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Andora o la Pasión sublimada (4ta entrega)

Describirte a Exnabor no es fácil, pues a pesar de lo mucho que lo conozco, no existen adjetivos que se acoplen a su personalidad. Es un hombre un tanto extraño, pero de nobles sentimientos. Actualmente habita en un apartado islote al que muy pocas personas tienen acceso. Las autoridades policiales o militares lo dejan transitar en su barco sin exigirle ninguna documentación e incluso, los mismos piratas o contrabandistas lo respetan.  

Mis padres son muy adinerados y al escuchar los prodigios que se pregonaban sobre Exnabor por todo el Caribe Oriental, no vacilaron en llevarme hasta su isla cuando cumplí mi mayoría de edad y mi plazo, según los médicos, comenzaría a expirar. En la Isla de Exnabor permanecí durante varias semanas en las que se me practicaron infinidad de exámenes para determinar mi estado físico y mental. Al final, todo corroboró lo que la ciencia médica ya había referido, no había cura para mi padecimiento.

Exnabor se vio obligado a esperar el primer plenilunio para realizar en mí una inusual operación donde fusionaría sus conocimientos médicos con los misterios esotéricos en los que había sido iniciado. No era un tratamiento definitivo, pero al menos se esperaba prolongar un poco más mi existencia hasta conseguir una alternativa más eficaz o duradera.

Sin embargo, las cosas no resultaron como él las esperaba y un paro respiratorio parecía acabar con mi vida y sus esfuerzos. Cuando ya faltaba poco para darme oficialmente por muerta, surgió de la propia oscuridad una misteriosa presencia que se identificó como Sebalá, quien le ofreció al Chamán la posibilidad de salvarme a cambio de que le entregase mi cuerpo al cabo de tres años, sin excluir la esperanza de que me volviese a recuperar. Exnabor, desesperado por preservar mi vida no tomó en cuenta mi alma y entregó -sin que mis padres lo supieran- mi destino a aquella mujer de la que hasta hoy soy prisionera.

Aquella presencia  cumplió su promesa y pude salir con vida de la operación. Desde aquel día mi enfermedad también desapareció, pero otra serie de problemas me sobrevinieron inexplicablemente. De forma casi vertiginosa, mi cuerpo comenzó a experimentar un desarrollo inusitado que nadie se esperaba. Yo siempre fui una chica débil y extremadamente delgada, pero de la noche a la mañana, mis formas se empezaron a tornar voluptuosas y provocativas, desatando la lujuria en todo aquel que me miraba. Al mismo tiempo, una incontenible sensualidad se desprendía de mí sin que yo fuese consciente o partícipe de ella.

Me resultaba difícil mantener relaciones sociales con el sexo masculino, pues siempre surgían propuestas indecorosas, o bien era víctima de manoseos y abusos que atentaban contra mi integridad moral. Yo, que desde siempre me acostumbré a permanecer al margen de las miradas masculinas y a recibir la compasión de las femeninas, ahora me encontraba siendo el centro de todos los pensamientos libidinosos desatados a mí alrededor, lo cual me abrumaba continuamente.

Aquella situación me incomodaba de sobremanera, hasta el punto que se me hizo insoportable. Fue entonces cuando decidí buscar consuelo  en la religión. Dejé la universidad para  entregarme a la penitencia y la oración en un pequeño convento a las afueras de mi ciudad natal. Todo ello a pesar de la negativa de mis padres, quienes no se resignaban a aislarme del mundo. Allí viví dos años de paz y tranquilidad, mientras mi alma se colmaba de una profunda fe, además de unos valores inquebrantables que hasta hoy me han ayudado a soportar los más terribles sufrimientos o humillaciones que mujer alguna haya podido vivir.  

Un día llegó una carta al hogar de mis padres, era de Exnabor y en ella les pedía que fueran a verlo lo antes posible y me llevaran consigo. Recuerdo ese instante como si hubiera sido ayer. Papá llegó desesperado al convento sacándome en volandas ante la mirada atónita de todas las monjas. Durante el viaje tampoco dijeron nada, llegaron impacientes al aeropuerto de Granada en medio de una fuerte tormenta y de allí tomamos un auto que nos condujo hasta Gouyave, lugar donde nos esperaba una embarcación contratada por mi padre para llevarnos hasta la isla del Chamán. Para ese entonces ya tenía 21 años.

Una vez en la isla, Exnabor les contó a mis padres lo que por tres años había ocultado: Sebalá exigía mi cuerpo como parte del trato para preservarme la vida.

-          Mi influencia solo obrará en ella por algunos meses más. Me he valido de algunos  artilugios para prolongar durante todos estos años el plazo de espera que otorga Sebalá, pero ya tenemos muy poco tiempo para hacer lo que se debe hacer.

-          ¿Entonces que debemos hacer? –preguntó mi madre angustiada-

-          Por ahora dejarla acá. Durante muchos años he investigado sobre Sebalá, le conozco algunos trucos y por eso decidí pactar con ella cuando era la única salida ante la muerte de su hija.  Sé lo que quiere de Andora y sé cómo refrenarla, aunque esté en sus manos, por eso es preciso que ella conozca algunas cosas.

-          De ninguna manera –le dijo mi padre- no voy a renunciar a mi hija por el solo hecho de que tus conjuros hayan fallado... además no me creo esa historia ahora después de tanto tiempo.

-          Entonces no me hago responsable de lo que pueda suceder. Cuando Sebalá quiera a la joven la buscará donde sea y si determina que no le sirve para sus propósitos, simplemente la destruirá.

Papá bajó la mirada y cerrando el puño golpeó contra un madero que se encontraba frente a él. Mamá lo abrazó desconsolada y sin poder contener sus lágrimas dijo con resignación:

-          Haga lo que crea conveniente, pero por lo que más quiera, salve a mi hija.

(Continuará) 

 


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