Buenas, como podeis ver, soy nuevo en la comunidad. Me presento: soy un inmigrante colombiano (Medellin) en España (Valencia), llevo 7 años aqui, tengo 19 años y mis pasiones son la literatura, la música salsa y vivir la vida.
Resulta que estaba releyendo la primera novela de GGM, la hojarasca, y caí en cuenta de que aún no he podido comprender un fragmento de esta novela. El fragmento en cuestión es el siguiente:
Hay un minuto en que se agota la siesta. Hasta la secreta, recóndita, minúscula actividad de los
insectos cesa en ese instante preciso; el curso de la naturaleza se detiene; la creación
tambalea al borde del caos y las mujeres se incorporan, babeando, con la flor de la almohada
bordada en la mejilla, sofocadas por la temperatura y el rencor; y piensan: «Todavía es miér-
coles en Macondo.» Y entonces vuelven a acurrucarse en el rincón, empalman el sueño con !a
realidad, y se ponen de acuerdo para tejer el cuchicheo como si fuera una inmensa sábana de
hilo elaborada en común por todas las mujeres del pueblo.
Si el tiempo de adentro tuviera el mismo ritmo del de afuera, ahora estaríamos a pleno sol, con
el ataúd en la mitad de la calle. Afuera sería más tarde: sería de noche. Sería una pesada
noche de septiembre con luna y mujeres sentadas en los patios, conversando bajo la claridad
verde, y en la calle, nosotros, los tres renegados, a pleno sol de este septiembre sediento.
Nadie impedirá la ceremonia. Esperé que el alcalde fuera inflexible en su determinación de
oponerse a ella y que pudiéramos retornar a la casa; el niño a la escuela y mi padre a sus zue-
cos, a su aguamanil debajo de la cabeza chorreando de agua fresca y al lado izquierdo de su
jarro con limonada .helada. Pero ahora es diferente. Mi padre ha sido otra vez lo suficien-
temente persuasivo para imponer su punto de j vista por encima de lo que yo creí al principio
una irrevocable determinación del alcalde. Afuera está el pueblo en ebullición, entregado a la
labor de un largo, uniforme y despiadado cuchicheo; y la calle limpia, sin una sombra en el
polvo limpio y virgen desde que el último viento barrió la huella del último buey, Y es un pueblo
sin nadie, con las casas cerradas en cuyos cuartos no se oye nada más que el sordo hervidero
de las palabras pronunciadas de mal corazón. Y en el cuarto el niño sentado, tieso, mirándose
los zapatos; tiene un ojo para la lámpara y otro para los periódicos y otro para los zapatos y
finalmente dos para el ahorcado, para su lengua mordida, para sus vidriosos ojos de perro
ahora sin codicia; de perro sin apetitos, muerto. El niño lo mira, piensa en el ahorcado que está
puesto de largo debajo de las tablas; hace un ademán triste y entonces todo se transforma:
sale un taburete a la puerta de la peluquería y detrás el altarcillo con el espejo, los polvos y el
agua de olor. La mano se vuelve pecosa y grande, deja de ser la mano de mi hijo, se
transforma en una mano grande y diestra que fríamente, con calculada parsimonia, empieza a
amolar la navaja mientras el oído oye el zumbido metálico de la hoja templada, y la cabeza
piensa: «Hoy vendrán más temprano, porque es miércoles en Macondo.» Y entonces llegan, se
recuestan en los asientos a la sombra y contra la frescura del quicio, torvos, estrábicos,
cruzadas las piernas, las manos entrelazadas sobre las rodillas, mordiendo los cabos de
tabaco; mirando, hablando de lo mismo, viendo, frente a ellos, la ventana cerrada, la casa
silenciosa con la señora Rebeca por dentro. Ella también olvidó algo: olvidó desconectar el
ventilador y transita por los cuartos de ventanas alambradas, nerviosa, exaltada, revolviendo
los cachivaches de su estéril y atormentada viudez, para estar convencida hasta con el sentido
del tacto de que no habrá muerto antes de que llegue la hora del entierro. Ella está abriendo y
cerrando las puertas de sus cuartos, aguardando a que el rejol patriarcal se incorpore de la
