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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Año 1999; es decir, en los últimos 365 días del milenio, en el umbral del siglo XXI, y como Castro insiste en pulverizar los Derechos Humanos con más miserias y tiranías, si caben, y también en predicar un comunismo a su sui géneris, que a su vez obliga a todos los cubanos a ejercerlo, menos él, que es millonario en dólares, por esto quiero expresar mi más enérgica repulsa a través de estos comentarios, sin que a estas alturas de mi vida (83 años y pico) tema a las posibles consecuencias si llegasen a algún mandatario cubano. La Cuba de hoy de Díaz Canel es igual o peor que la Cuba de Castro.
La razón de la sangre hispana y la nitidez de su juicio, censuran un acogimiento hipócrita de Castro a El Papa Juan Pablo II, en enero del pasado año. Y, apoyado en la razón, lo que debe hacer él es desterrar definitivamente todas las mentiras de su sistema, dictatorial, obsoleto, aberrante y… ¿por qué no decirlo?, criminal.
Cuba es para mí, como para muchos españoles, y no sólo por los lazos de consanguinidad ni por razones humanas, una cuestión de puro sentimiento.
Todo el mundo sabe que quien allá ordena, enjuicia y condena es el tristemente ínclito Fidel Alejandro Castro Ruz, el catedrático por antonomasia de la falacia, como evidencian sus vomitivos discursos inconexos.
Me raspa el alma sólo con pensar en la situación del pueblo cubano, y hago mía su hambre, y más si se trata de niños, mujeres, enfermos y ancianos, cuando en las míseras despensas de sus “cuadras”, no tienen ni tan siquiera un trozo de pan, o medio litro de leche, porque la revolución de Castro, sólo ha distribuye escasez, pobreza y miseria.
Todos hemos podido ver y oír de la televisión la Cuba amable y aparentemente organizada que ha aclamado a El Papa, pero más por ilusiones esperanzadoras por lograr un mínimo de bienestar que por sentimientos cristianos, o por ambas cosas. Pero entre la Cuba propagada y la Cuba real, hay la misma diferencia que entre la copla y la música litúrgica, por más confusión que Castro haya querido fraguar y difundir.
Antes de proseguir con los significativos pero insuficientes datos de que disponía, he recabado más información y he podido encontrar denuncias de eminentes plumas cubanas en el exilio sobre algunos barrios inmundos de La Habana (Ataré, La Lisa, Palopagao…), y ahora no puedo decir que la revolución de Castro haya superado la miseria y la marginalidad, con tan miserables condiciones ambientales, a la África más profunda.
Y ahora prosigo…
La Cuba de Castro, obviamente no es el gran sueño cubano, ni siquiera la Cuba de Batista, es la desangelada y por segundo más arrinconada Cuba de Castro, que se ha empecinado llevarla a un tercermundismo puro.
Es sabido que La Habana es el gran escaparate de la revolución de Castro, pero no sólo hay que centrarse en las cuatro esquinas de la marginalidad habanera para saber las mentiras del comandante, porque en las vidas de allá se intuye, se palpita y se masca la frustración de un régimen fosilizado en sus instituciones, incapaz Castro de acometer con cojones sus propias contradicciones con un mínimo de solvencia política.
Es denigrante, verbigracia, que a los hospitales los enfermos tienen que llevar sus sábanas para las camas, y hasta bombillas para los haraposos y lúgubres cuartos, sencillamente porque el Estado no las tiene. Aparte de las interminables esperas para ingresos hospitalarios, y no porque estén atendiendo a otros enfermos sino porque la revolución de Castro se ha desentendido de la gran necesidad de construir nuevos hospitales.
En Cuba, nadie de a pie es hospitalizado por alguna enfermedad que en países civilizados es obligado, sólo hospitalizan a las personas que están en un estado verdaderamente crítico. Y es tan desfasado el sistema médico en Cuba, que para hacerse una idea de cómo funciona, sólo basta con saber que para un servicio de urgencias hay que estar medio muerto para que lo vean urgente. Y no todos los cubanos tienen acceso libre a la seguridad social, sólo los cubanos que previamente les hayan revisado escrupulosamente sus datos laborales, y por esto diariamente se producen extrañas muertes, sin información de ello el resto del mundo, sin importarles a los funcionarios del Ministerio de Sanidad, si es que existe, que ellos mismos se exculpan amparados en una obediencia ciega a las órdenes del tirano y cínico dictador.
Con la paga mensual de un profesional medio, un cubano no se puede permitir invitar a su familia a una comida normalita en un restaurante normalito, porque no llega a fin de mes. Además, la revolución de Castro ve superfluo cualquier capricho por nimio que sea, y para el que hay un control tan severo que para sí lo quisiera la Interpol.
En la Cartilla de Racionamiento, el Estado provee a sus usuarios de un solo par de zapatos, un pantalón y una camisa, ¡para dos año!, y cuestionan entregarle ropa interior: calzoncillos, bragas, sostenes, ¡por considerarlas prendas de uso coqueto! ¿Qué me dicen? Pero jabón (con b, no con m), desodorante, pasta dentífrica, y otros artículos de primera necesidad los garantiza el Estado, siempre que el Estado tenga jabón, desodorante y pasta dentífrica, que esto es casi nunca.
