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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Inesperado regalo de cumpleaños
Era ya de noche. Miraba la hora en el reloj, colgado en la pared del salón. La ansiedad empezaba a invadirlo. Imaginaba el sonido de sus pasos, el aroma de su piel, el contacto de sus labios sobre los suyos, y la calidez de su cuerpo apretándose sobre el suyo. Se levantó del sillón de su cuarto y se fue hacia la puerta de entrada y salida del piso. El ascensor se paraba. Durante unos segundos detenía la respiración, y cogía una buena bocanada de aire. Oía pasos aproximándose. El corazón le empezaba a latir con una celeridad inusitada. Segundos eternos. El sonido del timbre lo sobresaltaba. Se miraba en el espejo del pasillo, se acomodaba el pelo y se alisaba la ropa. Temblaba.
Trataba de contener, inútilmente, los nervios, apoyaba una de sus manos, trémula, en el pomo de la puerta. La abría, y allí aparecía ella, subida en sus altos tacones y mirándolo sonriente. Era una meretriz de alto standing, de 27 años y con unas hechuras mareantes
—Carlos, supongo.
Entre balbuceos asentía y, sin dejar de mirarla, la invitaba a pasar: alta, morena, de facciones finas. Vestía abrigo de cuero negro que le cubría hasta las rodillas. A pesar de eso, se perfilaban pronunciadas curvas.
—Acomódate. ¿Quieres beber algo? -le preguntaba él, todavía nervioso.
—Nada, gracias –respondía, y enseguida comenzaba a pasear sus ojos por la vivienda.
Recorría el salón, como si estuviese en su propia casa. Él, sin saber qué hacer ni qué decir, sólo acertaba a sentarse. Ella, se detenía ante él y, dejando caer lentamente su abrigo, empezaba a moverse al compás de la música que sonaba.
Carlos, aparentando serenidad, se sentaba a su lado, pero ella, con intención, llevaba su mano derecha hacia la entrepierna del Carlos y enseguida cogía su excitado pene. Se contorneaba, cual serpiente en celo, frente a Carlos.
Poco a poco caían al suelo las prendas que cubrían su espectacular figura, hasta dejarla con el único vestido perfecto: su piel. Sus grandes pechos terminaban en pezones rosados y duros, que se pellizcaba con el índice y el pulgar de su mano derecha, mientras la otra bajaba hacia el vientre hasta llegar al sexo. Su dedo del corazón de la otra mano se encausaba por los labios que llevan a ese motor que excita a toda mujer: el clítoris. Lo acariciaba suavemente. Carlos no podía aguantar. El instinto ancestral era tan urgente que sin poder contenerse le decía, con una lasciva sonrisa en los labios:
—Estoy demasiado excitado como para esperar más tiempo.
A lo que ella, acercándose más a él, le susurraba al oído mientras le rozaba la cara con una de sus bien puestas tetas
—Como quieras. Ahora mandas tú.
Le cogía la cara y le besaba apasionadamente los labios, mientras le iba quitando la camiseta, le desabrochaba el pantalón, que caía como ave muerta. Manos expertas femeninas entraban dentro de los calzoncillos, y Carlos sentía una dureza que ya había anunciado. Intentaba llevarla a su dormitorio, pero no podía porque después de un enroscado beso en la boca, seguía besándole el pecho, bajando lentamente al bajo vientre, que temblaba de pura excitación. Y esto le gustaba porque veía que el adolescente estaba disfrutando plenamente.
Ya los dos completamente desnudos, ella se echaba sobre la alfombra, y él se ponía encima. Una mano del chico buscaba acomodar su pene erecto en la vagina, y ella, percatándose, lo dirigía. Su pene sentía una humedad caliente. Torpemente, movía su pelvis, una, dos, tres veces, y el elixir que da y proporciona vida salía, cual disparo. Ella sentía que la presión de él había cedido y entonces lo abrazaba. Él notaba que sus piernas perdían rigidez, lo mismo que turgencia su pene y, sin darse cuenta, lágrimas empezaban a rodar sobre sus mejillas, ruborizadas. Ella, por delicadeza, prefería no mirarlo.
Carlos se sentía entristecido durante un pequeño espacio de tiempo de después de haber culminado, pero pronto lo invadía una felicidad. Ella lo besaba dulcemente en los labios y le preguntaba después.
—¿Te sientes bien? ¿Quieres que me quede un rato más?
A lo que él balbuceaba:
—Sí, pero me gustaría volver a repetir todo de nuevo.
—De acuerdo, pero déjame que esta vez te guíe yo.
Y de nuevo iniciaron el ritual que satisface y preserva la especie.
Pasada media hora, ella se fue. Y él entró al baño y se duchó, se vistió y, finalmente, encendió el monitor y puso su play.
Al rato, una llave sonaba en la puerta. Eran sus padres. No se dio cuenta él de sus presencias, pero sin embargo sí escuchó a su madre que le decía a su padre, casi en un susurro:
—¿Ves? Es un ángel. Estuvo jugando a la play todo el tiempo.
A lo que el marido respondió:
—¿Por qué no preparas algo de cena? –y cuando la vio alejarse, se acercó a su hijo y le dijo en voz baja.
—Feliz cumpleaños, campeón. Espero te haya gustado mi regalo.
Y el hijo le dijo:
—Mucho, papá. Ha sido mi mejor cumpleaños. ¿Y sabes algo? Ahora me siento hombre.
—Me alegra escucharte decir eso, hijo, pero no olvides que sólo cumpliste 17. Todavía te falta crecer y aprender.
Y dicho esto, padre e hijo se abrazaban y se besaban, a la vez que sonreían en forma cómplice.
