El sentirme deseada me excitaTodos tenemos nuestro lado oculto; una parte de nosotros secreta y oscura que nadie conoce, pero cuya existencia tenemos que admitir, obligatoriamente. Mi lado oculto se llama Adolfo: un sevillano guapísimo de 35 años, dos más que yo.
Ejercía yo de ginecóloga en Madrid y él de ginecólogo en Sevilla. Aun lo que pueda parecer, nuestro punto de contacto no era la Ginecología. Le conocí a través de un videojuego, al que mi novio, con el que mantenía una larga relación llena de altibajos, se había aficionado cuando empezamos a vivir juntos, casi cuatro años ya.
Una noche me pedía mi novio que telefonease a Adolfo, que era uno con los que jugaba, para avisarle de que no podía conectarse, porque teníamos problemas con el Internet. Adolfo sabía quién era yo y, tras breves y amenos mensajes, le decía que me podía llamar “por si necesitaba algo de mí”. No me imaginaba yo que era en ese momento cuando comencé a caer en una vorágine de dulce perversión y de la que no tenía posibilidad de volverme atrás, y no sabía si me iba a arrepentir…
Días después de esto, una madrugada de julio, que, como venía siendo costumbre, no podía dormir, tenía el balcón de mi cuarto abierto, y la luz de la Luna arrancaba un destello plateado al sudor que perlaba mi cuerpo, completamente desnudo. Hacía un calor sofocante. Junto a mí, en nuestra cama, mi novio, impasible, roncaba y, para no variar de los últimos años, ni me había mirado. Cogí mi móvil, sin saber qué hacer para vencer mi insomnio, y lo que hacía era releer algunos mensajes que había cursado vía correo electrónico al director de mi hospital.
Pero en ese momento oí un clic. Alguien hablaba por mensajería. Un escueto: “¿qué haces todavía despierta?”, de Adolfo, por supuesto. Él sabía que no dormía bien, y también sabía que hacía bastante tiempo mi novio me ignoraba sin darme una sola explicación. Me levanté intentando no hacer ruido y sin responderle todavía a Adolfo. Tamborileaban quedamente mis pies descalzos sobre el parqué mientras caminaba sigilosa hacia el salón.
Me tumbé desnuda en el sofá y tecleé: “ya ves, sigo sin poder dormir; hace muchísimo calor y tengo cosas en que pensar”. Empezamos a cambiar futilidades, pero cuando el Cu-Cu del salón cantaba las tres, me hacía una pregunta que terminaba despertando el animal que había en mí. “¿Puedo preguntarte algo indiscreto?”. Intrigada, le dije que sí, que por supuesto, y entonces largó: “¿qué harías si te dijese que pienso que estoy contigo?”. No lo pillé, por eso le pregunté: “¿quieres decir con eso que fantaseas conmigo cuando tienes ganas de mujer?”.
Obviamente no podía referirse a otra cosa. Me sentía extraña: “¿Estar conmigo?”. Le agradecí su sinceridad y le dije que por qué me lo había contado. Y entonces soltó la segunda bomba: “porque estoy harto de que solo sean fantasías; quiero que se hagan realidad”. Un súbito rubor pintó mi cara. Contuve la respiración unos segundos. “¡Jo, me ha dicho palmariamente que quiere follar conmigo!”, pensé, en una exclamación, largando una risita nerviosa.
Iba a responderle que no, que no era yo de esa clase de chicas. Mi vida sexual, desde siempre había estado reglada por una simpleza que rayaba en la mojigatería, y, aun mi edad, había mil mundos que todavía no conocía. Pero una vocecita en mi interior decía: “¿y por qué no?”. Me mordí los labios, excitada. La idea me atraía, ¿pero estaba dispuesta a pasar por alto los convencionalismos sociales, los tabúes y las habladurías?
Aún esperaba Adolfo mi respuesta y yo ya sabía lo que le iba a responder, solo que mi mente era incapaz de asimilarlo. Un soez ronquido, que me sonó a desdén, procedente de mi cuarto precipitó mi decisión. “¿No me merezco yo algo diferente?”. Esta pregunta mía acabó por convencerme. Tragué saliva y, decidida, tecleé: "De acuerdo, cuándo y dónde".
A Chávez LópezSevilla may 2025