Las diferencia de las escalas socialesUna mesa rectangular, pomposamente equipada y ornada con flores frescas, y un amplio ventanal, desde donde se divisaba la blancura de la espuma del agua del mar, que estaba iluminada por las farolas del puerto. Todo esto era para celebrar una cena, brindada por la aristocrática y adinerada familia de ella a la familia de él, de baja extracción y pobre.
Esa calurosa noche, todos los asistentes eran testigos directos de las pasiones ahogadas durante mucho tiempo, sin riendas sueltas por las diferencias de los padres de ella, al no admitirle a él como esposo para su hija.
La leve luz tintineante de las velitas, que decoraban la mesa, proyectaba algo especial a sus rostros, enardecidos, esa noche más que nunca, por decisión que se iba a tomar en ese encuentro, que los dos jóvenes amantes sabían que era lo único que les quedaba para unirse en matrimonio con aquiescencia y felicidad.
Frente a frente los dos; ella, dentro de un vestido rojo largo, de famosa firma, con escote palabra de honor. El, impecable, con un esmoquin burdeos, alquilado, a juego con su pasión.
Cualquiera, incluso ajeno a las dos familias, podía percibir la atracción y el Amor que sentía el uno por el otro. No había más que ver cómo cada vez que se rozaban bajo el mantel notaban cómo intentaban detener que saliese la lava de sus volcanes, subiéndoles por las entrañas un deseo tan intenso que desdibujaba y a la vez desintegraba todo lo que los rodeaba, hasta el extremo de hacerles sentirse solos, si no fuese porque un camarero, de un blanco inmaculado, se les había acercado para servirles una copa de jerez y ostras, algo que había pasado desapercibido dada la enajenación bajo la que se encontraban.
El chico alzaba su copa para sorber el líquido, y ella miraba cómo se iba deslizando por su garganta. Sentía cómo el caldo se iba mezclando con su saliva y su cálido aliento. Se imaginaba su lengua allí, fundida con la suya.
Una tos discreta, para apartar un pensamiento pecaminoso, pero la mirada de él clavada en la de ella, que, elevando su copa en modo de brindis, la obligaba a bajar la mirada hacia las manos de él, que las imaginaba jugando lujuriosamente con sus tetas, deseosas de ser acariciadas y lamidas.
Ella, asustada por la intensidad de las sensaciones y las emociones de ese encuentro familiar, tan esperado y ansiado, quería que no se desperdiciase ni una sola letra de la decisión que se iba a tomar.
¿A qué estaban dispuestos?
Los dos estaban dispuestos a devorarse mutuamente, a dar esquinazo a todo aquello que pudiese entorpecer su camino, y a lanzarse el uno sobre el otro contra la emperifollada mesa. Estaban dispuestos a arrancarse el vestido de seda y el esmoquin y a comerse, sin importarles el estruendo que podría causar la rotura de la costosa porcelana y el cristal fino Sevilla-Pickman al estamparse contra el suelo. Ni, por supuesto, las miradas atónitas de los padres de ambos.
A todo eso estaban dispuestos, además de echarse sobre la mesa y a gemir a la luz de la Luna, en una frenética cabalgadura desbocada que los llevase a un orgasmo sonoro. Y también a fundirse en un abrazo sempiterno, y a mecer la locura del alma de ella y la cordura de él, y a arropar en el mantel manchado que contenía la condena de su secreto.
Y a más, si no fuese porque querían la bendición de sus mayores. No estaban solos; estaban con sus padres, y rodeados de suculentos y costosos platos variados, que no tenían intención de degustar.
Pero viendo él que los progenitores de ella no se pronunciaban, en un arrebato la sacaba del lujo de la indumentaria, de la suntuosidad del marco, de la pomposidad de la cena y de todo lo que sobraba. Le guiñó un ojo y giró la cabeza hacia el mar. Y, cual resorte, se levantaron de sus sillas, y corriendo se fueron a la playa, desparramando la ropa por el camino.
Y ya en la orilla, el uno al otro se sirvieron platos más suculentos, cambiando las diferencias familiares por Amor puro, y las clases sociales por el deseo y la pasión de los dos.
A Chávez LópezSevilla jun 2025