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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Alexia
La cita era en la ciudad de Sevilla. A los médicos que logramos sobrevivir al interrogatorio inquisitorial y al programa de capacitación, nos compensaban con un viaje a África; a arriesgar nuestras vidas con la esperanza de salvar otras.
Nuestro vuelo llegaba antes de amanecer. Ocho mil metros abajo, Sevilla empezaba a despertar como una mujer sensual que se sacude de la languidez de los primeros rayos del Sol.
Pasada la revisión de mi equipaje en la terminal, subía los escalones de dos en dos y tomaba el metro hasta el corazón de la ciudad, que palpitaba con el ruido del intenso tránsito matutino. Miraba mi reloj, y después el mapa de la ciudad. Un taxi me llevaba a la oficina del Centro Médico Nacional, una reliquia arquitectónica, anquilosada, situada en la Plaza de España de la capital andaluza. Y allí la veía por primera vez. Me quedaba asombrado. Ella era una mujer diferente a cuantas había conocido con anterioridad.
El jefe de la expedición me iba presentando a todos los colegas médicos, hasta que llegaba el turno de Alexia, la mujer que tanto me había impresionado. Contenía la respiración durante unos instantes; era un poema sin palabras: guapa, exquisita, maravillosa, ¡increíble! Vestía vaqueros ajustados y blusa verde. No iba maquillada, y su pelo azabache estaba recogido en una especie de cola de caballo.
—Doctor Mínguez, vea usted en Alexia sólo el físico. Es una médico tan acertada en sus diagnósticos que por este motivo la seleccioné, aunque su padre causa cáncer en los pulmones -me dijo el jefe de expedición, al darse cuenta de mi rendida admiración.
—Hola -le dije mirándola a los ojos-. ¿Qué convierte a tu padre en un carcinógeno?
—Simple -sonreía burlona-; se apellida Barreiros.
—¿Te refieres al propietario de la fábrica de coches y camiones?
—¡El mismo! Mi padres es el mayor contaminante de autopistas, carreteras, caminos y calles, por no mencionar los desperdicios químicos que vierte
Miraban largamente a mis ojos marrones unos luceros grises, y de nuevo la propietaria de esos ojos sonreía. Pero se daba la vuelta y empezaba a caminar con un contoneo, que igual era natural en ella, pero a mí me parecía insinuante.
A medida que iban pasando los días, más ansia en mí por besarla y por algo más.
Iba a ser aquel sábado de asueto un sábado de una cena inolvidable.
La sonrisa de Alexia me calaba hasta lo más recóndito de mi cuerpo. Sus dedos, ornados con anillos variados y uñas rojas, movían la cucharilla, haciéndola rechinar sobre las paredes de la taza, a la vez que mis labios se veían atrapados entre mis dentinas, y mis miradas encadenadas entre sonetos de amor. Mis ojos se iban a sus pechos, causándole a su guapa cara un ingenuo rubor, que quitaría la cordura a todo hombre.
Uno de los detalles por las que me enamoré de ella era por su actitud, que causaba en mí la misma reacción, pero triplicada.
Acabada la cena, soltaba yo la bomba:
- Te quiero desde que te vi la primera vez, te quiero por buena compañera, y te quiero por lo que deseo que seas esta noche en mi habitación del hotel. Ante nuestro inminente encuentro, que me dejará marcado para los restos, veo mis ojos del color del castaño incrustados en los tuyos grises.
Desde esa inolvidable noche, nuestra amistad tomaba un nuevo rumbo. Pero no me atrevía a pedirle una relación por miedo a que me rechazase.
Pasábamos las tardes de nuestros días libres sentados en una cafetería de amplias vidrieras, removiendo el café aguado que nos servían. Pero qué decir; aún la poca calidad del café, el tomármelo en compañía de aquella belleza, hacía posible que su sabor supiese a gloria bendita en cada sorbo.
Todas las noches dormíamos juntos, y mis manos exploraban su cuerpo, en busca de nuevas sensaciones y para saber cómo era cada palmo de su piel. Sus suspiros acelerados me incitaban a juguetear con sus intimidades. Me pedía que parase, pero mi cerebro me daba órdenes de no obedecer. Sus gemidos subían de intensidad dando la bienvenida a una faceta de disfrute de los dos.
Y con los demás colegas médicos nos fuimos a África, concretamente a Etiopía y más en concreto a su capital, Addis Ababa. La hambruna y las enfermedades en toda Etiopía, arrasaban a la población.
Pero al mes de estancia en Addis Ababa, Alexia empezaba a sentir un extraño malestar que no por falta de asistencia médica obviamente empeoraba. Había contraído una insólita enfermedad degenerativa y galopante que la hacía morir a poco más de tres meses, y mi amor se iba para siempre con ella. Hasta su último aliento permanecía a su lado.
Era repatriada a España, y yo le pedía a su deshecho padre que no la incinerasen, que fuera enterrada en la necrópolis de mi ciudad, y él accedía.
Después de este enorme palo, pedía a mil jefe de expedición que me dejase regresar a Sevilla, hasta restablecerme.
Iba a diario a visitar su tumba, y siempre con las misma palabras en mis labios:
“Ojazos, que sepas que eras la mujer de mi vida”.

Comentarios
-FE DE ERRATAS-
—Doctor Mínguez, NO vea usted en Alexia sólo el físico. Es una médico tan acertada en sus diagnósticos que por este motivo la seleccioné, aunque su padre causa cáncer en los pulmones -me dijo el jefe de expedición, al darse cuenta de mi rendida admiración.
Disculpen