La Juana“¡La Juana del tío Eufrasio alquila su cuerpo en la ciudad!”.
El bando ya se hallaba en la calle. El telón de las murmuraciones estaba en lo más alto. Ya todos podían disfrutar de la noticia.
Las últimas resistencias de Juana saltaban, rotas, y su desesperación empezaba a salir, taponando los ojos, los oídos y la boca de los malsines del pueblo.
Pero, a pesar de no haber encajado ese golpe bajo, la respuesta de Juana no era especialmente insultante, sólo cortante como el hielo.
“Pido un respeto a mi vida, máxime sabiendo todo mi pueblo los muchos cornudos y cornudas que hay aquí, y eso por no hablar de las niñatas quinceañeras libertinas; basta con darse una vuelta de noche por el parque”.
No dijo más. Era suficiente.
Las lenguas cesaban después de su primera bala; rodaban en un siseo y eran sorbidas por la esponja del silencio. La bala segunda golpeaba la esponja con un puño enguantado. Se alzaba un rumor de hipocresía, un refregar de manos y un crujir de las articulaciones, e incluso hasta la tensión en los músculos y la arritmia en los corazones tamborileaban la atmósfera con dedos broncos.
A Chávez López
Sevilla nov 2024