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No sé cómo sucedió

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

No sé cómo sucedió

Un eterno silencio no es una caricia prematura, porque es erróneo, siniestro, inusual, torpe, áspero. No existe razón para que se efectúe, así que la haré sufrir con la ausencia de mi voz. Y si aquellos no deseados movimientos me preguntan qué es lo que me ocurre, le responderé con gritos en silencio.

“¿Quién se cree que ha osado a rozar mi inmaculada piel?”.

Blasfemia diría si fuese religión. Pero blasfemia hacia mi corazón, porque su paz ha sido perturbada por un espantoso incidente, y mi armoniosa persona no tolera esta equívoca acción. Nunca más voy a distraerme y permitir semejante brutalidad. Pero, en este instante, sonrío. ¿Y por qué sonrío? ¡Porque no me gusta! Será el valor que tuvo lo que me lleva a descontrolarme.

Rotundamente me niego a ser una mujer enamorada. Eso es aborrecible y a la vez bonito. Tengo que volver a la tranquilidad que alguna vez tuve! A simple vista, es un hombre horrible, pero si te detienes en él, si sólo te detienes un momento…

En realidad, no sé si he perdido el juicio o he encontrado el verdadero, pero creo que rompo mi promesa si digo que soy una mujer enamorada y que ahora pertenezco a él. Ahora justifico mi sonrisa en un sentimiento.

—Si te apetece, vamos a tomar un helado -me invita, y por más que no haya gustos de helado que me gusten, acepto.

Me pongo a recordar: 

“¿Por qué he empezado a salir con él?, lo odiaba, lo aborrecía, me perturbaba su presencia, que era como un sapo ante mis ojos”. Y ahora siento que lo amo, me gusta, sin él me pierdo, es un príncipe. Sí, ahora comprendo el cuento del sapo que se transforma en príncipe. El Amor es un sentimiento que me absorbe en un segundo y a su vez me nutre. Quisiera un helado con gusto a él, y entonces me tomaría cien helados cada día.

Y llegamos a la heladería, él pide uno de chocolate negro, amargo, aunque él es dulce. Y yo, uno de vainilla y por compromiso. Intento esconder una expresión de disgusto, pero no soy buena para las posturitas.

—No está bueno, ¿verdad?
—Quizás --confieso-. Pero culpo a mi gusto y no al helado.
—¿Quieres un poco de este mío?- me ofrece y alarga un bocadito en su cucharilla de plástico.

Y entonces pierdo el control de nuevo. Siento una de mis manos que se apoya en el hombro de él. No la puedo apartar. Mis pies me levantan, sin que yo les haya dado permiso; me inclino hacia él, confiada en que voy a coger el bocadito, cierro los ojos para vivir un sueño. Me estiro de mi silla para un encuentro precioso. Él me sigue a la vez.

Y en medio de una redonda y metálica mesa de una céntrica heladería, cuatro labios fusionan dos corazones, y en ese momento, nosotros dos somos invencibles.


A Chávez López
Sevilla mar 2025

 :)
 

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