¡Menudo palo!Confieso que nada pretendía ese día. Ninguno de mis pasos eran encaminados a conocer lo que estaba pasando a mi alrededor, pero que me afectaba directamente. Por tanto, me declaro inocente de haber ocasionado este final.
Era una estupenda tarde para salir a dar un paseo con mi pequeño niño, llegar al centro y tomar un café al Sol en la terraza de la cafetería de la espaciosa plaza, que es el centro medular de mi pueblo.
Imaginé, por experiencia anterior, que mi niño iba a protestar por la caminata. Pensando en eso, invité a mi mejor amiga para que, con su hijo, nos acompañara. Entre juegos, los críos irían caminando entretenidos y sin quejarse.
Pero me dejó desabrida la tristeza con la que ella contestó mi llamada.
"No tengo ánimo, he discutido muy seriamente con mi marido esta mañana".
Eso fue lo que me dijo entre sollozos, pero sin darme más detalles. La calmé de la mejor forma que supe. Noté que no tenía ganas de hablar con nadie y por eso me despedí de ella cariñosamente y con la idea de intentarlo otro día.
Depués, se me ocurrió llamar a mi marido para pedirle que nos bajase en el coche al niño y a mí, y así el peque llegaría a la plaza sin haberse cansado en el recorrido. Pero me dijo que iba a estar ocupado toda la tarde, porque por fin iba a lijar un antiguo mueble que yo pensaba restaurar con su ayuda. Como eso mismo se lo había pedido tantas veces, hasta me hizo ilusión. Le di las gracias con un beso vía teléfono móvil.
Salí con mi hijo, “hasta donde el crío aguante", pensé. Todo el trayecto era cuesta abajo hasta el centro.
En la tercera esquina que rebasamos, la que daba paso a la calle en donde al fondo vivía mi entonces compungida amiga, me puse en cuclillas para anudar el cordón de uno de los zapatitos del crío.
Arrodillada, sin un motivo especial que me hiciera levantar la mirada, vi llegar a mi marido a la casa de mi amiga, donde muchas veces yo había tomado un café con ella, compartiendo risas y confidencias.
Me encaminé, nerviosa y temblándome las piernas, hacia el lugar donde todo acabó, al verse ambos descubiertos.
Si no hubiese levantado la mirada, si no se hubiese soltado el cordón del zapatito de mi hijo o hubiera realizado la llamada telefónica; si la tarde no se hubiera presentado tan cálida, si simplemente no me hubiera empecinado en la plaza como destino... ese día seguiría ajena a la doble traición, quizás para siempre.
No acierto a diferenciar, aunque son dos términos opuestos, la parte que fue casualidad de la que fue causalidad, e incluso a veces parecen que describen un amplificado efecto mariposa.
Mis actos tuvieron consecuencias; cada uno iba causando una relación con el siguiente, pero no era una conexión programada. Como si al apretar el interruptor que enciende la pantalla de pie del salón, se pusiera en marcha en su lugar, y por un repentino e inexplicable cortocircuito, el aire acondicionado en cualquier tarde de invierno. O yo apreté demasiado fuerte el interruptor...
Dejé de pensar en el por qué pasaron así las cosas, y aprendí su para qué; acogiéndome a la teoría, según la cual el aprendizaje está exento de azar.
Desde aquel día, me hice la única responsable de mi vida y de la vida de mi hijo.
Quizás tenga yo la suficiente nobleza para perdonar, pero no la trascendencia para olvidar.
A Chávez LópezSevilla sep 2024