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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Los sueños
¿Qué son los sueños? ¿Son un mundo lleno de esperanzas inútiles? ¿Cuándo se hizo realidad tu último sueño?
Comencé a caminar hacia mi colegio por la misma ruta que recorría todos los días; las mismas personas, las mismas caras que veía durante ese corto trayecto. Nada nuevo.
Sin embargo, hoy no. El brillo de las tenues estrellas que aún brillaban en el horizonte, alumbraban algo inusual.
Una muchacha estaba arrodillada en el suelo y se deshacía en tristes lágrimas, mientras miraba fijamente el amanecer, que escondía el resplandor de la oscuridad.
—¿Por qué? ¿Por qué no veo la luz al final del túnel? -se preguntaba en voz baja, pero audible.
Escuchaba sus palabras. Era una linda chica, estudiante de un curso detrás del mío. A veces la veía en los recreos, sentada en un banco y mirando el cielo pensativa, como intentando ver algo tras la inmensa seda azul que cubría el infinito.
—¿Por qué vuelvo al mismo sitio de siempre? ¡Nada de esto cambiará! ¿Tal vez estoy buscando una cosa imposible? -seguía hablando en el mismo tono
Mis pies se detenían. Estaba a su lado. Giraba la cabeza y me quedaba mirándola, mientras ella seguía con la vista perdida en la lejanía y hablando de la misma forma.
—Nunca pierdas la esperanza -le decía yo.
Sus ojos cambiaban de dirección. Me miraban como queriendo explicarse por qué me preocupaba por alguien como ella.
-Tienes que encontrar lo que te haga feliz, pero para ello no puedes perder la
esperanza –seguía hablándole. Y añadía:
—Vas al colegio, ¿no? –le ofrecía mi mano para ayudarla a levantarse.
—Sí –respondía con suave voz, mientras cogía mi mano.
Lentamente se levantaba, cogía sus libros y sus apuntes, esparcidos en el suelo, y después se pasaba la mano por sus ojos, tratando de borrar de su cara un resto de tristeza que aún seguía en ella.
—¿Quieres que te acompañe? –le preguntaba.
Asentía tímidamente con un movimiento de cabeza. Veía que seguía sumergida en recuerdos; en sus pensamientos, como si estuviese dominada por ellos.
De pronto se se detenía, miraba el suelo y meditaba algo que yo desconocía. Finalmente, sus ojos se alzaban de nuevo hacia el horizonte y tras un suspiro, daba su primer paso hacia mí.
Y así empezaba todo. Una historia que nadie hubiese podido imaginar.
Caminamos juntos por esa extensa cuesta que nos separaba del colegio. Ella seguía mirando al frente, intentando sonreír en todo momento.
“¡No vales nada, eres un cero a la izquierda!”, ella escuchaba esas hirientes palabras.
Justo en la puerta del colegio veía que no seguía conmigo. Podía oír el sonido de sus lágrimas detrás de mí, cayendo como gotas de lluvia.
—Tienen razón, yo no valgo nada –se decía con las manos sobre la cabeza, como atormentada.
Me daba la vuelta y, tras retroceder hasta donde ella se encontraba, ponía mi mano bajo su barbilla, se la levantaba para ver sus ojos.
Y cuando mis ojos se unían a los suyos, no tenía palabras para describir los sentimientos que veía en su rostro.
—Tú vales más que cualquiera de este colegio. Sólo tienes que creer en ti misma -le decía.
Pasaba mi brazo por detrás de su hombro y la acompañaba hasta su clase Y era entonces cuando me percataba de muchas cosas. Más de las que podría entender cualquiera de las decenas de jóvenes que a nuestro alrededor sonreían. Algo que para ellos pasaba desapercibido y que a mí me había llamado la atención. ¿Por qué era el único en atender a aquella chica cuando estaba sola y tirada sobre el suelo?
Seguía a mi lado, cabizbaja, y acurrucada en mi pecho, como con miedo a toda la gente que nos pasaba alocadamente.
Subíamos la escalera que llevaba al último piso del lugar que ella tanto temía, y a la puerta de su clase y fruto de su timidez, decidía separarse de mí en silencio.
Tras verla caminar sola, me daba la vuelta rumbo hacia mi clase.
—Gracias por todo. Espero volver verte. Has sido una ayuda para mí –esas palabras podía escuchar a mis espaldas.
Y nos vimos al día siguiente, y al otro, y todos los días a partir de entonces, e incluso fuera del colegio. Por el momento, el sueño de ella, y mío también, se estaban haciendo realidad.

Comentarios
Gracias, Luis. Te agradezco que siempre me leas.
Un saludo afectuoso