Añado consternado que allá la prostitución es donde únicamente puede perder su carga moral, siendo entendible porque sus rácanos beneficios no tienen otro revertimiento que la subsistencia. “La amoral exposición de cuerpos de jovencitas y jovencitos cubanos para servicios sexuales, es en Cuba tan corriente como en España los mercadillos ambulantes”. Y esto es tan indecente que requiere de una solución drástica para derrocar fulminantemente al único culpable: Castro, ese amoral, ese pervertido, ese sometedor in aeternum del pueblo cubano.
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Comentarios
Todo cubano que se manifieste, aunque levemente, contrario al régimen de Castro, es acusado con un peculiar concepto de esquirol, y después es llevado a las dependencias carcelarias. Y como allá, algunos juicios son instantáneos y arbitrarios, imagino, o no me imagino, el trato que recibirán en la cárcel. No tengo información sobre esto y no quiero pronunciarme, pero después de las palabras que he podido retener de gente implicada... ¡Madre mía!
Hablando de tanta miseria junta, pensando en tanto infundio contra el resto de la humanidad y dudando de la confirmación de mis temores, ensuciaría más aún mis comentarios, o mejor, les caería más mierda de peso a los sufridos cubanos si se confirmase que es verdad la gran fortuna personal de Castro, que tenga donde la tenga, es tan real como que existe Cuba.
Para mayor información de la cruel realidad de la desesperación de los cubanos, me atrevo a hacer un símil, sin nada de morbo, ¡Dios me libre!, y es que las travesías fatídicas que hacen los infelices magrebíes a España, en su obsesionada huida, mar adentro, en una búsqueda angustiosa por sobrevivir, se considera como un crucero de lujo comparadas con las escapadas de los pobres cubanos para arribar en Miami, con la esperanza de hallar un mínimo bienestar, pero con el añadido de no poder soportar tanta tiranía y maldad. Y encima, Castro inculpa a los que se arriesgan, los que sobrevivan, claro, de renunciar a su patria por algo tan “banal” como es esquivar crueldad, y por buscar un futuro digno para sus familias. Es más, los que son capturados por “sus viles perros”, poco les queda para ver la luz del Sol. Esos rastreros emisarios obedecen con el objetivo de verse favorecidos, e incluso condecorados; es decir, toda Cuba sumida en la miseria, y aparece lo de siempre: el fuerte contra el débil, con el añadido de estar contagiado de la perversión de quien lo envía. Y a veces ocurre que esos mandados miserables actúan de igual manera con sus familiares directos, hijos-padres-hermanos, pero, al final, y después de algún pequeño obsequio, son advertidos directamente por Castro que a ellos les puede ocurrir lo mismo si proceden de igual forma que aquellos que habían intentado fugarse, por lo que de bien poco les sirven sus actitudes criminales.
Sin embargo y a pesar de lo mucho y grave que en Cuba está sucediendo, a siete mil kilómetros de allá, en España, hay gentuza (políticos tenían que ser) que, desde la izquierda más exquisita y bizca, defiende a ultranza la revolución de Castro. Y ante tamaña evidencia me hago para mi interior seis amargas preguntas, entre la duda y la consternación:
¿Puede admitir nuestra conciencia tantas barrabasadas juntas?
¿Tanta ceguera causa el fanatismo político que no deja ver al ser humano?
¿Es posible tanta hipocresía y tanta malicia juntas?
¿No se paran a pensar que les puede ocurrir a ellos o a algunos de los suyos?
¿Es esto sólo por intereses económicos?
Todo es luctuoso, e indecente por hacer apología desde el confort de un coche oficial choferizado y una sabrosísima retribución en pesetas de una nómina muy agradecida. A esos revolucionarios de diseño los enviaría yo un fin semana a la casa, mejor dicho, a la cuadra de algún ciudadano cubano de a pie, y convencido estoy de que no tolerarían ni un apagón de luz, saliendo de allá pitando y maldiciendo, y cantando… “¡Cuando salí de Cuba!”
A pesar de todo lo escrito hasta ahora, tengo confusión porque me da la sensación de que en España están fraguando una treta de acercamiento político, e incluso monárquico, con Cuba, pero sin ningún objetivo de bienestar hacia los héroes que allá viven… (¿Viven?), que no son otros que los desgraciados cubanos.
¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos?
¿Es esta una situación dramática o es simplemente un montaje?
¿De dónde han sacado el voto soberano del pueblo español para llevar a cabo tan miserable misión?
¿Es realmente consciente nuestro Rey de las fatales consecuencias que pueden acarrear estas decisiones?
¡Vamos a ver si me entero de una puta vez, joder! ¡¿Estamos contra Castro o en favor de Castro?! Desde luego, más enrevesada no puede ser la cosa. Pero, por desgracia, así resuelven ciertos asuntos en mi país. Y, por lo leído y oído, con la aprobación de la Casa Real. Y, claro, después ocurre lo que ocurre, que aparecen las lamentaciones. Tanto predicar por parte de los mandatarios que hay que prevenir antes que curar, pero sus discursos no se los aplican ellos mismos, sólo son para el pueblo, como siempre. Esta plaga política, que por desgracia no está en peligro de extinción, siempre actúa como un Pilatos cualquiera.
En vista de tanta oscuridad junta y sin la posibilidad de disponer de luz para ver lo contrario, me asigno para mí los calificativos de ingenuo e ignorante. Y eso que no soy yo de los más tontos, pero ahora es cuando no entiendo nada. ¿Tiene doctores la Iglesia para estas “cosillas”?
Sevilla ene 1999