Uno u otro, o los dosEra una noche calurosa. A la luz de luna, Rosa salía del salón y se iba al cuarto de baño de la planta baja de su casa rural, sin luz eléctrica. Buena temperatura hacía, pero los pelos de su soez anatomía se erizaban mientras se iba desnudando. Cogía el telefonillo de la ducha y el agua empezaba a caer.
La ducha estaba conectada a un bidón que había en la azotea, y de ahí caía agua hacia abajo. Rosa se masajeaba su esbelto cuerpo y se tranquilizaba un poco. El agua fría la haría reflexionar y a la vez amansaba su sangre hirviente, siempre ansiosa de sexo. Se estremecía de nuevo al recordar las caricias de su amigo Jaime; un muchacho de ciudad, que estaba enamorado de ella, pero, tocante al sexo era pasivo, sobre todo por el estrés al que lo sometía sus estudios en la universidad y que le hacían no aparecer con más frecuencia por el pueblo de Rosa.
Pero también recordaba a Ángel, un obrero de la hacienda de su padre, encaprichado con ella, pero sólo para hacer el Amor, lo contrario de Jaime. Rosa se sentía dividida por amar a la vez a dos hombres, cada uno con objetivos diferentes.
Jaime sabía los secretos más íntimos de Rosa, que ni Ángel ni nadie conocía.
Después de ducharse, cogía la toalla, y un poco nerviosa se secaba. No se sentía feliz por mantener dos relaciones a la vez. Buscaba a tientas su ropa... pero no la encontraba.
—¿Dónde está mi ro…? -no le daba tiempo a terminar su propia pregunta. Ángel, desnudo completamente, entró a la ducha e intentó penetrarla.
El cuerpazo de Rosa le daba la bienvenida con movimientos provocativos. De ahí que Ángel la besase apasionadamente, le diese la vuelta, la empotrase contra la pared del pequeño habitáculo y desparramase sobre ella besos y mordiscos.
—¡Basta ya, basta ya…! -exclamaba Rosa, como arrepentida por su entrega.
Pero Ángel se pegaba más a su cuerpo y, con esa intención propia de un hombre que sólo quiere lo que quiere, la manejaba a su antojo.
Ella rodeaba su cuerpo besándolo, acariciándolo, y él la atraía hacia sí cada vez que ella trataba de escabullirse.
Carmen no hacía uso de todas sus fuerzas; y por eso Ángel se satisfacía y a la vez la satisfacía, dando pie a él mismo para "abusar" de ella.
—¡¿Qué es lo que quieres que te haga?! ¡¿O quizá quieres que salga de la ducha y me vaya?!
La ajustaba para penetrarla. La alzaba, como si pluma fuese, y ella cruzaba las piernas por la espalda de él, que, con fuerza, seguía empujando mientras ella gemía y le rogaba que se detuviese. Pero él no paraba. Sabía que lo deseaba y que no quería que parase.
Y así, culminaban una vez más, pidiéndole ella ahora repetir...
Sin embargo sentir tanto placer mientras hacía el Amor con Ángel, su maldita encrucijada la atormentaba por el hecho de haber organizado su vida de una manera tan loca como desconcertante: evidentemente, necesitaba el pene de Ángel, pero también necesitaba el alma de Jaime.
A Chávez LópezSevilla jun 2025