaban por mis piernas causando sonido por el roce de la cremallera sobre el suelo, mientras que Doña María se agitaba su sexo, apretaba mis glúteos y mi erguido pene se clavaba al orificio bucal de mi amante, que ya empezaba a prodigarle lamidas electrizantes; el glande aparecía y desaparecía en su boca, y por vez que salía adquiría un color oscuro, como amoratado.
La excitación estaba en la primera fila. Doña María se dejaba caer de espalda sobre la cama, jalándome consigo, provocando en forma impresionante que mi pene entrara directamente a su humedecida vulva. Era tanta la humedad en su sexo que la capacidad de mi pene reemplazaba una cantidad equivalente de jugos, que entraba surfeando en un río de placer y mi pene continuaba empujando instintivamente para ahondar más aún en las profundidades de aquel agujero hambriento.
Mi instinto animal salía a escena y, poniendo las rodillas sobre la cama, cogía de las piernas a la hembra y la alcé a la altura de mi vientre para perforar con fuerza su intimidad. La sensación era lo mejor del momento; ella sentía que sus entrañas eran invadidas por un trozo de carne sin huesos, y no quería que el intruso se fugase y, por eso, apretaba las piernas para aprisionarlo, y este encarcelamiento me daba un placer indescriptible.
Decidí incorporarme y paralelamente aprisioné las nalgas de ella, y lo hacía con tanta vehemencia que parecía que la hembra se partía en dos, literalmente la estaba descuartizando; con los ojos cerrados y levantando sus nalgas y mi pene perforando lo más recóndito de la intimidad, que a su vez sentía como su cabeza no rozaba la cama y con ambas manos trataba de dar estabilidad a su cuerpo, sintiendo que la penetración le daba un gusto de proporciones inimaginables a su sexo. Un leve dolor aleado con un cosquilleo placentero anunciaba un cercano acto de clausura. La sangre se calentaba a mismo compás de las embestidas.
Los compases cardíacos subían el placer. Los cuerpos se tensaban y las piernas temblaban. La fuerza con que apretaba las nalgas de la mujer hacía que su tronco se incorporara. Ahora, piernas femeninas abrazaban mi cintura y las dos bocas se fundían en un fogoso y prolongado beso. Las tetas comprimían su volumen en mi pecho y, de pronto, llegaba una inevitable descarga viscosa. Una corriente eléctrica recorría los dos cuerpos, y sus efectos me obligaban a doblar las piernas y a caer de cara en la cama, mientras la hembra, exhausta, caía sentada sobre mis piernas, pero sin soltar al prisionero mástil, completamente envainado.
Su fuerza se iba agotando. Pesadamente se desplomó en un costado. Su jadeante respiración delataba un acalorado ajetreo. Por contra, mi juventud mantenía erguido mi pene.
La tarde proseguía su curso, inexorablemente había avanzado, y en cualquier momento despertaría el bueno de Don Miguel.
“¿Qué has hecho, Adolfo?”. Me preguntaba a mí mismo porque sentía un traidor por haberle puesto los cuernos a Don Miguel, pero pensando que había valido la pena.
Si Don Miguel se enterase de esto, no me iba a gustar su reacción, por lo que rápidamente me vestía y abandonaba el cuarto en el que se había cometido el pecado.
Pocos minutos después de haber bajado al patio, aparecía Don Miguel apoyado en su bastón. Sin poner atención en lo que me decía, emprendía mi labor de ordenar las cajas.
Mientras tanto, la cachonda de Doña María me sonreía feliz desde la ventana, dándome a entender, con gestos y guiños, que lo mismo que habíamos hecho hoy lo volveríamos a hacer todos los días que ambos quisiéramos.
Y lo hacíamos a diario, sabiendo Doña María y yo que disponíamos de tres horas para gozo y disfrute de nuestros cuerpos. Y ya habían desaparecido mis remordimientos por ponerle los cuernos a don Miguel, pues doña María era más atenta con él, e incluso me contaba que de vez en cuando follaban.
A Chávez López
Sevilla jun 2025