Sevilla jun 2024
Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!
antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Ganó la honestidad
Era una tarde estival sofocante en un pequeño pueblo de la provincia de Sevilla.
La plaza, con su fuente con nueve chorros en el centro y sus bancos de madera, limpios pero desgastados, se llenaba de murmullos mientras los pueblerinos iban y venían.
Pero todo cambió cuando dos chicos se destacaron en el bullicio: Cristian y Alejandro, ambos jóvenes y apuestos, conocidos por toda la gente de la localidad. Lo que nadie sabía, ni ellos dos, era que compartían un Amor secreto por la misma chica: Isabel.
Isabel, de 20 años, guapa y con buenas hechuras, cabello negro y ojos de un azul intenso, había capturado el corazón de los dos sin proponérselo. Siempre amable y sonriente con todo el mundo, no se imaginaba la tormenta que se desataría aquella tarde veraniega.
Cristian, el primero en llegar a la plaza, se plantó en el centro con una determinación que nadie le había visto antes. Al poco, Alejandro apareció en la otra esquina, su expresión reflejaba la misma resolución que su contrincante. Al cruzar miradas, se entendió que la disputa sería inevitable.
—Alejandro, tenemos que hablar —dijo Cristian con voz firme, acercándose a él.
—No tengo nada que hablar contigo, Cristian —respondió Alejandro, pero sin perder la calma, aunque sus ojos destellaban furia—. Isabel ya ha hecho su elección.
—¿Y qué te hace estar tan seguro de eso? —Cristian alzó la voz, atrayendo la atención de algunos curiosos que comenzaban a agruparse alrededor de ellos—. Ella nunca me ha dicho que estaba contigo.
—No tenía por qué decírtelo. Eso es algo que se siente, que se ve en sus ojos cuando me mira —Alejandro respondió con un tono más bajo, pero lleno de convicción.
—¡Eso es lo que tú quieres creer! —Alejandro avanzó un paso más cerca, sus puños apretados—. Pero ella también me mira a mí de una forma especial. Me ha dicho cosas que tú ni siquiera imaginas.
La tensión entre ambos aspirantes al Amor de Isabel era palpable. Las gentes comenzaban ya a susurrar, y entre ellos, Isabel apareció, desconociendo la causa del tumulto.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con preocupación, abriéndose paso entre la multitud hasta llegar a ellos.
—Isabel, tienes que decirle la verdad —dijo Alejandro, su voz suave y casi suplicante—. Dile que estás conmigo.
—No, Isabel. Dile que lo amas a él, si eso es lo que sientes —Alejandro replicó, mirándola con ojos llenos de esperanza—. Pero si hay una mínima posibilidad de que me quieras a mí, dilo ahora.
Isabel se quedó en silencio, sus ojos recorriendo los rostros de los dos que se debatían por su Amor. Podía ver el dolor en sus ojos y la incertidumbre en los corazones.
—Cristian, Alejandro —comenzó, su voz muy serena —, esto tiene que parar. No quiero que se peleen por mí. Los dos sois importantes en mi vida, pero...
—¿Pero qué? —interrumpió Cristian, la ansiedad visible en su rostro.
—Pero que no puedo seguir así —Isabel respiró profundamente, tomando coraje—. Os quiero a los dos, pero no de la misma manera.
—¿Entonces? —Alejandro preguntó, su voz rompiéndose.
—Cristian —dijo Isabel, girándose hacia él—, siempre has sido un amigo para mí. Eres en quien confío y a quien quiero. Pero has confundido amistad con Amor. Lo que siento por Alejandro es diferente. Es algo muy especial. Lo siento en mi corazón.
Las palabras de Isabel cayeron como una losa sobre Cristian, quien bajó la cabeza, derrotado. Alejandro dio un paso hacia Isabel y la cogió de la mano, sus ojos llenos de gratitud y Amor.
—Gracias por ser honesta —dijo Cristian finalmente, levantando la vista—. Yo quiero que seas feliz, aunque me duela.
—Cristian, nunca he querido herirte —respondió Isabel con lágrimas en los ojos—. Eres maravilloso y mereces encontrar a alguien que te ame como te lo mereces.
La multitud que había estado observando en silencio empezó a dispersarse, como dándole privacidad. Alejandro besó y abrazó a Isabel, quien apoyó su cabeza en su hombro, aliviada de que todo hubiera terminado. Cristian se quedó unos momentos más, mirando a la pareja, tratando de aceptar la realidad que tanto le dolía.
Poco después se dio media vuelta y se alejó, sintiendo que toda la bóveda celeste había caído sobre sus hombros, pero también con una extraña sensación de paz al saber que Isabel había sido sincera. Caminó hasta la fuente y se sentó en uno de los bancos, mirando el agua fluir.
El Sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de un anaranjado suave. A pesar del dolor, Cristian sabía que era momento de seguir adelante. El Amor no correspondido es una de las pruebas más duras que nos pone la vida, pero también enseña a crecer y a seguir buscando la felicidad, sin importar cuántas veces hubiera que empezar de nuevo.
Y así, en aquel pequeño pueblo de Sevilla, la vida continuó, con un nuevo capítulo para cada uno de sus protagonistas.
