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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
¿Es la felicidad una utopía?
Hace un montón de años, un chico joven que tenía los apellidos de una familia
de la alta sociedad, heredó una inmensa fortuna de un familiar millonario, que
mes atrás había fallecido. No le conocía en persona, pero no le importaba lo
que le había sucedido a su pariente; sólo le interesaba heredar su dinero y
olvidarse cuanto antes del asunto, imaginándose cuantísimas cosas podía comprar
y hacer con todo ese dinero.
Día después de heredar se compró dos coches de alta gama, una mansión, un barco
y una docena de caballos árabes de carrera. Contrató a personas para el
servicio: dos doncellas, un chófer, un mayordomo y dos jardineros, y enseguida
comenzó a codearse con personas distinguidas de la ciudad y, rápidamente,
normal, despertó interés en las mujeres de ringo rango ,que más tarde lucharían
por el corazón del protagonista de esta historia.
Un año después de vivir como un rico, sentía en su corazón que se había jactado
de tanta abundancia y buena vida, pues tenía tanto poder que podía conseguir
todo lo que se le antojase. Compró propiedades costosas, adquirió fincas,
urbanas y rústicas, se encamaba con mujeres bellas, se compraba caprichos
superfluos, y al cabo de poco tiempo los
sustituía por otros más costosos, y más modernos, asistía a los mejores
eventos, hacía viajes por todo el mundo, sin límites de tiempo ni dinero, se
relacionaba con la gente más exclusiva, pero las conversaciones con sus nuevos
amigos eran de lo más banal.
Enseguida empezó a sentir que si todo lo que lograba tenía un precio; es decir,
si lo podía lograr con dinero, ¿qué mérito tenían sus conquistas? ¿Qué tenía de
verdadero lo que había conseguido? Se percataba de que toda la gente que lo
rodeaba sentía admiración sólo por lo que representaba, por su estatus en la
sociedad, no por lo que realmente era: un chico de 27 años sin nada especial.
Comenzó a sentir un vacío en su corazón, veía que nada era verdadero, ni
siquiera su esposa -una chica guapísima que había ganado concursos de belleza-
lo único que a ella la ambicionaba era quedarse con todo lo que él tenía. Así
que descubrió que tenía un lado espiritual (el alma), que nunca se había
encargado de alimentar. Creía que, con cubrir sus caprichos materiales, bastaba
para alcanzar la codiciada felicidad.
Una mañana despertó decidido y dispuesto a dar un cambio drástico a su vida.
Haciendo caso omiso de las advertencias de su mujer, donó toda su fortuna a los
pobres y vendió sus propiedades en beneficio de la lucha contra la hambruna. De
un plumazo, se deshizo de sus posesiones materiales, guardó sólo un pequeño
resquicio para comprarse una casita en un pueblo, donde sólo vivía gente
“normal”, y con el paso de los días, su entorno elitista le abandonó, incluido
su esposa, que finalmente se divorció de él. Nada quedó de su antiguo ambiente
después de su gran gesta.
40 años después, alguien de su antiguo mundo, un joven que ni siquiera había
tenido la oportunidad de conocerlo en persona, fue a visitarlo porque sentía
curiosidad por saber qué había pasado con aquel hombre tan altruista. Algo
terrible le debió ocurrir para hacer lo que había hecho, ya que su historia con
el paso de los años se convertía en una anécdota de la que todo el mundo
hablaba durante mucho tiempo y todos coincidían en algo: “ese pobre diablo se
ha vuelto loco”.
Aquel chico llamó a su puerta y lo recibió un anciano de cuidada barba blanca,
vestido con indumentaria antigua y remendada, pero limpia. El chico lo siguió
hasta una pequeña sala, impresionado por lo ordenado e higiénico que estaba
todo el interior de la casita, que en nada coincidía con la dejadez del
exterior y la suciedad que cubría las otras. En la salita estaba un perro viejo
que no podía caminar, y un pajarito en una jaula que no podía volar. El anciano
se ocupaba de cuidar a los dos. El chico le preguntó, sin tapujos, que si lo
que usted había hecho de joven era verdad o era un bulo. Pero al ver que el
anciano reía sin parar, le hizo la pregunta más importante: "¿estaba usted
loco, señor?".
—No -respondió lacónico el anciano.
—¿Y por qué decidió vivir en la pobreza?
El anciano, tocándose su barba, respondió:
—Para ahuyentar a las falsas amistades.
Entonces, el chico tuvo un golpe de inspiración y le preguntó:
—Señor, ¿ha encontrado usted el secreto de la felicidad?
El anciano, sorprendido, lo miró y le dijo:
—¡Claro que he encontrado el secreto de la felicidad!
El chico, exaltado, le preguntó que cuál era el secreto.
El anciano respondió:
—La felicidad
es estar donde uno desea y con quien desea, por eso es importante que entiendas
que debes luchar hoy para que mañana puedas estar en el lugar que quieres y con
la gente que realmente te quiere. Ese es el secreto de la felicidad.
—Entonces… ¿ser millonario no es el secreto de la felicidad?
El chico se encogió de hombros, y, sin responder ni despedirse del anciano, salió huyendo a todo gas.
