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La Noche En La Que Se Rompió La Luna

BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
editado septiembre 2008 en Narrativa
LA NOCHE EN LA QUE SE ROMPIÓ LA LUNA

Era una tarde de sábado luminosa allá por las postrimerías de Julio del año 1974. Con bastantes dificultades, mi “Simca 1000” fue subiendo desde el pequeño poblado de Riu, por una pista forestal que ascendía por las laderas de la cara nor-oeste del “Moixeró” hasta llegar al collado del “Pendís” a 1720 m. de altura, donde había un ensanchamiento que permitía el aparcamiento y donde se podía dar la vuelta. Hacia delante continuaba un sendero —el “camí dels collets” (el camino de los collados)— no apto para turismos, que siguiendo cerca de las crestas llevaba hasta la “Sierra del Cadí” i el “Prat Aguiló”, mientras que a la izquierda, otro caminito descendía hacia el refugio “Sant Jordi” de la fuente “del Faig” (la haya). Si se quería ascender hasta las “Peñas Altas del Moixeró”, uno tenía que llegarse hasta la fuente y luego subir arriba, arriba, por la izquierda; y por el lado derecho, donde las majestuosas vistas de la Cerdanya con los picos de los Pirineos al fondo nos habían acompañado durante el último trecho de nuestra subida, un camino carretero casi imposible, difícil y peligroso, efectuaba un tortuoso descenso hasta la fuente y el “pla de l’Ingla” (llano de l’Ingla) para acabar dirigiéndose a “Bellver de Cerdanya”.
Allá arriba, a caballo entre Bergadá y Cerdanya, descargamos el coche y tras localizar una pequeña explanada por debajo de la pista, procedimos a levantar la tienda (una canadiense de cuatro plazas) que mi hijo Víctor, de catorce años, me ayudó a plantar mientras caía la tarde. Núria, mi hija que tenía diez años en aquellos tiempos, cuidaba del pequeño Mario, de diez meses, mientras mi esposa, Núria, se organizaba para prepararnos la cena.
El crepúsculo en lo alto del collado del “Pendís”, en una tarde serena de verano, es un verdadero regalo de la naturaleza. Como aquel que estuviese oyendo la más excelsa de las sinfonías, los ojos se van impregnando de belleza por momentos mientras las montañas más lejanas pierden sus tonos verdes y se tornan azules. Cuatro nubes alargadas acaban de decorar la escena con el dorado luminoso de los últimos rayos de un sol que ya no vemos ribeteando sus contornos, y luego todo se vuelve rojizo a medida que el sol prosigue su eterno viaje hacia el oeste. Las crestas del “Cadí” adoptan un tono prieto al mismo tiempo que el cielo va pasando del azul luminoso al anaranjado y al violeta para acabar en un gris que se va ennegreciendo poco a poco con una calma sosegada que nos llena de paz los sentidos. Después, una a una, se van encendiendo las estrellas en un amplio escenario delimitado por las sombras oscuras de las sierras que ya han perdido los detalles y enmarcan en negro la débil luminosidad del cielo.
Como que el encargado del camping “Bellver” nos había dicho que por aquellas fechas se podrían encontrar allí arriba los primeros “rovellons” (mízcalos) de la temporada, aquel fin de semana lo íbamos a dedicar a hacer una descubierta con la ilusión de “cazar” algunos. La verdad es que cogimos muy pocos, pero un pequeño bancal con ocho o diez robellones nos sirvió para hacer una foto de recuerdo a la mañana siguiente.
Cuando llegó la hora de ir a dormir hacía un fresco penetrante y apareció una luna redonda y enorme que parecía talmente estar al alcance de nuestras manos. Todo el bosque cercano se veía iluminado con una luminosidad difusa, y la luz de las estrellas quedaba casi anulada por el brillo de aquella luna llena suspendida sobre nuestras cabezas.
El pequeño Mario quedó muy impresionado por la belleza del entorno al claro de luna y alzaba sus bracitos hacia el cielo como si quisiese cogerla.
—¡Mira, Mario! ¡La luna! Mira que grande y que hermosa que es. ¿Verdad? ––La luna. —decía él, y volvía a levantar sus manitas mientras le cogíamos en brazos para llevarlo a la tienda.
A los diez meses, los pequeños, cada vez que efectúan una salida que rompe la rutina diaria, tienen tantas cosas nuevas para memorizar en sus cerebros vírgenes que uno nota como van cambiando y progresando. Se les ve como más despiertos y atentos a todo aquello que sucede a su alrededor. Parecen inquietos y les cuesta más coger el sueño.
En aquellos tiempos, cuando ya todos se habían acomodado para dormir dentro de la tienda, yo todavía encendía el último cigarrillo que me fumaba en calma deleitándome con el mágico espectáculo de la noche. Después daba una vuelta comprobando que todo estuviese correcto y con mucho cuidado de no despertar a nadie, entraba para instalarme dentro del saco.
Eran los últimos años sin democracia, pero aquella sensación de libertad que nos daba el poder acampar libremente en pleno contacto con la naturaleza hoy por hoy es irrepetible. Y aún creyendo que la masificación que nos ha traído la llegada de toda clase de vehículos a casi todos los rincones privilegiados de nuestra geografía ha hecho necesaria la regulación de ciertas actividades, uno no puede dejar de añorar aquellos tiempos en que acampar estaba permitido en todo el territorio nacional.
Hacía ya unas cuantas horas que todos dormíamos profundamente cuando el pequeño se despertó pidiendo hacer pipi. Le abrigamos y su madre le tomó en brazos para sacarlo fuera de la tienda (por suerte nuestra canadiense era lo bastante alta para permitirnos entrar y salir de pie). La luna ya había desaparecido tras las montañas y la noche había quedado fría y serena con un techo de puntos luminosos tan y tan relucientes que casi hacía daño a los ojos de mirarlo directamente. No se por qué, los luceros se ven mucho más grandes desde allí arriba, y tan próximos que tenemos la impresión de estar inmersos en aquel cielo formando parte de la noche estrellada.
Al salir de la tienda, el pequeño Mario, debió acordarse de aquella luna tan hermosa que iluminaba el bosque cuando le pusieron a dormir, y levantó los ojos, pero en vez de la luna vio un cielo completamente tachonado de grandes luces encendidas que casi parecían estar tocando las copas de los árboles. Con una prolongada exclamación de desencanto, el chiquillo llegó a una terrible conclusión: — ¡Ooooh! ¡Se ha roto la luna!

BOLERO.

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