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El culo de mi compañera de pupitre

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

El culo de mi compañera de pupitre

Lo que recuerdo con más nostalgia de mi remota adolescencia, es un culo reposando en un pupitre escolar. Observaba cómo aquél culo se restregaba y retrepaba, como si estuviera inquieto. Y como eso me estaba gustando, dejaba conscientemente que aquel pedazo terso y duro de carne, con redondeces hermosamente marcadas, hiciese de mí un esclavo.

Desde Adán y Eva, la masa cárnica castiga al hombre como lo que más. Si no, pensemos en nuestros padres y en nuestras madres, en el culo de ellas y en las manos de ellos, cómo se buscan y cómo se encuentran, y cómo se saludan cuando la que manda, siempre ellas, permiten un saludo.

“Sí, el roce es lo más adecuado”, pensaba yo entonces. Pero si el roce es largo y con demasiado regodeo, ocurre que los dedos se embelesan con la carne, y entonces la cosa es maravillosamente sensacional. Po eso, un padre como el mío convierte el culo de su esposa en su diversión favorita, casi permanentemente.

Aquel culo sentado hacía de mí un esclavo, repito, y me sentía feliz. No era tanto que yo quisiese un culo como aquel para mí; es decir, en lugar de mi culo, no tanto eso como que quería aferrarlo, apretarlo, penetrarlo, desfondarlo en su belleza. Los hombres comprendéis lo que estoy diciendo, no tanto las mujeres, aunque también ellas lo comprenden, pero, con demasiada frecuencia, no lo quieren comprender.

Pepa era la ama de aquel sensacional culo. La diosa de un grandioso culo, y más que grandioso, suave como el beso de un beso. Sentía Amor por ella. Enamoradillo andaba yo por aquellos entonces, pero no me percataba de la situación porque me faltaba el nombre apropiado para saber lo que realmente sentía.

—¡A Pepe le gusta Pepa! –decían mis compañeros del cole. 

Pero no eran sus evidentes encantos lo más importante para mí, ella en sí era lo primero, al margen de su culo.

—¡No! -me defendía y los insultaba-. ¡Pepa es una provocativa! -intentaba hallar la palabra adecuada-. ¡Una puta! -sentenciaba, triunfal.

Si decía puta, en lugar de limitarme a pensarlo, la gente se horrorizaba más allá del término. No me importaba que se riesen, que se mofasen de mí, o que el director del colegio me expulsase. Sólo pensaba en Pepa y en su culo, sin preocuparme de si ella fuese puta, porque, en un ataque de ira se lo decía, pero ni yo mismo me lo creía.

Aquel San Culo me tenía cogido por los huevos. Sí, lo confieso ahora, porque en mi adolescencia no era capaz.

Una tarde de regreso del cole coincidimos Pepa y yo en el camino. Me empeñé en acompañarla hasta su casa (vivía a las afueras de la ciudad). Me miraba, sonreía y desde el principio intentaba enredarme con jueguecitos: se ponía a mi lado, muy pegada a mí, y empezaba a erotizar todo su cuerpo con un contoneo demasiado inmaduro, demasiado inseguro.

Pero Pepa sólo tenía dieciséis años. Igual que yo. Y a esas edades...

Tenía pensado pedirle a Pepa, sin rodeos, que me mostrase su culo, pero sin bragas. No estaba convencido de que ella accediese a mi petición, pero, en aquel momento pensaba que tenía que intentarlo.

Pero apenas comenzaba ella con sus pucheritos y sus lindezas de adolescente fatal, yo me sentía atravesado por una sensación apabullante de insatisfacción. Yo sólo quería ver su culo y no estaba dispuesto a pagar el precio que ella parecía empeñada en exigirme, que era que me recrease con sus jueguecitos. ¡Pero si para mí sólo era mi vecina de pupitre, cabreada porque su propio culo llamase tanto la atención a los chicos del cole! Y sus jueguecitos eran que atendiese sin rechistar sus ruegos soterrados, que me complaciese en sus gorgoritos de una Lolita barata. Y en ello insistía con una intensidad que rozaba lo agobiante.

Pero yo, a lo mío, a lo que tenía en mente desde tiempo atrás.

—Enséñame tu culo -soltaba, sin ambages.

Me miraba, sorprendida. Se detenía y clavaba sus ojos en los míos, con un resto de no sé qué en la comisura de los labios.

—¡¿Qué es lo que me has dicho?! -me preguntaba, airada.

—¡Joder, que estoy lampando por ver tu hermoso culo!

Repetía, pero ahora más firme, más enérgico. Estaba súper obsesionado.

—¡Eres un grosero! ¡Te exijo tajantemente que te disculpes ahora mismo! –respondía.

Entonces, mi mano -no yo, mi mano- se iba hacia aquel bulto duro y redondo bajo la falda, y lo apretaba. Y no sólo eso, también lo pellizcaba y lo retorcía hasta hacer gemir a su dueña, que se revolvía. ¿Tal vez de placer?

—¡Tú estás loco! -me gritaba en la cara, aunque no muy convencida de su grito.

Pero no se movía ni un milímetro de mi lado. Se quedaba mirándome con un gesto en que la sorpresa daba paso a la curiosidad, y después al deseo más absoluto. Y así hasta la pura, dura y sencilla ansia perversa.

Pasados algunos segundos, me decía, con voz sumisa:

—Pepe, vuelve a cogerme de nuevo el culo, porfa.

Y entonces no era mi mano, sino mi pelvis, que se posaba a conciencia en aquel culo perfecto, ahora él mi esclavo y no al revés.

—Te amo, Pepa -le decía al oído, a la vez que mi pelvis se fundía con su culo.

Pepa se retorcía, disfrutando, sin duda

Y ahí, al pie de esta mini historia, os muestro, sólo por una vez, una fotografía reciente del culo de mi esposa Pepa a sus 38 años. Juzguen ustedes. Pero os advierto que tengo todos los derechos de copyrigth



A Chávez López
Sevilla sep 2024

 :)
 

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