siesta y le agasaje los sentidos con la campanada de las tres. Todo esto, mientras concluye el
ademán del niño y vuelve a ponerse duro, recto, sin demorar siquiera la mitad del tiempo que
una mujer necesita para la última puntada en la máquina y levantar la cabeza llena de
rizadores. Antes de que el niño vuelva a quedarse recto, pensativo, la mujer ha rodado la
máquina hasta el ángulo del corredor y los hombres han mordido dos veces los tabacos,
mientras observan una ida y vuelta completa de la navaja en la penca; y Águeda, la tullida,
hace un último esfuerzo por despegar las muertas rodillas; y la señora Rebeca da una nueva
vuelta a la cerradura y piensa: «Miércoles en Macondo. Buen día para enterrar al diablo.» Pero
entonces el niño vuelve a moverse y hay una nueva transformación en el tiempo. Mientras se
mueva algo, puede saberse que el tiempo ha transcurrido. Antes no. Antes de que algo se
mueva es el tiempo eterno, el sudor, la camisa babeando sobre el pellejo y el muerto
insobornable y helado detrás de su lengua mordida. Por eso no transcurre el tiempo para el
ahorcado: porque aunque la mano del niño se mueva, él no lo sabe. Y mientras el muerto lo
ignora (porque el niño continúa moviendo la mano) Águeda debe de haber corrido una nueva
cuenta en el rosario; la señora Rebeca, tendida en la silla plegadiza, está perpleja, viendo que
el reloj permanece fijo al borde del minuto inminente, y Águeda ha tenido tiempo (aunque en el
reloj de la señora Rebeca no haya transcurrido el segundo) de pasar una nueva cuenta en el
rosario y pensar: «Esto haría si pudiera ir hasta donde el padre Ángel.» Luego la mano del niño
desciende y la navaja aprovecha el movimiento en la penca y uno de los hombres, sentado en
la frescura del quicio, dice: «Deben ser como las tres y media, ¿no es cierto?» Entonces la
mano se detiene. Otra vez el reloj muerto a la orilla del minuto siguiente, otra vez la navaja
detenida en el espacio de su propio acero; y Águeda esperando aún el nuevo movimiento de la
mano para estirar las piernas e irrumpir en la sacristía, con los brazos abiertos, otra vez las
rodillas dinámicas, diciendo: «Padre, padre.» Y el padre Ángel postrado en la quietud del niño,
pasando la lengua por los labios para sentir el viscoso sabor de la pesadilla de albóndiga,
viendo a Águeda, diría entonces: «Esto debe ser un milagro, sin duda», y luego, revolcándose
otra vez en el sopor de la siesta, gimoteando en la modorra sudorosa y babeante: «De todos
modos, Águeda, éstas no son horas para decirles misa a las ánimas del purgatorio.» Pero el
nuevo movimiento se frustra, mi padre entra a la habitación y los dos tiempos se reconcilian; las
dos mitades ajustan, se consolidan, y el reloj de la señora Rebeca cae en la cuenta de que ha
estado confundido entre la parsimonia del niño y la impaciencia de la viuda, y entonces
bosteza, ofuscado, se zambulle en la prodigiosa quietud del momento, y sale después
chorreante de tiempo líquido, de tiempo exacto y rectificado, y se inclina hacia adelante y dice
con ceremoniosa dignidad: «Son las dos y cuarenta y siete minutos, exactamente.» Y mi padre,
que sin saberlo ha roto la parálisis del instante, dice: «Está en las nebulosas, hija.» Y yo digo:
«¿Cree usted que pueda pasar algo?» Y él, sudoroso, sonriente: «Por lo menos, estoy seguro
de que en muchas casas se quemará el arroz y se derramará la leche.»
Aqui podeis encontrar la novela completa para los que no la hayan leido:
http://64.233.183.104/search?q=cache:VB ... cd=2&gl=es
¿Qué función y significado tienen la "mano del niño" y lo que relata posteriormente? No sé si me pasará solamente a mí, pero se me hace realmente difícil comprender esta parte de la novela y se ha convertido casi en un reto comprenderla. ¿Es acaso un fragmento surrealista, subjetivo o algo por el estilo? :S
Gracias por ayudarme.