—Este lugar me da escalofríos... -susurró María no muy convencida.
La verdad es que sentía frío en cada célula de su cuerpo. Era el lugar más inadecuado para una cita, pero si se trataba de Pablo, el dulce Pablo, se evaporaba su voluntad.
—¿Estás segura de que me espera aquí?
—¡Por supuesto! -exclamó la pelirroja que la acompañaba-. Pablo es especial, ¿no es así?
Y vaya si lo era.
María recordaba poco de Pablo, el niño raro que la seguía a todas partes cuando tenían 7 años, el niño dulce había cambiado con el tiempo. Ahora era un joven apuesto, de mirada dura y distante, pero no con ella, con ella siempre se mantenía gentil, cuidándola como la más preciada de sus joyas, posesiones. Y ella, por supuesto, se dejaba mimar y cuidar, lo amaba, sin condiciones, en silencio...
Miró de reojo a la chica acompañante, la había visto con él algunas veces, venerándolo. De pronto se sintió molesta, quería pedirle que se fuese, pero le daba miedo quedarse sola en aquel lugar. La niebla le quitaba toda visibilidad, dejando en su lugar sombras espectrales de árboles milenarios. Caminaba topando con las raíces y las hojas, torpe, ruidosa, mientras la pelirroja era extrañamente silenciosa. De nuevo se sintió irritada por esto.
Se dio diez minutos más para darse cuenta de que se encontraba completamente sola.
Se sintió mareada.
—¿Petra? -la llamó.
¿Se llamaba Petra? No lo recordaba. Pablo le cambiaba sutilmente la conversación cada vez que preguntaba por ella.
—Hola? -preguntó con el poco valor que le quedaba.
Silencio. Ninguna respuesta.
La adrenalina se apoderó de su sistema nervioso y comenzó a correr a ninguna parte, cayéndose una y otra vez, arañándose los brazos y el rostro hasta que, salida de ninguna parte, visualizó una silueta a lo lejos, que lucía pequeña. Conforme se acercaba María podía escuchar su respiración agitada.
—¿Ho...hola? -tartamudeó.
La respiración ruidosa paró. Ahora, aquella persona respiraba con inquietante calma,
Probablemente estaba perdida, como ella. María estaba lo suficientemente cerca como para distinguir la sudadera roja de su nuevo acompañante, que estaba inclinado con las manos en las rodillas, dándole la espalda.
Se acercó paso a paso.
María gritó cuando aquella persona se dio la vuelta para verla. Era una preciosa chica, de ojos claros y piel morena. El pelo rizado caía desordenado sobre la cara, del cuello le brotaba un río de sangre. La joven intentó hablar, pero escupió más sangre, se veía confundida. Miró a María con ojos desesperados antes de caer sobre sus rodillas y finalmente morir.
Fue su cuerpo inerte lo último que vio María antes de que un atronador golpe en la cabeza la sumiera en la oscuridad eterna, a ella también...
—¡Joder, Pablo! ¿Era necesario destrozarle el cráneo? -preguntó la pelirroja, sonriente y divertida al muchacho que sostenía la pala ensangrentada- era realmente hermosa -escupió con sarcasmo.
—No necesitamos su cabeza para nada -respondió indiferente-. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Y se fue, tranquilo, sin prisa, como quien pasea por la calle.
Mientras, ella sacó un cuchillo del bolso y empezó su labor. Fue primero por la morena, la había llamado hermana tantas veces... Desde el momento que llegó a su vida, descuidada y solitaria, se prometió que la cuidaría siempre, pero a veces los sacrificios son necesarios... No sentía el más mínimo remordimiento mientras le abría el pecho para extraerle el corazón.
No fue fácil, pero terminó enseguida. Puso el órgano, todavía caliente, en un pequeño cofre de metal y fue por la segunda muchacha.
A esta la odiaba, y sentía un placer salvaje mientras la desgarraba.
—Me llamo Petra, estúpida -siseó al terminar.
Aventó el segundo corazón al cofre, lo cerró y se alejó de allí cantando. Mientras volvía a la carretera pensaba en los lugares a los que iría luego de esa noche. Después de todo, tendría toda la eternidad para hacerlo.
El corazón de la persona que más amas era lo último que necesitaban para completar el ritual, después de aquella noche ella y Pablo serían inmortales.


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Tal vez, Juan Manuel