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Hasta donde sé, son tres. Y ya son muchos.
El primero que vi es una especie de niña gruesa que no para de llorar. Está sentada en un rincón de la cocina, rehuyendo la luz de la lámpara, mirando hacia la pared aunque no del todo. Le pregunto: “¿Por qué lloras?” y me responde: “Porque no me dejan comer”. En su mirada cristalizada veo ojos cansados de pez muerto, según ella; para mí, son los ojos del caballo Boxer que ha tirado del carro demasiado tiempo. Me cuenta, en su mirada infinita, que ella no come para hacer daño a los demás. Que lo hace todo mal, que tiene miedo a moverse porque lo hace todo mal. A ella le habría gustado ser bailarina.
El segundo es algo así como un Goku enano e irascible. Su cabello parece una llamarada azul lanzando chispas. Grita porque está violentamente enfadado, tanto es así que me cuesta entender lo que dice. Es como si hablara a varias revoluciones por encima de mi tiempo; tiene muchas voces y todas ardiendo, solapándose unas con otras en una cacofonía en fuga. Le pregunto por qué está tan enfadado y me responde una algarabía explosiva, una maraña de frases. Porque no le dejan llorar, consigo entender (me lo repite una vez y otra). “Porque es injusto”. Entonces mira a la pobre niña obesa del rincón y se enfurece más todavía, aunque su fuego es contra ella en muy pequeña parte. Mira a la niña obesa y fea, doliente en la oscuridad —¡INJUSTO!—; ella tiene ese corte de pelo horrible como el príncipe valiente de las galletas de chocolate —¡¡ES INJUSTO!!—, “mírala”, me grita. Me grita por un lado y otro, desde dentro y desde fuera de mí, que está que arde porque no le dejaron, porque no le dejan, NO LE DEJAN, NO ME DEJAN, NO PUEDO, NO SOY.
No odia a la niña. Sabe que fue abandonada y que a ella tampoco le “dejan”. Sabe lo que es vivir un mundo imposible en el que te dejan y a la vez no, con todo el esplendor en cada arista de la palabra "dejarte".
El tercero es el que más me costó vislumbrar, y también el que más me preocupa. Parece que no come y sin embargo vive a expensas de los otros dos. Se esconde en las sombras pero, a diferencia de la niña obesa, no es para protegerse sino porque no quiere ser detectado. Es como un asqueroso, perverso invasor. Es la huella de quien no dejaba ser.
El tercero en discordia no se corta un pelo en mirar con asco a sus dos compañeros, y esa mirada fulminante contiene mil reproches de puro odio, auténtico mal de ojo fielmente copiado y revivido. Es inteligente; sabe cómo hacer daño con las palabras y con el silencio. Seguramente escriba bien, porque hablar no habla… o al menos no he tenido la mala fortuna de oírlo.
Son tres, los que veo, aunque seguramente haya más. Son sólo ideas, pero tienen tremendo poder (porque yo se lo he dado). Este es el mecanismo de todo parásito astral: no está vivo por sí mismo aunque lo parezca; no te hace nada, solo está vivo cuando tú le das vida en tu mente. Es como ese osito de peluche que ya no quieres pero no soportarías verlo en la basura, así que no lo abandonas, juegas con él, hablas a través de él, a veces lo habitas. Le das personalidad. Cómo abandonarle si ya fue abandonado, a pesar de que ya no te sirva, a pesar de que incluso te dañe. Tal vez hasta te da miedo dejarlo atrás.
Son tres parásitos. Tres ideas. Son los personajes que he estado representando durante años. Es imposible no representar, pero quisiera sentir otros personajes en mi vida.
He ido alternando entre uno y otro sin elegirlo. A veces, he jugado (o he sido) con los tres al mismo tiempo. El universo es mental; todo es mente, y por supuesto el infierno también.
Encontrarás mil puñetas en internet sobre larvas astrales, entes y demás, y sobre cómo liberarte de ellos. Pero lo cierto es que la energía mental trabada no se destruye, sólo se transforma. Leerás que todo el mundo habla de los parásitos astrales como seres malignos del más allá a los que hay que rechazar, cuando son pobres criaturas de la mente en el aquí y el ahora. Criaturas engendradas en la reactividad, en el dolor, en el pensamiento, en el sufrimiento. Con el tiempo crecieron, ganaron peso y potencia, y seguramente se mantienen bien alimentadas. El rechazo, de hecho, es parte de su alimento.
Son ideas corpóreas y sin embargo irreales. Solo son verdad en la mente de quien les da de comer, sin estar vivas por sí mismas. Curiosamente, los que hablan de seres malignos del más allá a los cuales hay que rechazar, también reconocen la energía astral como energía mental y emocional. Contradicciones, contradicciones. Por si acaso, no pagues una sola moneda a esta gente que promete limpia energética para "quitártelas".
Hoy son tres los parásitos que veo, y soy yo el que fuertemente los agarra. Quisiera abrir la mano. Pero no es tan fácil, viejo, me digo. ¿O tal vez sí?
De momento le digo a la niña que puede comer, que comer no está mal. No es el carnicero de Milwaukee por hacerlo, a menos que ingiera humanos (y me consta que no es el caso). Le pido que no se haga daño comiendo, eso sí. Que no se torture. Le digo que esté tranquila, que comprendo por qué permanece en el rincón, y que la voy a respetar. No intentaré sacarla de ahí; está bien si no quiere luz, nadie la va a molestar. Ya no pueden herirla. La esperaré hasta que quiera bailar.
A la llamarada le digo que por supuesto puede llorar. Y que su alma es más que todo lo que tiene él por volcar, y es belleza. Creo que este es el primero que se va a tranquilizar, porque noto que me está escuchando. Le he pedido que mire a su alrededor, y lo ha hecho. Le he asegurado que la niña del rincón está a salvo, que nadie va a violarle su espacio, que se puede relajar. Ha aparecido “El viento en los sauces” y no ha sido pasto del fuego, lo que seguro es una buena señal.
Con el tercero no sé cómo hablar. Dejaré que el pelillama defienda a la niña un poco todavía y cargue contra él. Entre tanto me invento una presencia serena en color blanco, femenina, masculina, integrada. Con todos los sentidos abiertos y el corazón cálido, pues hace frío donde están los otros tres.
Ya no quiero representar a ninguno de ellos por más tiempo. Ojalá los tres se liberen de mí, y pueda así liberarme yo.
Comentarios
Sí, son más de tres los que existen de estas especies.