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Caserón Pajarraco

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado diciembre 2024 en Narrativa

Caserón Pajarraco

La noche era negra, tan negra como el alma de los condenados. Las estrellas, si algunas brillaban, se ocultaban tras un manto de nubes densas y grises. El viento susurraba entre los árboles del bosque cercano, como si fuera portador de secretos prohibidos, y la Luna llena asomaba tímida entre las ramas, proyectando sombras que parecían tener vida propia.

Bernardo avanzaba con paso firme por el camino de tierra que conducía al viejo caserón “Pajarraco”. Había oído historias sobre ese lugar: cuentos de fantasmas, maldiciones ancestrales y desapariciones inexplicables. Pero él no creía en esas cosas. O eso pensaba. “Son sólo supersticiones”, se repetía en voz baja, como si al decirlo en voz alta pudiera convencerse.

Llevaba una linterna en la mano derecha, pero las pilas comenzaban a fallar, parpadeando como si también ella temiera adentrarse en aquella oscuridad. Cada crujido de las hojas bajo sus pies, le hacía detenerse por un instante, con los oídos atentos, buscando cualquier sonido fuera de lo normal. Sólo el viento respondía, arrastrando consigo un gemido que helaba la sangre.

El caserón apareció ante sus ojos. La construcción, abandonada desde hacía más de cuatro décadas, se levantaba como un gigante moribundo. Las ventanas estaban rotas, y la madera de la fachada presentaba grietas y signos de podredumbre. Bernardo tragó saliva y dio un paso al frente. Había llegado hasta allí por un reto, una absurda prueba de valentía que sus amigos habían ideado en una noche de copas. “Sólo entra, toma algo que pruebe que estuviste allí y vuelve; es una cosa fácil”, le habían dicho. Ahora, frente a la casa, no parecía tan fácil..

Empujó la puerta principal, que se abrió con un chirriar prolongado, como si la madera lamentara la intrusión. El aire dentro era pesado, cargado de humedad y el inconfundible olor a moho. Bernardo iluminó el vestíbulo con su linterna, revelando muebles cubiertos de polvo, y telarañas que colgaban como cortinas de un tiempo olvidado. Una escalera de madera llevaba a la planta superior, pero el crujido que emitía cada peldaño sugería que no soportaría mucho peso.

Decidió explorar primeramente la planta baja. Había allí un salón a su derecha, con sillones rotos y un viejo piano, cuyos teclados amarillentos parecían implorar el toque que devolviera la música al lugar. A la derecha, una puerta entreabierta revelaba lo que había sido una cocina. Vajilla de platos y vasos rota y utensilios oxidados estaban esparcidos por el suelo, como si los antiguos habitantes hubieran salido de pronto huyendo..

Un ruido repentino lo hizo girar en seco. Provenía de la parte trasera de la casa. “Es sólo un animal… seguramente un mapache o un gato”, pensaba. Pero su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. Dio un paso hacia el sonido, luego otro, hasta llegar a una puerta que conducía al sótano. La madera estaba hinchada por la humedad, pero tras un fuerte empellón logró abrirla. Un escalofrío recorrió su espalda cuando el aire del sótano, más frío y denso, le golpeó el rostro.

Bajó los escalones con cuidado, iluminando el espacio con la pobre luz de la linterna. Las paredes estaban cubiertas de manchas de humedad, y el suelo era de tierra compactada. Al fondo, entre sucias cajas de madera apiladas, algo llamó su atención. Había un baúl, viejo y cubierto de polvo, pero intacto. Bernardo se acercó, su respiración era cada vez más rápida. Al abrirlo, encontró objetos que parecían pertenecer a alguna familia: fotografías en blanco y negro, un diario con llave y con tapas de cuero y una muñeca de porcelana con una expresión extrañamente inquietante.

De pronto sintió un golpe seco a su espalda. La puerta del sótano se había cerrado de golpe. Bernardo giró sobre sus talones, con el pulso desbocado. “¿Hay alguien ahí?”, preguntó, su voz resonando en el silencio como un eco burlón. Ninguna respuesta. Sólo los latidos de su corazón llenaban el vacío.

Subió los escalones de dos en dos, empujando la puerta con fuerza hasta que esta cedió. El vestíbulo estaba tal como lo había dejado, pero algo era diferente. Las sombras parecían más densas, más vivas. Un murmullo lejano, casi imperceptible, comenzó a llenar el aire. Bernardo no podía entender las palabras, pero el tono era claro: una mezcla de tristeza y advertencia.

Sintiendo que aquel ambiente era sofocante, decidió salir de allí a todo gas. Corrió hacia la puerta principal, pero cuando intentó abrirla, esta no se movió, como si una fuerza invisible la mantuviera cerrada. Desesperado, golpeó la madera, gritando para pedir ayuda, pero sus gritos se perdieron en la inmensidad de la noche.

Y fue entonces cuando lo vio. En el reflejo de un rectangular espejo agrietado junto a la escalera, una figura se alzaba tras él. Era alta y delgada, con una silueta envuelta en sombras que parecía absorber la poca luz que quedaba en la habitación. Bernardo se giró rápidamente, pero no había nada. Cuando volvió a mirar el espejo, la figura seguía allí, más cerca que antes.

El pánico lo iba consumiendo. Sin parase a pensar, subió la escalera, buscando una salida por alguna de las ventanas de la planta superior. Cada habitación que abría estaba vacía, pero todas compartían una atmósfera opresiva, como si los muros observasen. Finalmente, halló una ventana semiabierta. La empujó con las dos manos con toda su fuerza y consiguió que se abriera lo suficiente como para deslizarse hacia el tejado.

El aire frío de la noche le golpeó el rostro, pero no se detuvo a respirar. Bajó con cuidado por la parte inclinada del tejado hasta llegar al suelo. Corrió sin mirar atrás y se adentró en el bosque. Sólo cuando estuvo a una distancia considerable, con el caserón reducido a una sombra entre los árboles, se permitió detenerse.

Jadeando, sacó el diario que había cogido del baúl. No sabía por qué lo había hecho, pero sentía una inexplicable necesidad de abrirlo. Las páginas estaban llenas de escritura apretada, relatos de una familia que había habitado el caserón y de los extraños sucesos que los llevaron a abandonar aquel lugar. Las últimas palabras del diario hicieron que un nuevo escalofrío recorriera su cuerpo: “quedarás maldecido hasta el final de tus días”.


A Chávez López
Sevilla dic 2024

 :) 

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Cuando se cuentan por escrito historias, de la índole que sea, parte del arte o el ingenio o la imaginación del autor está en adaptarlas para que parezcan que te han ocurrido a ti.Y en esa línea intento desarrollarme yo, a veces lo consigo y otras veces, las más, no.

     :)
     
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